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    martes 04 de junio de 2024

    El apagón mundial

    Nº 2276 - 16 al 22 de Mayo de 2024

    No es la primera vez que en una charla de amigos sale el tema del apagón o blackout mundial de Internet, que nos dejaría a todos desconectados por tiempo indeterminado. Y en cada oportunidad escucho a quienes ven en ese escenario una posibilidad cierta y a los que creen que es pura fantasía. Y seamos honestos, aun los que creemos que la probabilidad de que eso ocurra es muy remota nos estremecemos al imaginar la distopía, la pesadilla de futuro catastrófico, la película de ciencia ficción clase B.

    Hay quienes sacan a relucir razones por las que el anunciado corte universal de Internet debería tener un lugar de honor junto con otras teorías conspirativas, nunca probadas e increíblemente repetidas, como la de las “estelas químicas” o chemtrails (con las que Monsanto nos estaría rociando desde los aviones de línea), como la de la Tierra plana (inútil explicarla, tiene demasiada prensa), la de los microchips de rastreo y control (los que nos los habrían inoculado con las vacunas de Covid, por supuesto) o la de las aviesas intenciones detrás de la instalación del 5G (herramienta para controlarnos mentalmente).

    Lo cierto es que Internet es la infraestructura crítica más crítica y, si nos detenemos a pensarlo, hoy en día hay pocas cosas que no dependan de la red para su funcionamiento. Es un servicio tan necesario como el agua y la electricidad, como el suministro de combustible o el transporte, y damos por sentado que siempre estará ahí. Que siempre funcionará. Porque sería imposible imaginar un mundo desconectado.

    Entonces, volvamos a la pregunta original, motivo del debate con mis amigos, ¿puede haber un blackout mundial? El profesor del Máster en Ciberseguridad en la Universidad Pontificia Comillas ICAI, Javier Jarauta, dice que Internet está diseñado como una red de redes, lo que hace prácticamente imposible que se pueda llegar a esa situación. Sí podría haber pequeños apagones locales o caída de páginas por fallos humanos o de tecnología, por circunstancias naturales o ciberataques. Pero tales posibilidades suelen estar previstas con backups y los llamados “sistemas redundantes” en los planes de contingencia de las empresas. Podría caerse un servicio, sí, como una red de distribución de contenidos (CDN) usada por varios proveedores, pero esto solo afectaría a determinados clientes y no se produciría un efecto en cadena o dominó. Sería difícil o imposible que se produzca un apagón global: no existe un único punto de fallo por el que pase toda la información.

    Entonces, el problema ya no sería el del famoso apagón mundial sino el hecho de que pocos minutos de corte pueden implicar pérdidas altísimas. Un fallo en el servicio, sea por un incidente tecnológico o por un ciberataque, aplicado a una infraestructura crítica como el sector eléctrico, el nuclear o del transporte, puede dar lugar a pérdidas económicas enormes e incluso poner en riesgo vidas humanas. Pero, como decíamos, se cuenta con sistemas de contingencia y redundantes que entran en funcionamiento cuando se produce un fallo en un servidor o en un equipo de red.

    Hay que decir que en este tema también hay voces disonantes. Esther Paniagua (Madrid, 1986), que saltó a la fama al publicar Error 404: ¿preparados para un mundo sin Internet?, un ensayo apocalíptico relacionado con una hecatombe mundial, dice que sí es probable que ocurra y que ningún país se prepara de forma adecuada para enfrentarlo. “Nuestra dependencia de la conexión a Internet es cada vez mayor y la mayor parte de las telecomunicaciones pasan por cables submarinos. Existen sistemas redundantes, también en España, pero en algunos casos hay mucha dependencia de pocas conexiones”. Ataques de hackers, tormentas solares, cortes o roturas de cables submarinos son algunas de las causas que llevan a Paniagua a afirmar que la caída de Internet es solo cuestión de tiempo.

    Pero veamos: si los cables de comunicación que atraviesan las aguas son la espina dorsal de Internet, ¿podrían ser cortados en una cadena de atentados? ¿Todos? La lógica nos dice que hoy sería prácticamente imposible porque son demasiados: alrededor de 600 sistemas, entre activos y proyectados. La cifra, en constante crecimiento, nos da la pista de lo difícil que sería dejar al mundo entero sin conexión. Y aun cortando todos los cables quedaría la oferta de los satélites, una tecnología en constante crecimiento. Sin embargo, no se puede ignorar que en algunos lugares, como el mar Rojo, los cables están a menos de 100 metros de la superficie y podrían ser un blanco fácil de atentados de grupos rebeldes, como los hutíes, y sin requerir de una tecnología avanzada. Pero las consecuencias serían locales.

    Parece improbable que se produzca el corte generalizado de Internet, decíamos, porque la red física es resiliente, está muy dividida y siempre existen caminos alternativos. Sí debemos considerar y hasta esperar apagones parciales, prepararnos para los daños y las pérdidas que puedan causar. Hoy estamos acostumbrados a conectarnos con quien sea, donde sea y cuando sea, ¿qué sucedería con nosotros si se cortara el servicio, así sea temporalmente? Hay estudios que hablan de las dificultades psicológicas de enfrentar una interrupción en la participación en las redes, por ejemplo, el desamparo y el desasosiego que provoca la desconexión en general.

    A mí me basta recordar la tormenta del 2005, los días eternos a la espera de la vuelta del servicio y, si la necesidad o la dependencia de entonces no era la misma que la actual, ya estaba instalado el germen de la ansiedad que causa la abstinencia. ¿Cómo sería ahora vernos privados durante horas o días de WhatsApp, Instagram, X, quedar sin correo electrónico, sostener en la mano un teléfono muerto como una piedra? Yo, mejor, ni lo pienso.