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    El acto libre

    Columnista de Búsqueda

    Nº 2111 - 18 al 24 de Febrero de 2021

    Como herencia del optimismo de la razón que introduce Sócrates en la historia de la filosofía, y que Aristóteles recoge escrupulosamente, Santo Tomás de Aquino afirma, en absoluta consonancia con esa tradición (lo hace en la Cuestión 83 del primer libro de la Suma teológica), que efectivamente la libertad proviene del intelecto, que una acción libre es cualquiera que se genere a través de la razón. En ese pasaje va más lejos; dice que al atarse el hombre a la razón es decididamente libre, siendo por lo tanto la voluntad un apetito intelectual.

    Una generación más tarde el franciscano Duns Scotus le entabló reto a la afamada tesis. Conforme a su mirada, si esto fuera verdad, el hombre quedaría como esclavizado a la capacidad de la razón para identificar las cosas buenas. El apelativo de Doctor Sutil que acompaña a Scotus se debe, entre otros méritos comprobables, a su delicada capacidad para ver grietas en la compacta superficie de muchos conceptos aceptados. Así, en este punto argumenta que “en la medida en que la voluntad sea meramente un apetito intelectivo, en realidad estaría inclinada en el más alto grado al mayor bien inteligible” (Filosofía y teología. Dios y el hombre, Editorial Biblioteca Autores Cristianos, 2011). En otras palabras, si el libre albedrío no fuera más que usar la razón para identificar lo mejor que se puede hacer, entonces uno no sería libre, sino que se vería obligado a hacer eso. Piensa Scotus que un libre albedrío es aquel que puede “controlarse a sí mismo para provocar su acto de modo que no siga su inclinación, ya sea con respecto a la sustancia del acto, o con respecto a su intensidad, a la cual el poder es inclinado naturalmente”. Si queremos traducir esto a simple dimensión existencial, al dilema de cada día, a la inmediatez del discurrir en el mundo, podemos establecer que la novedad que en las últimas generaciones se ha vuelto actual en el planteo de Scotus es que la libertad no se trata solo de hacer lo que es racional, sino de poder controlar las propias acciones, ya sea para dejar de hacer algo por completo o para moderar lo que sea que estemos haciendo.

    Esto no quiere significar, sin embargo, que haya una preeminencia o, en sentido contrario, un desprecio, sino el reconocimiento de dos órdenes diferentes. La discusión estriba en determinar la fuente primera, la jurisdicción natural del acto libre sin por ello negar los insumos de los que se sirve para hacerse posible. El intelecto y la voluntad trabajan conjuntamente, pero cada uno en su orden formal, es decir según una desigualdad cualitativa, al efecto global. Esa es una voluntad dada. “Se podría decir que el intelecto depende de la volición —dice el filósofo— como de una causa parcial pero superior; y que por el contrario también, la voluntad depende de la inteligencia, como de una causa parcial pero ordenada (…). El acto del intelecto no es la causa total de la voluntad, sino solo una causa parcial”.

    El intelecto, por tanto, ejerce una causalidad parcial pero ordenada a la voluntad, cuando la voluntad es una causa superior en relación con el acto del intelecto. La voluntad no recibe nada del objeto aquí como quería Aristóteles (fantasía, objeto conocido o abstracto), pero esto no significa que el objeto no necesariamente tenga que estar presente para que se produzca la volición. En el intelecto, como en la volición, el objeto debe ejercer una causalidad real, aunque parcial, es decir, debe ser parte integrante de un desarrollo causal ordenado o productivo que, sin él no se produciría, o mejor dicho, que solo se da con él, pero que no expresa ni resume en nada: una vez que el objeto está presente, no se explica ni la inteligencia ni la volición. Pero una vez eliminado el objeto, ya no tenemos que explicar ni la volición ni la intelección, porque simplemente no hay más. Dicho con más sencillez: la impresión que ejerce el objeto opera directamente sobre la voluntad, el intelecto asiste en una segunda instancia poniendo luz, generando las representaciones y los conceptos, pero a la hora de actuar deja nuevamente el paso a la voluntad.

    Por estas fechas se cumplen 30 años de la decisión del Papa Wojtyla de consagrar a Duns Scotus como Venerable, esto es, como titular de “virtudes heroicas”. Dos años más tarde sería beatificado. Entre los méritos que se le reconoce, además de su portento teológico y filosófico, fue haber puesto en relieve con sólidos argumentos el tema de la Inmaculada Concepción de María.

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