N° 1928 - 27 de Julio al 02 de Agosto de 2017
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl “asado del Pepe” fue una gran jugarreta del viejo Vizcacha. Les hizo creer a sus incrédulos votantes que les había “torcido el brazo” a los poderosos frigoríficos y a las multinacionales de la carne, para llevarle a Juan Pueblo un asado de tira barato. Pero en realidad la tal “ganta”, terminó siendo un montón de grasa y hueso. Con “el porro del Pepe”, la cosa es diferente.
Todo este proyecto peca del exceso de estatismo propio de gobiernos socialistas o progresistas, ya que más que “liberar” el consumo de cannabis, lo que hicieron fue “estatizarlo”. Pero de estas macanas los uruguayos ya estamos acostumbrados con décadas de gobiernos batllistas: monopolio para consumir nafta, monopolio para comprar leche en Montevideo, monopolio de seguros, monopolio en educación universitaria, monopolio en telefonía y otros tantos etcéteras.
Pero “el porro del Pepe” tiene varias cosas positivas. Primero, la visión y la osadía de ir contra un statu quo fracasado, pero muy arraigado a nivel local y mundial: la “guerra” contra el consumo de las drogas por la vía de la prohibición.
No es fácil ir contra la corriente y menos si enfrente tienes a la DEA (Drug Enforce Administration) de Estados Unidos, a tus propios vecinos y al 65% de la opinión pública pacata, que se resume en la frase del senador Jorge Larrañaga: “¡No planten nada!”.
Si bien el narcotráfico pesado no mueve el negocio de la marihuana, lo cierto es que las nuevas opciones de autocultivo, clubes y farmacias, le han quitado atractivo al negocio. Si los márgenes de ganancia bajan y los riesgos (de ir preso) se mantienen, los dealers se van retirando. Es una regla tan simple del libre mercado que cuesta entender cómo durante décadas nadie la comprendió.
Nadie quiere consumir drogas, ni las legales, ni las ilegales. ¿Acaso creen ustedes que la gente es feliz cuando se tiene que tomar varias pastillas legales para dormir? ¿O para abrir el apetito? ¿O para bajar sus niveles de depresión? Obviamente, no. Tampoco el alcohólico es feliz luego de la borrachera, ni el fumador empedernido luego de no poder subir una escalera o el gordo mórbido al terminarse un frasco de dulce de leche. ¿Pero quién es el Estado para impedírnoslo? ¿Nos van a pedir huellas digitales cuando compremos vino para el asado? ¿Conaprole llevará un registro de consumidores de manteca con sal?
Uruguay nuevamente le ha dado un portazo al mundo. Y lo ha hecho bastante bien políticamente, si entendemos que la política es al arte de lo posible.
Los siguientes pasos deberían ser liberar la venta de cannabis por parte de los clubes y de los cultivadores individuales, habilitar rápidamente los productos de uso no recreativo (no quiero llamarlo “medicinal”) y comenzar a pensar en liberalizar el consumo y venta de todo tipo de drogas. Cada uno asumirá las consecuencias de sus actos.
(*) El autor es abogado, máster en Administración de Empresas, director del Instituto de Innovación y Desarrollo Emprendedor de la Universidad de la Empresa y cofundador de INICIADOR Montevideo, una ONG que promueve el “emprendizaje” (aprender a emprender)