Nº 2114 - 11 al 17 de Marzo de 2021
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáUna de las tentaciones en las que es fácil caer haciendo estas columnas es la de quedarse pegado a la actualidad más inmediata. Esto es, terminar escribiendo de todo lo que otros ya están escribiendo o ya escribieron, hablaron o comentaron. El recurso más habitual para no quedarse en esa inmediatez chata es intentar conectar esos hechos del instante con alguna reflexión más profunda y abarcadora, con la clase de reflexión que suele encontrarse en un ensayo o en algún otro material más sofisticado que uno mismo y sus posibilidades. Luego se entra en la tarea de que la relación entre el caso particular y la reflexión tenga sentido y no suene forzada. Si suena forzada es probable que no convenza a nadie.
Todo esto ocurre en el rubro de las intenciones del columnista, pero el columnista obviamente no controla las lecturas que hacen aquellos que lo leen. Y eso si tiene la suerte de que alguien lo lea. Es decir, incluso con todas esas previsiones e intentos de distancia, no existe la menor garantía de que alguien lea lo que “de verdad” quiso decir el columnista. Esto no se debe tanto a una falta de comprensión lectora (a veces sí, cada vez con mayor frecuencia) como a que nadie lee (ni escribe) parado en un llano desierto en donde toda la información existente circula de manera transparente e igualitaria. Todos nos paramos en el mundo en algún lugar para escribir, para comentar y para leer. Esto es así de la misma manera en que todos nos paramos en alguna parte que está en medio de las relaciones sociales, económicas, culturales que atraviesan la realidad.
Sin embargo, esto no equivale a decir que todo sea pura subjetividad. Ese es más bien un perezoso recurso posmoderno, bastante habitual entre quienes no se toman la molestia de intentar ubicar unos hechos, informarse sobre ellos y solo ahí intentar construir una opinión. Al revés, suele ser el argumento de gente que se conforma con regurgitar “el relato” que le proponen “los suyos”. El problema, tal como lo entiendo, no es asumir que se mira desde cierto lugar, es dejar en manos de otros la definición de ese lugar en el que nos paramos.
De alguna forma, esto recuerda a lo que pasa en el vínculo entre la música y la gente: la inmensa mayoría de las personas cree que la música empezó a empeorar justo en el instante en que ellos dejaron de prestarle atención. Pasaron los años en que tenían más tiempo de ocio, construyeron una familia, comenzaron a trabajar más horas, el centro de su atención cambió y empezaron a dedicarle más tiempo a otras cosas. Y fue justo ahí que, por pura casualidad, la música se puso fea. Como dijo Homero Simpson, “está científicamente comprobado que el mejor año de la música fue 1975”.
Con las opiniones políticas, ese lugar desde el cual nos paramos para mirar la realidad (y las columnas), ocurre algo parecido: las opiniones que nos formamos en nuestra juventud muchas veces son el non plus ultra de lo que creemos y no importa cuantas veces la realidad les lleve la contraria a esas opiniones. Son las mejores porque fueron las que asumimos cuando éramos jóvenes y hermosos (o no del todo horribles al menos). Son las mejores porque a partir de ese momento nuestra vida nos demandó tiempo para otras cosas y la política pasó a ser como ese disco de los 16 o 17 años: un clásico inamovible.
Sin embargo, la realidad política siempre está mutando. Lo hace por factores internos (por ejemplo, una elección que cambia el rumbo ideológico del gobierno) y externos (por ejemplo, crece a escala global una cierta forma de entender las relaciones entre las personas). En una época en que, como dicen los Living Colour “todo es posible, pero nada es real”, se hace difícil y toma tiempo separar peras de manzanas en la información. Una información que debería ser la base fáctica de la formación de nuestras opiniones políticas. Pero no tenemos tiempo para eso, como no lo tenemos para investigar en la música nueva. Entonces confiamos en terceros que nos tracen ese camino.
A la hora de escarbar en la actualidad y para poder ser más o menos confiables, esos terceros deben apegarse a ciertas normas periodísticas, de lo contrario no califican como periodistas y son, simplemente, gente afecta a una causa. Una causa que puede ser muy noble, pero que, por su naturaleza ideológica, no puede sustituir la tarea periodística. Por eso conviene ser más bien weberiano en esto y entender el periodismo como una metodología de trabajo que funciona más o menos igual en cualquier latitud, antes que como correa de transmisión de unas convicciones personales. Por eso ese método debe estar siempre por delante de la convicción personal. Especialmente en un momento como el presente, en que la información (verificada o no, falsa o verdadera) circula a toda velocidad en todas direcciones y la tarea del periodista va quedando limitada a que su método le permita descifrar la información mejor que un youtuber o algún símil. Y con eso recordarle al público que su tarea tiene valor y sentido.
¿Qué ocurre cuando un periodista afirma, por razones ideológicas, algo que va contra lo que dice cualquier manual de periodismo? En principio nada o casi nada: ocurre permanentemente, y permanentemente quien hace eso es señalado como “operador” en favor de tal o cual partido (nadie concibe nada fuera del marco partidario en esta penillanura). El asunto es un poco más problemático cuando, en vez de reconocer el “error”, lo que se intenta es estirar el concepto de periodismo para que ese gesto y otros parecidos queden dentro de esa nueva y elástica versión. No existe el menor problema con que un periodista tenga preferencias políticas, siempre y cuando esas preferencias no atenten contra la propia lógica de la tarea que desempeña profesionalmente. Es como si un arquero profesional de fútbol se dejara meter goles porque es hincha del cuadro rival. Un total sinsentido entre profesionales.
Afortunadamente, en general los periodistas suelen ser cuidadosos a la hora de separar sus convicciones políticas de su tarea profesional. Sin por eso dejar de tener convicciones, claro. Por eso es bueno tener claro que no solo se trata de dos tareas bien distintas, sino que la credibilidad de una depende de su relación jerárquica con la otra: cuando cubriendo una información el periodista debe mandar sobre el militante porque le va la vida profesional en ello. Que muchos fallen en la tarea no debería ser excusa para abandonar ese norte que debería estar siempre nítido: si es periodismo, no es militante, y si es militante, no es periodismo. El arquero puede ser hincha del cuadro rival, pero no dejarse meter goles por eso. Difícilmente alguien le siga creyendo que es arquero. Esa credibilidad es justamente la base de todo ese invento que llamamos periodismo.