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    El Uruguay adicto al estatismo

    Nº 2073 - Nº 2073 - 28 de Mayo al 3 de Junio de 2020

    Los uruguayos somos adictos al estatismo. “Para que se desarrolle una adicción tiene que existir un hábito previo sobre el cual se va perdiendo progresivamente la capacidad de control y esa conducta pasa a ‘dominar’ a la persona, quien pierde la capacidad de elección”, según la definición de esa enfermedad.

    Hemos ido perdiendo esa “capacidad de control” sobre nuestras propias decisiones, porque durante décadas nos taladraron nuestros cerebros con frases como: “Compre en Ancap, compre en su empresa”, “Antel, la empresa de telecomunicaciones de los uruguayos”, “BSE, nadie te puede dar más seguridad” o “como el Uruguay no hay” y eso nos lleva a pensar que no podemos vivir sin la gasolina, la luz, el banco o la jubilación estatal. Pero no es así.

    La adicción genera dependencia, sea de una sustancia, una actividad o una persona. Y toda dependencia es nefasta para el desarrollo individual en forma libre y soberana. El adicto no es un ser libre. Es un esclavo de su adicción. Y como tal, se somete a sus designios.

    Con nuestra adicción al Estado sucede algo similar con el adicto al alcohol, el tabaco o las drogas: comienza con un consumo social, esporádico e inofensivo y termina atrapado en sus garras. Empezamos a principios del siglo XX con un proyecto para producir combustibles alternativos al petróleo y terminamos fabricando perfume y veinte empresas asociadas. Empezamos con una empresa de telefonía fija y terminamos perdiendo un satélite en el espacio y 65 millones de dólares en un estadio deportivo. Y la lista es interminable.

    ¿Cómo se sale de una adicción? Sin dudas que no se sale de la noche a la mañana. Hay que ir retirando la droga de a poco para disminuir la dependencia física y psicológica. Deberíamos cerrar ya el Inumet, el Correo, AFE y hasta la propia Ancap. Pero los adictos uruguayos no lo resistirían, ni física ni psicológicamente.

    Hace pocos días leía una nota sobre Rusia, donde muchos veteranos, acostumbrados a vivir bajo el comunismo, extrañaban la comodidad del empleo público, el no necesitar pensar para elegir ante variedad de ofertas (pues no las había), a ahorrar para tener una mejor jubilación o en desarrollar habilidades para competir (pues no había competencia).

    Pasan los años y los siglos, los que parecen darle razón a Cayo Salustio, un político romano en el siglo I, quien decía: “Son pocos los que prefieren la libertad, la mayoría se conforma con tener un amo justo”.

    El Estado uruguayo no ha sido un amo justo en la mayoría de los casos. Y aunque lo fuera, los ciudadanos librepensadores no queremos tener amos, ni estar sometidos a ellos. El camino tiene que ser la libertad, eliminar monopolios y reducir al mínimo el peso del Estado en la vida de sus ciudadanos. Habrá que hacerlo en forma gradual, pero habrá que hacerlo.

    Comienzo tienen las cosas. Y todo indica que ¡es ahora!

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