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    El Pato, “escudero” presidencial

    Algunos criterios sobre la modernidad fomentados por el consumo, la evolución tecnológica, la televisión, las tribus urbanas, las redes sociales y el populismo, van modificando costumbres, lenguaje, valores y la comunicación oral y gestual. A veces para mejorar la vida. Otras para degradar la sociedad. Aunque esos cambios resulten inevitables debemos plantear batalla desde diferentes frentes para que las nuevas generaciones sepan qué principios son fundamentales para la convivencia y la vida en sociedad, y cuáles son perniciosos.

    Un ejemplo es el respeto por los símbolos patrios, la representación de nuestro pasado, de la tierra en que vivimos gestada por nuestros antepasados. Significa la esencia de nuestras raíces: historia, familia, amigos, educación, cultura y formación cívica. De no prestarle la debida consideración estaremos contribuyendo a levantar un muro para trabar la evolución integral del país.

    En todas las naciones destacan ese tipo de símbolos que, además de lo formal e histórico, tienen una extensión moral y emocional. Uruguay ha establecido legalmente una gradación jerárquica: bandera nacional, escudo, himno, banderas de Artigas y de los Treinta y Tres y escarapela nacional. Son los únicos elementos que trascienden partidos e ideologías. Muchas veces, sin considerar su origen, significado o normas, son utilizados (u omitidos) en forma bastarda y eso conduce a su desnaturalización. Como con acierto acaba de advertir el ex presidente Luis Alberto Lacalle, esas acciones contribuyen a la pérdida de la identidad nacional.

    La totalidad de esos símbolos se adoptaron entre 1825 y 1848 mediante diferentes leyes y decretos. Un siglo después, el 18 de febrero de 1952, el presidente Andrés Martínez Trueba los declaró “Símbolos Nacionales de la República” y estableció que son “atributos exclusivos del Estado y el uso de los mismos por particulares está condicionado a la autorización general o especial que se conceda y al cumplimiento estricto de las normas vigentes y de la reproducción fiel de aquellas”.

    ¿A qué se debe este prolegómeno? A la placa que recibió Gustavo Torena, más conocido por su caracterización de “Pato Celeste”, un patético payaso que desde hace años busca destaque y ventajas personales. La placa dice: “El Pueblo Uruguayo (yo, usted, sus amigos y familiares) en homenaje a Pato Celeste-Gustavo Torena. Vicecampeón. Copa del Mundo Sub 20. Turquía 2013”. Una falsedad desde la primera a la última letra.

    Para colmo, la placa luce una réplica del escudo nacional. El mismo que, según las normas, debe ser autorizado por el Estado, el mismo que obligatoriamente llevan todos los documentos oficiales y el mismo que legalmente se debe colocar en los edificios de los tres poderes del Estado.

    Cuando la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF) recibió de la Presidencia de la República las placas para entregarlas a la delegación futbolística (hubo acuerdo previo sobre los nombres) constató que estaba de más la de Torena y la devolvió. Pero debido a una mano negra o a una orden amiga, terminó en sus manos. Torena admitió en Sport 890: “Me la dio la gente de Presidencia en el estadio”. El presidente de la AUF, Sebastián Bauzá, lo avaló en el portal 180: “La AUF no tiene nada que ver con eso. Fue un regalo de Presidencia”.

    Estalló un debate y surgieron cuestionamientos. Entonces Presidencia lo negó. Fue cuando —probablemente a pedido de su amigo, el presidente José Mujica— el “escudero” Torena cambió el discurso. Dijo que la placa con el escudo la habían encargado los jugadores para homenajearlo. Pero ellos también lo negaron.

    Como en el “Gran Bonete”, los co-organizadores del acto, el Ministerio de Turismo y Deportes y la Intendencia de Montevideo, también rechazaron haber intervenido. Un vocero de la Presidencia terminó de sacar la pata del lazo y le dijo a “El País” que la plaqueta la había encargado el propio Torena. Para no discrepar, El Pato, disfrazado de persona, volvió a modificar su declaración. Dijo que cualquiera puede comprar una igual en “Tammaro”, el fabricante de trofeos.

    ¿Cualquiera puede comparar un trofeo con un escudo patrio sin especificar su destino? ¿Los símbolos nacionales se venden en forma indiscriminada? ¿Quién ordenó hacer todas las placas, incluida la de Torena? ¿No existen registros o recibos en la empresa vendedora o en el Poder Ejecutivo sobre cuántas y con qué nombres se encargaron? Seguramente no habrá respuestas y se ocultará.

    Mujica y Torena se conocieron en 2007 y tuvieron inmediata coincidencia, personal y partidaria. “El Pato” se fue haciendo un lugar, primero con el senador y luego con el presidente. Así se integró a delegaciones en visitas oficiales a jefes de Estado y empresarios (Lula Da Silva, Chávez, el Papa Francisco y el presidente del Real Madrid, Florentino Pérez).

    En los últimos años, gobernantes y dirigentes frenteamplistas le han advertido a Mujica sobre el riesgo de esa relación. El presidente, cuya inteligencia se nubla con la marginalidad y el populacherismo, no los escuchó.

    Para el caso no importa que Torena tenga tres o cuatro antecedentes penales. Como bien dijo Mujica hace un tiempo, al igual que él Torena cumplió sus penas en la cárcel. Legalmente, punto final.

    Sin embargo, con el contexto reseñado, un aserto popular calza para este caso como anillo al dedo: “Dios (o el Diablo) los cría y ellos se juntan”.