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    Efemerópteros

    Nº 2203 - 8 al 14 de Diciembre de 2022

    Hace dos semanas me envolvieron comentarios diversos sobre la eventual desaparición de Twitter. Con ingenio uno razonó: Twitter se puede comparar con una reunión social durante la cual una persona deambula en un salón con una copa en la mano, saluda a algunos a la distancia, conversa algo con otros y dialoga más tiempo con conocidos. Todos los encuentros son breves y en esas circunstancias, como en Twitter, decir algo profundo o realizar aportes de fondo resultaría hazañoso. El pajarito tiene escasa utilidad, salvo para quienes buscan colmar su adicción y superar la abstinencia con un protagonismo irrelevante y vanidoso. “Tuiteo, luego existo”, ironizó en 2016 Umberto Eco en su libro póstumo De la estupidez a la locura.

    Por su gratuidad Twitter es útil a empresas para publicitar novedades. También para militantes —especialmente políticos— que descargan iras, frustraciones y venganzas. Ahí se termina, salvo para los cómodos creadores de contenidos para los medios. Rescatan títulos periodísticos sobre polémicas de segunda categoría o descalificaciones al borde (o dentro) de infracciones al Código Penal. Conmueven a las chismosas con denuncias de infidelidades, impotencia, frigidez, orgasmos frustrados o camas compartidas. Todo efímero, sin sustancia, para satisfacer la vanidad de los autores y el morbo de los receptores. Los tuits tienen la misma vida que los efemerópteros, esos insectos de aspecto desagradable que apenas viven 24 horas.

    En Uruguay se han prendido a Twitter unos 560.000 usuarios, entre otros, el expresidente Julio María Sanguinetti, el presidente Luis Lacalle Pou, senadores, diputados, deportistas, periodistas y una caterva que siempre busca pelea. O votos. Sus opiniones sin contexto duran lo que un efemeróptero y casi ninguno, porque se esconden detrás de esa red o mediante el anonimato, se atreve a decir lo mismo cara a cara, mirando a los ojos a su contendiente. La cobardía disfrazada de comunicación social.

    Para Umberto Eco las redes sociales representan “una invasión de los imbéciles”, ya que les “dan el derecho a hablar a legiones de idiotas, que antes lo hacían en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad”. Ni tanto ni tan poco, Don Umberto. Por razones de salud intelectual nunca utilicé Twitter ni ninguna otra red social y he seguido opinando en estas columnas y escribiendo libros. ¡Se puede, aunque digan, tal vez con razón, que esa adicción es mayor que la cocaína!

    Todo esto viene a cuento porque luego de la compra en octubre de Twitter por 44.000 millones de dólares, Elon Musk despidió a miles de empleados y produjo una brutal pérdida de anunciantes. Millones de usuarios se pusieron a temblar ante la eventual desaparición de Twitter y generaron comentarios tremendistas bajo la etiqueta de la pérdida de la “democratización”. Argumentan que sin ese instrumento la comunicación entre las personas desaparecería, las comunidades de científicos no podrían intercambiar información con fluidez, los políticos tendrían limitaciones para expresarse y el periodismo dejaría de ser lo que es porque su calidad actual se la debe a Twitter.

    Me interesa en especial esa última barbaridad. Voy a tomar como referencia a Karen North, profesora universitaria de California especializada en redes y comunicación social. Sostiene que la desaparición de Twitter “sería terrible para el periodismo” porque no es una red social sino “una red de noticias e información, el punto de encuentro donde van los periodistas a actualizarse, a buscar una idea para una historia, una fuente o una cita”. Lo fundamenta en que debido a la reducción de personal periodístico “no hay suficientes recursos para ir a buscar a las fuentes en el terreno”. Aunque esta académica toca de oído porque nunca trabajó como periodista, tiene razón en que cada vez más periodistas se repantingan frente a la pantalla de la computadora con un café o el mate al costado para buscar algún tuit y escribir una nota. Cero de contexto y poco laburo. Les basta con frases duras de unos a otros. Pero la culpa no es solo del chancho. Cuando los avisadores adviertan que esa información insustancial no llega a los consumidores dispuestos a gastar para comprar sus productos, huirán y se quedarán con la información pura y dura.

    Se terminó la época en que para los periodistas era ineludible salir a la calle para buscar diversas fuentes, contrastar sus dichos gastando suelas o revisar antecedentes en los archivos de los medios (en Búsqueda, insuperable Susana Martínez) pero también en la Biblioteca Nacional o el Palacio Legislativo. Me gustaría ver una encuesta para saber cuántos periodistas las consultan, y se llevarán una sorpresa. Muchos ni siquiera leen los diarios.

    “La clave inicial para buscar noticias es el café”, repetía un viejo periodista para destacar la importancia de sentarse cara a cara ante una fuente, conversar distendidos y observar su gestualidad, que podía revelar el contenido.

    La historia del periodismo uruguayo antes de las redes sociales demuestra que se arrancaban las noticias de abajo de las piedras, bajo fuego y aun durante la dictadura. Corresponde por ello citar algunos que contribuyeron (varios aún lo hacen) a consolidar la democracia y a que los uruguayos se nutrieran de información relevante obtenida con esfuerzo, sudor y orgullo profesional.

    Nelson Laco Domínguez, Dorbal Paolillo, Claudio Paolillo, Danilo Arbilla, Antonio García Pintos, Eduardo Navia, Carlos Quijano, Ángel Ruocco, Federico Fasano, Romeo Otero, Alfredo Barrán, Antonio Mercader, Eduardo Barreneche, Samuel Blixen, Mónica Bottero, Lincoln Maiztegui, Hugo García Robles, Álvaro Amoretti, Claudio Romanoff, Guillermo González, María del Carmen Núñez, Daniel Gatti, Marcelo Pereira, Nelson Fernández, Ismael Grau, Guillermo Draper, Emiliano Cotelo, Gabriel Pereyra, Juan Carlos Montero, Andrés Danza, Guillermo Pérez Rossel, Roberto Etcheverry, Omar de Feo, Natalia Roba, Carlos Giacosa, Silvia Kliche, Mariana Percovich, Cristina Canoura, Antonio Pippo, Jaime Clara, Déborah Friedman, Ana Laura Pérez, Tomás Linn, César Di Candia, Fernando Vilar, Martín Aguirre, Jorge Traverso, Julio Toyos, Martín Less, Roberto Altieri, Néber Araujo, Gabriel Pastor, Daniel Gianelli, Emib Suárez…

    Unos poquitos a cuenta de mayor número.

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