Nº 2088 - 9 al 15 de Setiembre de 2020
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa acepción más difundida de bohemio refiere a aquel que vive apartado de las normas y convenciones sociales.
Florencio Parravicini —actor argentino de teatro y de cine y buceador de los placeres nocturnos, nacido en Buenos Aires en 1876 y muerto en la misma ciudad en 1941— fue un bohemio sin tasa ni medida, siempre a su aire.
Una síntesis de sus orígenes, en la que hay consenso de los historiadores, es una real joya del desenfreno: hijo de un acaudalado coronel argentino y nieto de un terrateniente italiano, a los 14 años quiso ser cura, a los 16 fue a la Patagonia a cazar lobos, luego aprendió a volar aviones, a los 25 viajó a Europa y gastó la fortuna familiar heredada, trabajó en París como cantor criollo, regresó al sur de su país para hacerse contrabandista y terminó a los 30 años como artista de variedades en cafés del Bajo porteño.
Allí lo descubrió Jerónimo Podestá y lo incorporó a su compañía teatral. Desde entonces trabajó como personaje principal —siempre dando la impresión, en comedia o drama, de estar representándose a sí mismo— en más de 300 obras y películas. Improvisaba textos en los que se decía descendiente de Napoleón o de Casanova y una vez actuó presentándose como candidato a las elecciones municipales por el Partido Gente de Teatro.
¿Extraordinario? ¿Disparatado? Seguro, sí, un bohemio desmelenado, uno de esos “cajetillas” que se devoran la vida día a día.
Corriendo 1914 llamó a su amigo Roberto Firpo para que creara un tango especial en su honor y lo tocara en el estreno de un sainete de su autoría, Alma de bohemio. Firpo lo compuso, lo tituló como la obra y lo definió como “un tango de concierto”.
Fue un éxito pese a que la melodía y el arreglo iban a contrapelo de los tangos de la época, a finales de la Guardia Vieja: según Francisco García Jiménez, “fue una marca de la vanguardia creativa porque era tal la originalidad de la estructura y la compleja densidad de su música que semeja un aria operística que preanuncia la aparición del tango moderno”.
Eso quería el desbordado Parravicini. Algo que lo representara, pero distintivo. No obstante, su aspiración quedó mejor plasmada una década después, cuando Juan Andrés Caruso le puso letra, la cual, según la aún debatida sentencia de García Giménez, es un remedo del poema La canción del bohemio, de Felipe Sassone:
—Peregrino y soñador… / Cantar / quiero mi fantasía / y la loca poesía / que hay en mi corazón, / y lleno de amor y de alegría; volcaré mi canción (…). Y en mis noches de dolor… / a hablar / me voy con las estrellas / y las cosas más bellas / despierto sé soñar. / Porque le confío a ellas / toda mi sed de amar (…). Yo busco / en los ojos celestes / y en renegridas cabelleras / pasiones sinceras, / dulce emoción. / Y en mi entera vida errante /llena de ilusión / dar todo / mi corazón…
Pocos tangos tienen tantas grabaciones, instrumentales y cantadas, como Alma de bohemio. El estreno con la letra lo hizo Ada Falcón, acompañada por la orquesta de Francisco Canaro. Pero en la década de 1940 Carlos Di Sarli logró, gracias al cantor Alberto Podestá, una versión antológica que los entendidos creen jamás igualada.
Podestá contó en un reportaje: —Alma de bohemio lo comenzó cantando mi compañero, con Di Sarli, Roberto Rufino. Lo hacía ajustándose estrictamente a la partitura. Hasta que al director se le ocurrió que yo —¡vaya a saber si por un problema de respiración o qué!— me podía “quedar” suspendido más tiempo en la segunda línea del poema. Ese “cantaaaaaaaar… quiero mi fantasía”; no me quiero agrandar, pero nadie pudo “quedarse tanto” ahí. Debo haber batido algún récord, porque Di Sarli estaba muy contento. Según él, así el tango quedaba más cercano a un aria de ópera…
En fin. Para cerrar, un par de peripecias más.
Firpo tuvo un altercado con Piazzolla cuando este hizo un arreglo especial de Alma de bohemio, con la voz de Nelly Vázquez: “¡Ese no es mi tango! ¡Esos son matracazos!”, le espetó a Astor, quien le respondió con una grosera ironía.
Y el incorregible Parravicini, bohemio impar, tuvo un triste final: a los 69 años, enfermo de cáncer, se suicidó de un balazo.
¿Triste final? Bebió cuanto quiso de la vida disipada, alegre, libre, no se privó de nada, fue un personaje, carne de uno de los tangos que más se acercaron a la música clásica y eligió cuándo y cómo morir.
Todo es tan relativo…