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    El clarinetista prócer

    N° 1983 - 23 al 29 de Agosto de 2018

    Lo llamaban el Gordo Mamadera, apodo poco estimulante si los hay: era entrado en carnes, alto, de aspecto bonachón y risa fácil. Tuvo una vida corta, llevada a veces con cierto atropello, pero de inusual intensidad. A decir verdad, una vida rara y extraordinariamente creativa.

    Juan Carlos Bazán nació en Buenos Aires el 2 de junio de 1887 y murió en La Plata el 9 de mayo de 1936.

    Y fue, con pocos estudios primarios y aprendiendo música de oído que le silbaba su amigo, bailarín de la época, Pedrín el Tuerto, clarinetista, saxofonista, compositor y director de orquesta. Francisco García Jiménez lo llamó “el clarinetista prócer de la música popular”.

    Antes de dedicarse al tango fue tipógrafo en La Prensa —de donde lo echaron por una huelga de oposición al ingreso de las linotipos a los talleres gráficos— y en otros diarios porteños. Cuando decidió probar suerte con la música corría 1903 y se largó, junto al guitarrista Félix el Chino Castillo, en un ranchito de la marginal bajada de Belgrano, donde se juntaban pescadores, malandras y compadritos. En paralelo, supo parar en la esquina céntrica de 25 de Mayo y Corrientes, tocando una larga trompeta de bronce con un estandarte de tela y la palabra “Kalisay” en letras doradas: ¡publicidad del aperitivo de moda, con la que ganó muy buen dinero extra!

    Un buscavidas astuto, el Gordo Mamadera.

    Después, su trayectoria fue un torrente imparable.

    Conoció y fue amigo entrañable del Pibe Ponzio, con el que formó un cuarteto que también incluyó al Cieguito Azpiazú. Al caer en prisión Ponzio —historia que ya he contado— Bazán siguió con Aspiazú, trabajando en locales hípicos de Palermo y en prostíbulos, entre ellos La Cancha de Rosendo, sitio que ocupa hoy el estadio de River Plate, y La Milonga del Chino Pantaleón, donde en un lío de tantos le quedó para siempre una bala en su pierna izquierda. En 1906 lo llamó Roberto Firpo; no solo tocó en su orquesta, sino que a cierta hora de la noche se ubicaba en la puerta de El Velódromo, café de moda donde actuaban, y sacaba sonidos increíbles de su clarinete con la idea de quitarle clientes al vecino y ya mítico Hansen. Fue entonces que compuso su primer y famoso tango, La chiflada; la jugada de Firpo salió mal, pues el éxito de Bazán hizo que, por más plata y comida a destajo, lo contrataran en Hansen a tiempo completo. En 1910 armó su propio cuarteto, volvió con Firpo en 1916 y desde ese año y hasta su muerte el clarinete que se oye en todas las grabaciones del autor de El amanecer es Bazán. Pero el Gordo Mamadera tocó, además, con Cobián, con Canaro y con Arolas; quedó su imagen en el cine, en la primera película sonora argentina, Tango, donde se lo ve, junto a Ponzio, Pecci, Azpiazú y otros, interpretando Don Juan, El entrerriano, La chiflada y, con la voz de Tita Merello, Yo soy así para el amor. También incursionó en teatro, actuando en El Nacional, en la obra de Carlos Pacheco El rey del cabaré.

    Como compositor, Juan Carlos Bazán fue prolífico e ingenioso; entre otras obras, suyas son Arreglate como puedas, Ataniche —como letrista—, Congreso, Cotillón, El mareo, El Pampa, La bruja, Qué le vas a hacer, Soberbio, La tirana, Tirá la cadena, Soñé, Ya todo terminó, Suspiros, Bota e’ potro, Tallando, Anchorena, Palais de Glace, Filito y La bolada.

    Siempre vinculado a Firpo, con quien grabó para Odeón hasta 1935, y a su amigo Ponzio, cuando este murió, en 1934, volvió a integrar su propio grupo, que, para quienes lo descubran recién, reserva una sorpresa: llamado Cuarteto del 900, lucieron junto al clarinete de Bazán nada menos que Feliciano Brunelli al piano, Elvino Vardaro con su violín y… un joven bandoneonista llamado Aníbal Troilo, destinado a un éxito en ese tiempo inimaginable.

    Es justo recordar otra peripecia del Gordo Mamadera: fue íntimo amigo de Gardel desde la primera época del cantor, al punto de haber vivido juntos dos años en una pobre pensión de Buenos Aires. De esa amistad surgió que Bazán lo acompañó en la grabación de dos tangos inmediatamente convertidos en éxitos: Nena —letra suya y música de Ciriaco Ortiz— y El brujo, tema del que compuso la música para unos versos del ignoto escritor Carrasquilla Moreno.

    Al cierre, una recomendación: hay una vieja grabación de Firpo de 1917, el vals Noches orientales, de Ángel Metallo, donde con su piano asume el rol de acompañante y deja el de solista al clarinete de Bazán.

    Es una belleza musical.