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    El Unabomber

    Por Lector

    Sr. Director:

    Theodore Kascinsky, más conocido como el Unabomber, tenía un coeficiente intelectual de 168. Se estima que el de Albert Einstein era de 160 y el de Stephen Hawking, 152. Esto indica que por lo menos se trataba de una persona excepcionalmente inteligente en el plano del razonamiento lógico, que es lo que principalmente describe el citado coeficiente.

    Kascinsky desarrolló una especie de pensamiento teórico acerca de la sociedad industrial y posindustrial que señalaba que el ser humano ha perdido completamente su libertad, ya que está asediado desde su nacimiento por estímulos que le llevan a convertirse en un autómata preso de deseos creados en él por los intereses del capitalismo y que condicionan todas sus acciones. Fiel a sus principios, Kascinsky vivía en una cabaña en Montana sin luz, agua ni teléfono, cazaba y recogía él mismo lo que comía y los únicos servicios que utilizaba eran el correo, por el que enviaba sus cartas bomba, que castigaban a presuntos servidores del sistema (unas 20 en total), y algún medio de transporte público por el cual se trasladaba al área de Los Ángeles, desde donde las remitía.  Al final Kascinsky fue atrapado muy ingeniosamente; se le concedió su exigencia de que el manifiesto en el que exponía sus ideas fuese publicado (en el Washington Post), y su hermano y su cuñada reconocieron sus ideas y estilo de escritura que conocían bien y lo denunciaron al FBI. Quien se interese por la historia puede ver la excelente serie Manhunt: Unabomber en Netflix.

    Las ideas del Unabomber no están muy alejadas de las de un filósofo que fue muy popular en la llamada generación del 68, Herbert Marcuse. Marcuse escribió un libro muy popular en su momento llamado El hombre unidimensional, en el cual sostuvo que el ser humano moderno se había visto privado de su capacidad de crítica por encontrarse inmerso en un mar de necesidades ficticias creadas por la televisión, los medios, la publicidad y la educación, que convertía a las personas en meros consumistas y consumibles ellas mismas como si fueran objetos. Distinguía entre las necesidades reales imprescindibles para la vida y las ficticias o artificiales y decía que todo el aparato ideológico y publicitario se había internalizado en las mentes impidiendo todo cuestionamiento del sistema. Algo parecido a lo que sostienen ideólogos modernos como el expresidente Mujica y muchos otros. En general todos ellos realizan aseveraciones sin ningún fundamento científico. Para poner un ejemplo, en el Manifiesto comunista de Marx y Engels, que fue el puntapié inicial del socialismo real y antecesor de todos los movimientos de izquierda, aparecen solo tres números: el 17 y el 18 para referirse a los siglos correspondientes y el 10 para referirse a la jornada de trabajo de 10  horas. Todo lo demás son meras afirmaciones, no hay una estadística, ni un gráfico de la evolución de variables económicas que apoyen sus hipótesis, absolutamente nada. En fin, cosas veredes. Para más inri, prácticamente ninguna predicción de ese manifiesto se cumplió, algo que se exige a cualquier teoría científica de mínimo rigor.

    ¿Deberíamos decir, por ejemplo, que los indígenas que intercambiaron oro y piedras preciosas con los españoles por espejitos y bolitas de colores eran consumistas? Evidentemente estaban adquiriendo bienes que correspondían a los que Marcuse llamaría necesidades ficticias, aunque tal vez los chirimbolos les concedieran prestigio entre los suyos, algo evidentemente útil. ¿Un avión es una necesidad ficticia? Bueno, se puede vivir perfectamente sin él. ¿Y una vacuna? ¿Y una tomografía? ¿Y la anestesia? Todas son cosas prescindibles, se vivió muchísimo tiempo sin ellas y sin muchísimas otras que “consumimos” habitualmente. Sin hablar de otras cosas como la música, la educación, la filosofía, la literatura, el lenguaje escrito, qué se yo. Casi todo es prescindible. De hecho, en Afganistán los talibanes prohibieron la música por considerarla pecaminosa, por poner un ejemplo.

    El Unabomber quería volver al pasado, una posibilidad que mucha gente ha sostenido. No sé si el primero en idealizar al hombre primitivo fue Rousseau o si hubo alguien antes que él, aunque el mito de Arcadia debe ser más antiguo. Pero no se puede. Los males que el desarrollo tecnológico ha traído, y que en muchos casos son graves, habrá que solucionarlos con tecnología y no sin ella.

    Armas no faltan, muchas de ellas aún están en pañales: la robótica, la nanotecnología, la biotecnología y otras formas de manipular la realidad increíblemente sofisticadas. La última en aparecer ha sido la inteligencia artificial, que muchos ven como una amenaza terrible.

    La singularidad está cerca; cuando los humanos transcendamos la biología es un libro de Raymond Kurzweil editado en 2005. Esta obra versa sobre el concepto de singularidad tecnológica, evento que el autor prevé para el año 2045, y el impacto que este hecho tendrá sobre la humanidad. La tesis principal del libro es que el crecimiento de las tecnologías de la información no es lineal, sino exponencial. Esto permite que dichas tecnologías se adentren en terrenos cada vez más amplios de la ciencia, como por ejemplo la biología o la neurociencia. Eventualmente, las tecnologías de la información coparán todo el espectro tecnológico y científico humano, lo cual producirá una explosión de inteligencia a la que el autor llama singularidad tecnológica.

    Aparentemente Kurzweil se equivocó y la singularidad podría producirse bastante antes de 2045 si todo sigue como va. Skynet está a la vuelta de la esquina. Independientemente de cómo salgan las cosas, sería de una tremenda ironía que la inteligencia, que nos trajo a la existencia como especie, termine destruyéndonos.

    Alberto Magnone

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