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    El Indio con estilo

    N° 2010 - 28 de Febrero al 06 de Marzo de 2019

    Fue uno de los primeros guitarristas, aún adolescente, en usar una púa metálica con la que lograba un sonido nítido, brillante. No ocurrió espontáneamente: tras una pulseada con un amigo se quebró el dedo mayor y eso dificultó la digitación natural con la que había aprendido a tocar de niño en el Instituto Verdi, junto a sus hermanos Francisco y Froilán.

    José María Aguilar, a quien en sus años de fama grande se conoció por el Indio, apodo que le impuso Carlos Gardel, nació en la calle 19 de abril de Montevideo, el 7 de mayo de 1891, aunque hay historiadores empeñados en la teoría de que vio la luz en San Ramón, Canelones.

    Es curioso que a este artista —ya para muchos perdido en alguna oquedad de la memoria— rara vez se le haya rendido la admiración que mereció. Parece haber quedado agarrado, y reducido, a su breve y fecunda relación con Gardel y la terrible peripecia de haber sobrevivido a la tragedia de Medellín.

    Sin embargo, han sido muchos los músicos que han dejado escrita una sentencia que suena a reparación: “Fue el mejor de todos”.

    Pero… ¿quién recuerda su condición de espléndido concertista de música clásica y profesor que formó a cientos de guitarristas en el Río de la Plata?

    El Indio, junto a su padre y a Francisco, inició sus actuaciones en veladas criollas del Paso Molino, donde el payador Gabino Ezeiza, según Horacio Loriente, le compuso unos versos para que los cantara. El trío recorrió el país, hasta que José María, por el alejamiento de su hermano y la muerte del padre, decidió irse en soledad a Río Grande del Sur, Brasil, circa 1910, adonde vivió malos momentos y debió regresar sin un peso y frustrado.

    No hay mal que dure cien años, dicen.

    La suerte hizo una contorsión y el Indio Aguilar, luego de oficiar de peón en domas de Mercedes y seguir tocando y cantando en pulperías, dos años después fue invitado por un colega, Mario Pardo, a viajar a Buenos Aires, el sueño de todos. En dúo con su amigo debutó en el Empire de la calle Corrientes, grabó discos y, separado de Pardo por el regreso de este a Montevideo, descubrió el éxito anhelado: acompañó a los mejores cantores —Corsini, Magaldi, Rosita Quiroga, entre otros—, dio clases de música a jovencitos y damas y caballeros de la aristocracia porteña, se hizo conocer como guitarrista clásico con obras de Verdi, De Falla y Schubert y creó sus primeros tangos: Ida y vuelta, El abrojal y El gran técnico.

    Corrían los primeros años de la década de 1920.

    En 1924, cuando seguía grabando en las principales discográficas, se presentó en el mítico Teatro Porteño junto a Rafael Iriarte y los cantores Fernando Nunziata y Atilio Monsalve; hombre inquieto y de carácter fuerte, el Indio suspendió este ciclo y a mitad de año viajó a Montevideo para actuar con Los Incógnitos, un cuarteto de cuerdas y canto, junto a Luis Viapiana, Carlos Bértola e Ítalo Goyeche.

    Es el momento en que apareció el amor: se casó con María Berois, joven de la alta sociedad de Trinidad, Flores, quien, en su carácter de poetisa, compuso las letras de tres nuevos temas de Aguilar: Trenzas negras, Añoranzas y Milonguera.

    Volvió con su mujer a Buenos Aires, como si adivinase que estaba por llegar la etapa clave de su vida artística: a mediados de 1928 lo contrató Gardel, con quien enseguida grabó La hija de la japonesita, Chorra y Manos brujas y viajó con él a París, junto a Guillermo Barbieri y José Ricardo.

    ¿El éxito? Clamoroso.

    De todos modos, no siempre fue cálida, amable, la relación entre Gardel y el Indio; a lo largo de aquellos años —1928 a 1935— el cantor lo despidió más de una vez: no soportaba los desplantes del guitarrista. Empero, al cabo de unas pocas semanas, lo volvía a llamar, consciente de que era, ha dicho Loriente, “el mejor”.

    José María Aguilar quedó desfigurado y sin poder tocar la guitarra luego de la tragedia de Medellín. Hasta un año después, intentó continuar con sus clases pero la depresión lo venció. En diciembre de 1951, frente a la plaza Pueyrredón en Buenos Aires, al cruzar la calle para llamar a un taxi, lo atropelló un automóvil. Internado con fracturas, murió sorpresivamente de un edema pulmonar antes de finalizar ese año.

    El Indio dejó para la historia otras creaciones significativas, en colaboración con varios letristas de primer nivel: Tengo miedo, Cuando me entrés a fallar, Al mundo le falta un tornillo, Cuando miran tus ojos y el premonitorio Mala suerte.