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    El alma y después

    Columnista de Búsqueda

    N° 1966 - 26 de Abril al 02 de Mayo de 2018

    Decía Ortega y Gasset (permitiendo que el grato aliento de Nietzsche reverbere en sus palabras) que todo gesto vital es un gesto de dominio o de servidumbre. Unos cuantos siglos antes, en tiempos del consulado compartido de Pompeyo y Craso, el poeta escéptico Lucrecio postuló que en verdad esa dialéctica ocurre en un campo muy específico, que es el de la inminencia de la muerte o amenaza filosófica de la muerte; ambos sinónimos de una misma angustia o de una análoga ventura, y no tiene que ver con el poder, sino con el coraje y el miedo. Para este pensador, la clave de la felicidad en este mundo depende en gran parte del tono y porte con que los humanos miran la pavorosa frontera.

    Lucrecio considera que el coraje lo es siempre respecto de la muerte; y que el temor, en todos los casos, también. El origen de las supersticiones, afirma, se encuentra en este último fatal rasgo de la mayoría de los mortales. Copio un fragmento, para mí central en este tema del segundo libro de De rerum natura, precisamente donde enjuicia las operaciones imaginativas del temor: “Por lo tanto, ya que a nuestro cuerpo en nada las riquezas le son necesarias, ni la nobleza ni la gloria del trono, presumimos que tampoco son necesarias para el alma. A no ser que, cuando ves a tus legiones hervir por los campos de batalla, agitando simulacros de guerra, asentadas con grandes refuerzos y fuerza de caballería, equipadas de armas e igualmente animadas, las supersticiones, estremecidas por todo esto, huyan espantadas de tu ánimo, y el miedo a la muerte huya de tu pecho y lo deje vacío y libre de cuidados. Pues viendo que es ridícula y absurda esta representación, y que a pesar del miedo y los constantes cuidados de los hombres, estos ni temen el estruendo de las armas ni los dardos crueles, y audazmente se mueven entre reyes y todopoderosos, sin respetar ni el fulgor del oro ni el claro esplendor de la gasa purpúrea. ¿Cómo dudas de que la razón ofrece ese poder, principalmente cuando en tinieblas se agobia nuestra vida? Porque así como los niños tiemblan y se espantan de todo en las ciegas tinieblas, así nosotros en la luz tememos cosas que en nada son más aterradoras que las que en tinieblas temen los niños, e imaginan futuras. Por consiguiente, este terror y tinieblas del espíritu es necesario que destierren, no con los rayos del sol ni con las lúcidas chispas del día, sino con la contemplación de la naturaleza y la ciencia”.

    Tan arraigadas están las supersticiones que el mismo hombre que puede enfrentar a un batallón y a la muerte probable, tiembla “como un niño” ante la muerte como posibilidad de vida futura. Fiel a su tiempo de equilibrios y plenitud de la división del trabajo y de control institucional, Lucrecio estima que si los hombres se llevaran por la razón muy otra sería su asunción de la propia existencia.

    Para que esta premisa sea válida Lucrecio necesita convenir en la materialidad del alma: En sus dos componentes, anima o principio vital, y animus, espíritu o mente, el alma está compuesta, dice, de inobjetables elementos materiales. Por esta simple razón es mortal. El tercer libro de De rerum natura insistente en argumentos para refutar la inmortalidad del alma. De acuerdo a la teoría de Epicuro, los átomos están sometidos a rigurosos movimientos que originan todas las cosas existentes del mundo. Lucrecio va a observar que detrás de ese movimiento no existe una voluntad extracósmica y todopoderosa que marque el rumbo o destino de tales movimientos, sino que cuerpo y alma como cuerpos materiales son el caprichoso resultado de ese movimiento ciego y eterno. Por lo tanto, las almas no se fabrican sus propios cuerpos ni los cuerpos constituyen moradas para las almas ya existentes.

    “Cuando las almas sin cuerpo vuelan, se olvidan de la enfermedad, el hambre y el frío; antes bien, es el cuerpo quien está cercano a estos males, y por contagio el alma soporta muchas dolencias. (…) Las almas no fabrican para sí mismas ni cuerpos ni miembros. Ni es posible que se introduzcan en los cuerpos hechos, ya que no podrían unirse tan sutilmente ni ponerse en contacto por medio de un acuerdo”.

    Conclusión triste, polémica, indemostrable y también desoladora de Lucrecio: cuerpo y alma son el resultado de un juego de azar.

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