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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acá“…y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”. (Juan 8,32) – “Y la mentira os hará creyentes” (José Rodríguez, “Mentiras fundamentales de la Iglesia Católica”, Barcelona, 1997).
Santiago Ramos contesta mi carta diciendo que siempre busco la oportunidad de criticar a la Iglesia. Y tiene razón: tuve una fuerte formación cristiana y creí (o me hicieron creer) en los dogmas católicos. Pero un largo revisionismo me llevó a descreer porque entiendo que esta Iglesia que me duele no es la del mensaje de Jesús. Y me importa transmitir mi convicción a amigos, a familiares… o cuando manifiestan anacrónicas creencias en cuentos de hadas. Con convicción, pero sin “malicia” ni “fetichismos” (¿idolatría? ¿parafilia sexual?), como me achaca Ramos, sino como resultado de pensar con libertad.
Cuando era chico, se decía en mi casa que de la Iglesia “o se habla bien o no se habla”…y eso no está bien. Ni para la Iglesia ni para nadie. Porque si bien no debe haber institución que haya hecho tantas cosas buenas en 20 siglos como la Iglesia Católica, no se puede dejar de ver todo lo malo que también hubo, y mucho. Pero Estévez, Ramos y otros prefieren taparlo con diarios. Por eso soy crítico de dogmas y preceptos; de leyendas, mentiras y cruzadas; de censuras e inquisiciones. Con el cristianismo todavía en el disco duro (que no el catolicismo).
Pero el tema que había planteado Estévez y que me convocó era “Los cambios en la Iglesia…”, y afirmaba que todo estaba laudado “…desde el principio de los tiempos…”. Entonces presenté algunos hechos históricos que demuestran palmariamente importantes cambios en 20 siglos, para bien y para mal. Que la Iglesia tal como la conocemos nace 3 siglos después de Cristo y que a partir de allí algunos obispos tomaron decisiones e inventaron dogmas y preceptos muy distintos de lo que propuso Jesús. Y me importa insistir en que hubo un concilio que comenzó a adaptar la Iglesia al SXX, que hubo una marcha atrás hacia el conservadurismo y que hoy hay esperanza de nuevos cambios. Porque creo que estamos en un proceso evolutivo, de crecimiento sistemático, en el que la misión del Hombre es entenderlo (¿plan de Dios?), seguirlo y provocarlo, lo que no puede hacerse sin cambiar permanentemente.
Ya lo decía aquel filósofo tucumano: “Yo tengo fe, que todo cambiará…”. Pero Ramos y Estévez prefieren creer que todo será como fue, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Incluso Estévez manifiesta nostalgia por sistemas políticos y sociales del principio de los tiempos. Y seguramente no los voy a convencer de otra cosa.
Lo que no puedo dejar pasar por alto es la pobre y lamentable justificación de Ramos de la pedofilia eclesiástica (“¿…acaso son más frecuentes en los sacerdotes que en padres de familia, maestros, profesores…?”). Que no es “difamación”, Ramos; son denuncias de crímenes reales, más graves por ser educadores de niños y jóvenes, y que hasta donde conozco, no han entregado a los delincuentes a la Justicia. Más bien, fueron ocultados por las autoridades de la Iglesia, y los criminales, protegidos. Y a todas luces, la causa más fuerte de tales crímenes es el celibato obligatorio, implantado por obispos (no por Cristo) y mantenido caprichosamente. He conocido excelentes curas que perdió la Iglesia al no permitirles formar su propia familia. Iglesia que paradójicamente rechaza a los buenos y protege a los malos. Y lo de la razón económica no es un disparate, Ramos; es la más probable.
Finalmente: agradezco las sugerencias de lecturas que me indica Ramos; pero le puedo asegurar que no me falta información. Yo también le podría sugerir otras, pero sospecho que las debe tener censuradas.
Agradezco también los rezos que me promete, pero le comento que estoy seguro de que si existe un Dios, que debe ser muy inteligente, no creo que se conmueva por oír una letanía repetida 50 veces para otorgar beneficios particulares o milagros solicitados. Prefiero creer que ese Dios se alegra cuando las cosas nos salen bien, cuando usamos la razón para pensar (ese “soplo” de divinidad que recibimos), para hacer crecer la ciencia y las artes; para mejorar la convivencia social universal; cuando somos fraternos y solidarios; y cuando entendemos hacia dónde apunta un probable plan divino.
Andrés Pfeiff Folle
CI 1.147.555-3