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    El “caso Berríos” y la conducta del exvicepresidente Gonzalo Aguirre

    El Dr. Gonzalo Aguirre ha tenido la gentileza de referirse a algunos aspectos del tomo V de mi obra “Orientales, una historia política del Uruguay”; lo que, dejando a un lado cualquier discrepancia y teniendo en cuenta la jerarquía personal, política e intelectual de quien escribe, sólo cabe agradecer. Afirma el Dr. Aguirre tener “una relación cordial” conmigo, lo que certifico y celebro; ello no impide que, en este caso, tenga con él y sus opiniones algunas diferencias significativas. No hubiera querido, precisamente en homenaje a esa buena sintonía, manifestar públicamente esas discrepancias; pero me veo obligado a hacerlo, ya que mis reiterados intentos de comunicarme con él a través del teléfono resultaron frustradas.

    El Dr. Aguirre, con notoria generosidad, elogia mi trabajo diciendo que los 5 tomos de “Orientales “representan un aporte importante y objetivo para el conocimiento veraz” de la historia: pero un poco más abajo, sostiene que “si en esta carta fuera a enmendar los errores u omisiones que he advertido en sus páginas, la misma tendría una extensión excesiva”. Advierto en estas dos frases contrapuestas una contradicción, que no se le puede escapar a ninguna persona atenta. Me gustaría conocer —y creo que lo mismo pensarán los eventuales lectores de “Orientales”— cuáles son esos errores u omisiones, que no me cabe duda de que deben existir, porque son inevitables en una obra de esta extensión y naturaleza. Si mi distinguido interlocutor accediera a señalarlos, por la vía que estime más conveniente, podría rectificar el texto en eventuales ediciones posteriores.

    Claro, siempre que esté de acuerdo en que esos errores son tales, y que esas omisiones son graves; lo que, en general, no sucede en los casos que el Dr. Aguirre señala. Aclaro algo que me parece importante, antes de continuar: en los años de que se trata, yo no residía en el Uruguay; aún vivía en España. Por lo tanto, no tengo vivencias personales de los hechos entonces acontecidos, lo que me obligó a apelar a los periódicos, semanarios y libros que abordan el que hasta hoy ha sido el último gobierno de mayoría blanca que ha tenido el país. En base a los mismos, redacté mi texto, y algunas interpretaciones polémicas pueden provenir de la fuente escogida.

    El Dr. Aguirre señala básicamente, cuatro aspectos que juzga de imprecisos para arriba: 1) la atribución al presidente Luis Alberto Lacalle, que por entonces se hallaba en Londres, de la destitución del Jefe de Policía de Canelones, coronel Ramón Rivas; 2) el adelanto del regreso del presidente de la República, cuya veracidad niega; 3) la atribución, a sí mismo, a cargo entonces de la titularidad del Ejecutivo con carácter interino, y al entonces ministro del Interior Dr. Juan Andrés Ramírez, de querer “cambiar toda la cúpula del Ejército”, según se sostiene en el libro de mi autoría; y 4) la omisión de mencionar las llamadas de apoyo que recibió del ex presidente de la República Jorge Pacheco Areco y del general Líber Seregni.

    Vamos por partes: en relación con el punto 1) (la destitución del coronel Rivas), afirma el Dr. Aguirre: “Lacalle no ordenó la destitución del Jefe de Policía de Canelones, que se firmó en el Ministerio del Interior una noche dominical del invierno de 1993. Al mismo concurrí convocado por el ministro del Interior, Juan Andrés Ramírez, y por el de Defensa Nacional, Mariano Brito. Mi primo (el Dr. Ramírez) narró los graves hechos de meses atrás, de los que se había enterado —creo recordar— esa mañana. Tanto él como el Dr. Brito consideraban que era ineludible el cese del Jefe de Policía de Canelones, que había tomado conocimiento de los hechos delictivos en la propia comisaría de Parque del Plata y, al no sancionar a nadie ni ordenar la investigación de lo ocurrido, había incumplido sus deberes funcionales. Tanto era así que ambos ministros ya tenían redactada la resolución que disponía dicho cese, la que yo firmé sin la menor vacilación”.

    Contesto: formalmente, tiene razón el Dr. Aguirre; la citada reunión se produjo la noche del sábado 5 de junio, y se le comunicó al Dr. Lacalle la resolución adoptada, que éste consideró correcta. Pero opino que la razón que asiste al Dr. Aguirre es meramente formal, porque, ausente o no del país, la autoridad la tenía el presidente Lacalle, y si él hubiera objetado la destitución de que se trata, ésta no se hubiera producido.

    Punto 2): dice el Dr. Aguirre: “Además, Lacalle no adelantó su regreso. A la mañana siguiente lo llamé telefónicamente e, informado de lo ocurrido, estuvo de acuerdo con lo actuado. (…) En todo caso no iba a acelerar su retorno, pues tenía una agenda muy intensa e importante, preparada con mucha antelación”.

    Al respecto, transcribo, del libro “Silencio de Estado”, de Sergio Israel: “El presidente tenía planes para seguir dos días más en Londres, en visita privada, y festejar allí el cumpleaños de su esposa, pero ante la crisis, decidió regresar” (pág. 140). Y en “Faltan sesenta meses”, del Dr. Pablo García Pintos, puede leerse: “Con expectativas se esperaba el arribo de Lacalle, que acortó, en unos días, su vuelta de Inglaterra” (pág. 93). Como puede verse, ambos autores contradicen al Dr. Aguirre; a ellos se suma la opinión determinante del propio Dr. Lacalle, que consultado por mí, confirmó el adelanto de su regreso en 48 hs, lo que determinó que la Sra. Julia Pou tuviera que pasar su cumpleaños lejos de su esposo. No hay, por consiguiente, error en el texto de “Orientales” tomo V en este punto.

    Punto 3): En mi libro se afirma que “El vicepresidente Gonzalo Aguirre y el ministro del Interior Juan Andrés Ramírez eran partidarios de cambiar toda la cúpula del Ejército, mientras el ministro de Defensa Mariano Brito apoyaba la continuidad de Rebollo”. Y sostiene el Dr. Aguirre: “Nunca se me pasó por el magín semejante dislate, pues barrer de un plumazo a todos los generales y a su comandante hubiera causado un cataclismo en el Ejército y un gran alboroto político. Supongo que Lacalle recordará que no le hice tal planteo más que erróneo. Con mi primo Juan Andrés conversé del asunto el domingo y, por supuesto, descartó que tal haya sido su posición. Menos aún, que se la haya planteado a Lacalle”. Y agrega, un poco más abajo: “Ni quien suscribe ni el Dr. Ramírez estuvimos en la posición que nos atribuye Maiztegui durante la crisis política ocasionada por el caso Berríos”.

    Transcribo, del libro “Faltan 60 meses”, del entonces Secretario de la Presidencia Dr. Pablo García Pintos: “Lacalle estaba de viaje oficial en Londres y el tema lo manejaba el vicepresidente Dr. Gonzalo Aguirre y los ministros Dres. Ramírez y Brito. Los dos primeros transmitían una posición drástica: descabezar la cúpula del Ejército. Brito, por su parte, se hacía cargo de la posición de las Fuerzas Armadas contraria a purgas violentas”. (pág. 93).

    Esta fue la fuente (por demás autorizada) de la información que estampé en mi libro. No me corresponde, creo, determinar cuál de ambas versiones contrapuestas es la correcta. Aclaro, simplemente, que de haber conocido la posición respecto a este tema de los Dres. Aguirre y Ramírez, la hubiera incluido.

    Por último, el punto 4): las expresiones de apoyo que el entonces presidente en ejercicio recibió de Jorge Pacheco Areco y Líber Seregni: en este punto tiene el Dr. Aguirre razón. Sólo puedo argüir que esas llamadas no figuran en ninguna de las fuentes por mí consultadas. Y, que yo sepa, el receptor de las mismas las menciona aquí por vez primera.

    En definitiva, de las cuatro objeciones señaladas por el Dr. Gonzalo Aguirre, dos carecen, a mi juicio, de trascendencia, una es claramente errónea y la otra está controvertida por una opinión tan válida como la suya.

    Espero que estas discrepancias no empañen la cordial relación que mantengo con tan ilustre ciudadano.

    Lincoln R. Maiztegui Casas

    CI. 935.635-5