Nº 2169 - 7 al 20 de Abril de 2022
Nº 2169 - 7 al 20 de Abril de 2022
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn 1996, más o menos en la misma época que el profesor Germán Rama chocaba una y otra vez con los gremios de la enseñanza para llevar adelante la última reforma más o menos seria en la educación, en el monte Everest al escalador indio Tsewang Paljor lo arrastraba un alud y moría. Su cadáver, congelado y momificado por el frío gélido del Himalaya, sigue allí y sus Botas Verdes, como se conoce a su cuerpo inerte, son una orientación para los escaladores. En Uruguay, los cambios que introdujo Rama contra la feroz oposición de los sindicatos, como fue el caso de los centros de tiempo completo, están allí, tan congelados como Paljor, momificados en la helada receptividad con que este tema fue abordado por los sucesivos gobiernos que siguieron a aquel 1996.
Pasado el referéndum contra la LUC se precipitaron análisis: que en lo referido a la ley ganó obviamente el gobierno, pero que en lo político fue un desliz para el presidente y un aliento para la oposición que, antes de la recolección de firmas, venía más muerta que Botas Verdes.
Poco se ha hablado del resultado final en cuanto a la paridad de fuerzas que se mantiene en el país. Elecciones que se pierden o ganan por 30.000 votos. Dos bloques, a la mitad.
Era un dato conocido, sí, pero el encono en el debate y las diferencias sobre asuntos que no son de fondo para el país abren por delante un futuro poco venturoso si el sistema político no toma conciencia de esta situación que amenaza dejar congelados a los grandes problemas del país; sí, como el cadáver de Paljor, allá en la ruta nordeste del Everest, a 8.600 metros de altura.
Se podría pensar que con tal paridad de fuerzas el que haga las cosas mal, o no las haga bien, pierde, como lo ha señalado el líder de Cabildo Abierto, Guido Manini Ríos, el único oficialista que parece haber ensayado una autocrítica del resultado electoral.
Pero uno puede hacer las cosas bien, mal o directamente no hacerlas. La plancha. El gatopardismo: que algo cambie para que nada cambie.
Vean este ejercicio de honestidad brutal del senador nacionalista Jorge Gandini en declaraciones a Del Sol: “Yo no sé (si sale la reforma de la seguridad social en este período de gobierno), tengo muchas dudas. El gobierno que asume el costo político no es el que se va a beneficiar. Yo no voy a votar una ley que me asegure que voy a perder la elección siguiente”.
Esta valoración —lo que importa es el poder, ganar la elección sin considerar si se aportó una solución al país sobre temas urgentísimos— ha sido el santo y seña de los gobernantes.
Y como no hay mayorías para impulsar cambios de fondo, y estos cambios requieren el coraje y el desprendimiento de enfrentar costos políticos, y los logros se van a ver más adelante y lo va a cosechar otro, entonces: la nieve eterna.
En el caso de la seguridad social, seguramente alguna solución va a aparecer, se trata de plata y de gente mayor que vota, que le puede hacer a Gandini perder o ganar la próxima elección. Pero ¿en la educación, donde no se ve dinero y los afectados no votan?
Se trata de niños, y sobre todo de niños pobres. Lo más débil que hay en el país. Hemos creado una categoría de grupos débiles que solo se acepta por la fuerza de la corporación, donde la pobreza no aparece como un factor determinante al lado del discurso en clave de poder.
Es más débil un hombre pobre que una mujer rica. Es más débil un niño, incluso rico, que un hombre, incluso pobre.
Cuando hablamos de niños y educación solemos citar el dato de que estamos últimos en el continente en egreso de secundaria: seis de cada 10 no terminan. Es tan grave el dato que nunca nos detenemos en los cuatro que siguen.
Esos que siguen son los que levantan quejas de la Universidad porque llegan hasta allí sin poder interpretar un texto. Son los que van a sacar la libreta de conducir (o sea que marginados al menos no son) y no pasan el teórico porque no entienden las preguntas. Son los que sí terminan la secundaria, incluso avanzan en la educación terciaria, pero no saben hacer nada de lo que hoy se necesita que hagan.
Es la clase media y media baja que resiste a caerse del sistema cada vez con menos armas y cuyos hijos están cada vez más pauperizados.
Un poco más arriba, no mucho, están los que se encaminan a ser la clase dirigente. Una clase dirigente de mirada tan corta que solo ve la próxima elección.
No veo la grieta, dicen algunos. Es insólito. Unos comen y otros comen cuando pueden y mal. Unos tienen salud y otros ni van al médico porque no tienen la educación ni la conducta de hacerlo, o porque antes que gastar en dos boletos prefieren comprar harina. Unos reclaman más seguridad, otros viven con el narco en la puerta y sus hijos a su merced. Unos mandan a sus adolescentes al psicólogo y otros viven y crecen traumatizados por la pobreza, la violencia, la mugre, el no ser nada, y crecen sin ninguna asistencia. (¡Qué horrible, le disparó sin motivo!). Unos viven en cómodos ambientes y otros pasan frío crudo y calor abochornante. Unos miran el mar mientras lavan los platos, otros se ponen chalecos antibala para andar por la casa porque las balas perdidas abundan. Unos viven en barrios con contenedores, otros viven en el basural. Unos mandan a sus hijos a colegios, a otros lo único que les importa es que el nene coma en el comedor de la escuela. Unos hacen los deberes con sus padres, otros no tienen ni quien los reciba cuando vuelven de la escuela, si es que vuelven. Unos nacieron para ser dirigentes, otros para ser dirigidos. El Uruguay de la integración y las oportunidades hace décadas que está en el fondo de una grieta tan evidente que negarla revela una ignorancia tal de lo que pasa en la ciudad que mete miedo y quizás responde a esta decadencia que sufre el país en lo intelectual pero también en la comprensión de la dimensión humana que implica todo esto.
Y no se ve un rumbo. Botas Verdes murió de frío, pero tenía un objetivo, coronar la cima del Everest. Nosotros no sabemos ni adónde vamos, solo que hace años caemos montaña abajo, con una displicencia tal que hiela la sangre.