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    El Uruguay surrealista

    Sr. Director:

    La actualidad nacional, pletórica en hechos, cohechos, declaraciones, reacciones y análisis de todo tipo y calibre, deriva —a nivel intelectual y espiritual— en una encrucijada que nos enfrenta a dos caminos con perspectivas bien distintas: a) dejarnos llevar a una mezcla de depresión, resignación, acostumbramiento e inercia, que es donde nos llevan los anacrónicos y obcecados ideólogos actuales con su alarmante incapacidad de ejercer una mínima autocrítica y de generar mínimos acuerdos básicos, o b) armarnos de paciencia y escuchar, ver y/o leer críticamente esas manifestaciones con la mente abierta y la razón a flor de piel, a campo abierto, sin preconceptos, haciéndoles un lugar a la ilusión, los sueños, los proyectos y la esperanza motivadora de que se puede querer, ser y hacer un futuro mejor, con y entre todos.

    Para asumir esta última actitud conviene atender cuatro requisitos básicos: a) rescatar la capacidad de indignarse ante la mediocridad que avanza y proponerse elevar la vara —como desafío —y la mira— como objetivo—; b) mirarnos al espejo conceptual y ser exigentes y rigurosos, primero en la autocrítica y luego en la que hagamos a nivel grupal, institucional sectorial y/o nacional; c) autoimponernos que a cada crítica negativa que hagamos la complementemos con una visión positiva y propositiva rigurosa —sin autocomplacencias o inconducentes benevolencias—, pues no es cuestión de observar y señalar errores desde el limbo y al barrer sino de meternos en terrenos resbaladizos y fangosos para asumir que las soluciones requieren el involucramiento y el compromiso nuestro, el de los ciudadanos; d) de una vez por todas, cambiemos nuestra percepción del tiempo y el espacio. Referido esto a la indolente impuntualidad y las ilógicas agendas de actividades que hemos naturalizado a tal punto que, si uno pretende ser objetivo, no podría tomarse en serio casi ningún pronóstico o anuncio de lo que se hace o se propone hacer en el país.

    Parecemos salidos de Los relojes derretidos, el cuadro de Salvador Dalí sobre el tiempo, pues a tal punto lo distorsionamos y relativizamos. Respecto a nuestra concreción espacial —proceso de planificar y construir— resulta tan plena de imprevistos, marchas y contramarchas, órdenes y contraórdenes, que pareciera que quienes tienen la responsabilidad de llevarlas a cabo están obsesionados con el Guernica de Picasso. Una cosa es la visión surrealista, digna de admirar, que Picasso tiene de la destrucción y los horrores de la guerra y otra los resultados surrealistas, rechazables, que algunos políticos logran al concebir erráticos proyectos con promesas de desarrollo nacional, lo que evoca un antónimo de utopía, la distopía, que en la RAE es “representación imaginaria de una sociedad futura con características negativas que causan alienación moral”. Cualquier semejanza con nuestra realidad es mera coincidencia.

    Uruguay parece vivir un retrasado surrealismo. Recordemos que el surrealismo surge en Francia en la primer a posguerra del siglo XX, influenciado por la teoría psicoanalítica de Freud, que trajo a colación el subconsciente primando sobre el pensamiento racional. Luego Breton, con su manifiesto, inspira toda una saga de pintores —Miró, Picasso, Dalí, varios más— que trastocan la percepción normal de la realidad. Siempre me desconcertó que se hablara del “método paranoico-crítico” de los surrealistas, que consiste en mezclar imágenes que les son obsesivas de forma absolutamente libérrima con el resultado que luego vemos y admiramos. Vaya uno a saber por qué, pero me recuerda a nuestro “como te digo una cosa, te digo la otra”. El surrealismo, digno de admirar en lo pictórico, resulta funesto para el gobierno de la cosa pública.

    Los desvaríos previos surgen luego de compartir varias tertulias con un estimulante grupo de jóvenes uruguayos sub-35 con diálogos sobre la situación nacional y sus perspectivas hacia el futuro. Es lo bueno de los encuentros intergeneracionales, los unos tenemos más pasado que futuro, los otros más futuro que pasado. Cadena de eslabones que no se debe romper.

    Algunas reflexiones que se fueron desgranando —varias obvias— resultan difíciles de contradecir en las actuales circunstancias: “El país está empantanado. Tendemos al retroceso. No damos la talla ni el ritmo. La inercia, funcional al statu quo, es el modus operandi de los mediocres acomodados. El discurso progresista derivó en retrasismo real; no por sus ideas sino por su inacción. No es cuestión de izquierdas o derechas ni de tal o cual color partidario, sino de nosotros mismos de forma organizada. Menos ideologías y más ideas. Si debemos optar entre ideologías o ideales para inspirar las ideas, los ideales sin dudar”.

    Luego de esto, la primera reacción que se tiene es: qué mal estamos. segunda reacción que surge: Lindo desafío, buena oportunidad. Tercera reacción: manos a la obra, organicémonos.

    Por supuesto, los temas que dominan la agenda semanal de la humilde tertulia son los obvios; nada original, de lo que todo el mundo habla, ve, escucha, comenta y retuitea. Eso sí, son meros detonantes, pues su análisis va más allá de los episodios y lo anecdótico, se busca analizarlos en su contexto, integrando un proceso, y con eso es que se concluye que el problema excede el episodio, la anécdota, los personajes, los contextos y los procesos; hay un mínimo denominador común que está omnipresente en todo el intríngulis nacional. Tiene la atomización conceptual de índole cultural como causa y la falla sistémica de índole idiosincrático-comportamental como consecuencia. A la cultura y a la idiosincrasia nacional les está haciendo falta una gran dosis de inteligencia, razonamiento crítico, sentido común, compromiso y responsabilidad. Tan poco y tan simple para una nación que ha sido, históricamente, capaz de ser y estar entre los mejores países y las más destacadas naciones. La falla, entiéndase bien, no es de la cultura y la idiosincrasia, es de nosotros los ciudadanos, los que construimos, formamos y conformamos a ambas.

    Cuando se analiza la situación nacional lo hacemos “a la uruguaya”: por chacras. Así por ejemplo, con la educación, la salud, la seguridad, la producción, el comercio exterior, el Estado, y varios etc. De esta forma, al focalizarnos en aspectos sectoriales y/o subsub-subsectoriales, perdemos de vista lo sistémico que está subyacente, el común denominador, la novisión del país en su conjunto. Ahora bien, el problema no es “el país” sino nosotros los ciudadanos constituyendo la nación, que con nuestra autogenerada cultura, idiosincrasia, identidad, costumbres —también pereza intelectual y desidia fáctica— nos deslizamos balando quejumbrosamente por el tobogán del retroceso nacional.

    Al clásico res non verba que a través de los siglos los verdaderos progresistas de las ideas e ideales asumieron como condición necesaria para el desarrollo, nosotros los uruguayos hace décadas que le contraponemos e imponemos el ¡bla, bla, bla, non res! ¿Acaso alguien duda de que ante cada episodio, falla o carencia que tenemos lo primero que hacemos es tratar de negarla? Si no podemos, la disimulamos; si no hay más remedio que aceptarla, la explicamos, y si hay explicación —por absurda e incoherente que ella sea—, se la impone y la tomamos como justificación. Y se acabó el partido. Ni por asomo damos el paso siguiente, obvio, evidente, racional, ético, de sentido común: asumir que el yerro o la falla requieren un amplio, sistemático y profundo análisis y reflexión que nos habilite saber por qué pudo suceder, primer eslabón para prevenir futuros posibles errores. Como no lo hacemos, volvemos una y otra vez a tropezar con la misma piedra.

    Se dice que errare humanum est y que persistir en el error es diabolicum. Vaya un recuerdo añorando las clases de latín del Prof. Cicalese (Fac. de Humanidades y Ciencias, escollera Sarandí, década de los 60) que más que enseñar latín insuflaba cultura, valores y desafiaba a estudiar, conocer, avanzar. De él aprendí que el error humano es de Cicerón (en una filípica), y que persistir en el mismo es diabolicum. Luego, con uno de sus magistrales epílogos, para que no nos olvidáramos jamás, se dedicó al vocablo stultus, v.g. estúpido. Persistir en el error no es diabólico, decía con razón, es estúpido. Cuatro décadas más tarde, Clinton me la trajo al recuerdo refiriéndose a la economía.

    Por casa, ¿cómo andamos? ¿Cuántas veces y hace cuánto tiempo que repetimos que vamos a cambiar la educación? ¿Y la Seguridad? ¿Y la Salud? ¿Y el Comercio Exterior? ¿Y el Estado por reformar? ¿Y los políticos por autoregularse? ¿¿¿Y, Y, Y??? Decenas de veces, durante décadas. La marmota nacional. Hace años que emparchamos; hemos perdido de vista el conjunto.

    Nos hace falta soñar, imaginar, ilusionar, esperanzar, convocar, comprometer y actuar en consecuencia por un Uruguay mejor. No mejor en relación con la situación actual, pues con muy poco esfuerzo se puede lograr. Tampoco nos referimos al nivel regional, pues quedaremos a medio camino. Sí mejores a nivel mundial, sabiendo de antemano que será condición buena pero no suficiente, pues habrá que seguir mejorando permanentemente. Depende de nosotros, o sea que es posible.

    Comencemos por el principio, sobre todo atendiendo a los escépticos, los pesimistas, los negativos que nunca faltan cuando de cambios se trata. ¿Podemos soñar?: Por supuesto. ¿Imaginar, ilusionar, esperanzar?: También. ¿Convocar? Esta es más difícil, pues se debe ser muy responsable, es pedirle crédito a la gente, pero es posible, sobre todo si se hace entre todos y con todos seriamente. ¿Comprometer? También, pero con las mismas consideraciones previas aumentadas. Lo que primero hace falta es soñar el mejor país del mundo, y la mejor manera de hacerlo es atenernos a la prospectiva como método de análisis.

    Ahora, el tránsito entre soñar… comprometerse, ¿con qué es? No lo tenemos claro, no lo hemos elaborado, es una carencia y una falencia grave e insoslayable. Si no definimos qué queremos, mal podremos conseguirlo. No alcanza con decir un Uruguay mejor, o educado, o con seguridad y salud, o, o, o… Porque el problema no es el Uruguay, somos los uruguayos. Y hablar del cambio de otros, así sea el Uruguay, es relativamente fácil; lo difícil es cambiar nosotros, comenzando por cada uno de nos. Los políticos, en estas lides, poco han aportado en los últimos años, y poco están aportando en la actualidad. ¡Explicar la inercia nacional es simple, stultus! La cuestión es cambiarla… actuando.

    Créase o no, esta catarsis surge al leer una entrevista y una noticia: 1) La entrevista realizada por Tomer Urwicz al Ec. Rodrigo Arim, decano de la Facultad de Ciencias Económicas de la Udelar para el diario El País, domingo 2 de julio: “El egreso de la Universidad está a 20 años de Corea”. Si lo de los perros y mexicanos fue una gafe, esta es a la n potencia. Vale la pena leerla crítica y propositivamente, habiéndose, claro está, informado sobre Corea del Sur en general y en educación en particular. Ver http://www.elpais.com.uy/informacion/arim-egreso-universidad-anos-corea.html

    No se vea en esto último una ironía; valoro sinceramente el aporte del Sr. Decano Arim por motivante; no es habitual en estos días encontrar con quien discrepar a fondo, tal es el avance del conocimiento oficial que tiene mucho de opinión dogmática ideologizada que se contrapone/no contrapone con el triste retroceso de la discusión, arriando ideas e ideales, quedándose en el episodio y sus consecuencias, pero sin ir a las causas profundas que los sustentan. Es hora de sacudirnos el surrealismo e impregnarnos de una sana cuota de realidad y racionalidad. Es posible, deseable y conveniente. Con todos, entre todos, para todos.

    2) La noticia a que hice referencia es que en la Cámara de Diputados se votó postergar el cierre de las Colonias de Alienados prevista para el año 2020 para el 2025. ¿Alguien piensa cómo se explica que nuestros mandatados, nuestros representantes, nuestros delegados, nuestros diputados hayan llegada a esa decisión? ¿Cómo explicarlo? ¿Nos van a decir que en vez de tres años se necesitan ocho años? ¿En función de qué? Y si tal es la razón, ¿nos van a explicar el cronograma de acciones concretas conducentes al final deseado? ¿Qué se va a hacer en el 2018? ¿Cómo se va a controlar? ¿¿¿Y en el 2019, el 20, el, e,l el hasta el 2008??? ¿Cuántos representantes nuestros han ido alguna vez a las Colonias? ¿Cuántos votaron con conocimiento de causa? ¡Viva el statu quo, viva la inercia, viva la mediocridad, viva la irresponsabilidad! ¡Viva el como te digo una cosa, hago la otra!

    En esto último sí véase una irrefrenable e incontenible ironía. No puedo consentir que mi ni nuestros representantes actúen de forma irracional y superficial y concluyan en la irresponsable postergación que sustituye a la racionalidad que inspire la necesaria y responsable acción en tiempo y forma, bien monitoreada, controlada y evaluada. Hay muchas formas de corromper. Esta es una de ellas. Corrompen la confianza ciudadana y la democracia representativa.

    Ninguna de las dos noticias mereció mayores comentarios y menos, análisis. A pesar de ser paradigmáticos síntomas de nuestro época surrealista.

    Gonzalo Pou