N° 1984 - 30 de Agosto al 05 de Setiembre de 2018
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáDecía Mark Twain que de los dos días que apenas son importantes en la vida de una persona, el nacer es el más insignificante; el que realmente cuenta es el día en que uno descubre verdaderamente quién es. El vocablo alemán augenblick que Heidegger utiliza para caracterizar el instante fundacional o revelador, el presente auténtico que muestra lo oculto hasta ahora, que trae luz, que des-vela, es la fuente de esa inesperada epifanía que nos trae noticia acerca de lo que finalmente somos.
Hay días o noches memorables en la historia que testimonian estos decisivos retos existenciales; nombro al azar: el inevitable cruce del Rubicón; la súbita conversión de Saúl de Tarso camino a Damasco; la transfiguración de Dante al enterarse, cuando ya ni siquiera se acordaba de ella, de la muerte de Beatriz; la valiente decisión de Bloom luego de trajinar largamente por las calles de Dublin al entrar en la cama tibiamente habitada por Molly; la digna salida de escena de Phédre, agotada ya de tanta esperanza y de tanto sufrimiento. En todos estos casos, y en algunos más que también me evocan Scott-Fitzgerald, Esquilo, William Faulkner, Virgilio, Dostoievski y Eugéne O’Neill, tenemos esa crucial toma de conciencia del destino; uno sabe finalmente quién es cuando conoce cuál será su destino, cuando elige de qué modo habrá de enfrentarse al combate final con la lívida muerte o con sus pobres sucedáneos de ocasión, como el olvido, el desprecio, la indiferencia.
A Orlando, protagonista de la novela homónima de Virginia Woolf, ese instante lo ronda y lo persigue por muchas páginas a lo largo de casi cuatro vertiginosos siglos de asombros, pasiones y lecturas. La obra, que trata con la inmortalidad de su criatura, nos reserva muchas de tales significativas instancias de descubrimiento y cambio, porque son muchas las oportunidades de cruzar o de quemar puentes a lo largo de tantos años. Hoy quiero compartir la primera de esas epifanías, que tiene lugar cuando Orlando, enamorado perdidamente de una espectral y desdeñosa princesa rusa, recibe en pleno rostro la bofetada de verse en la condición de desairado, cuando patéticamente se descubre solo de ese amor que colmaba y desbordaba todo el mundo. La escena tiene todos los componentes del melodrama; es simplemente la del hombre esperando en vano a la mujer que ama. Dice así:
“Todos sus sentidos se concentraban en el acecho del sendero empedrado —brillando a la luz del farol— por donde vendría Sasha. A veces, en la oscuridad, le parecía verla regada por la lluvia. Pero el fantasma no duraba. De pronto, con una voz ominosa y terrible, una voz llena de horror y alarma que hizo parar cada angustioso pelo en el alma de Orlando, sonó en San Pablo la primera campanada de la medianoche. Sonó cuatro veces más, implacable. Con la superstición de un enamorado, Orlando había resuelto que a la sexta campanada Sasha vendría. Pero la sexta campanada murió y la séptima vino y la octava, y para su temerosa mente eran notas que primero anunciaban y luego proclamaban muerte y desastre. Cuando sonó la última, comprendió que estaba echada su suerte. En vano su parte de razón razonaba: ‘Sasha puede estar en retardo, puede haber tenido un inconveniente, puede haberse perdido’. El corazón apasionado y sensible sabía la verdad. Otros relojes dieron la hora, en una confusión de toques sucesivos. El universo parecía aturdirse con las noticias de su irrisión y de la mentira de Sasha. Las antiguas sospechas subterráneas que estaban trabajándolo salieron abiertamente de su escondite. Lo picó un enjambre de víboras, cada una más venenosa que la anterior. Se quedó inmóvil en la puerta, bajo la enorme lluvia. Al pasar los minutos, se le aflojaron un poco las rodillas. El aguacero proseguía. En lo más fuerte parecían oírse grandes cañones. Se oían vastos ruidos como de robles arrancados de raíz y postrados. Había también gritos salvajes y rugidos que no eran humanos. Pero Orlando se quedó inmóvil hasta que el reloj de San Pablo marcó las dos, y entonces, vociferando con una horrible ironía, y mostrando todos sus dientes, ‘Jour de ma vie!’, estrelló contra el suelo la linterna, saltó a caballo y partió al galope sin saber dónde”.
Creo que el adverbio de lugar resume perfectamente el vértigo de la epifanía. Orlando se descubrió sin saber quién es. Sasha le robó lo que era. Toda la vida que le espera consistirá en dotar de ser a ese vacío.