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    El conflicto de las Malvinas

    Sr. Director:

    A 40 años del conflicto de Malvinas, no caben dudas de que existe una información y bibliografía muy abundante en esa referencia, amén de todo tipo de reflexiones públicas sobre tan importante y algo olvidado evento desarrollado en nuestro Atlántico Sur. Es que hoy somos vecinos del Reino Unido aunque no nos demos cuenta. Una derrota con las características que sufrió la Republica Argentina en tamaña instancia podría ser tanto analizada y conducida desde el mero aspecto bélico del tema al inmediatamente político siguiendo las clásicas definiciones de Clausewitz; y si hay una guerra que más ha calzado dentro de esos parámetros elaborados por el general prusiano, sería justamente aquella Operación Rosario desatada el 2 de abril de 1982 para intentar recuperar el archipiélago malvinense, cobrado por los británicos en 1833. Siguiendo este hilo histórico, es dable observar cómo dos conducciones políticas buscaron de una forma cuasi inesperada para sus intereses y por medio de un conflicto en una zona remota solucionar difíciles situaciones domesticas; aunque finalmente solo el Reino Unido lo logró. Es que tanto Leopoldo Galtieri como Maggie Thatcher, en aquel año, afrontaban una hora un tanto complicada; el general argentino enancado sobre un régimen ya senecto y la primera ministra en pleno inicio de una crisis económica. Ambos necesitaban un impelente para aunar la opinión pública de sus países agitando algo tan fácil como la xenofobia y el orgullo nacional. En el concreto caso argentino, inmediatamente surge a luz el craso error del canciller Nicanor Costa Méndez y el más grave del almirante Jorge Isaac Anaya (en aquel momento el factótum intelectual de la iniciativa) sobre que el conflicto podría ser contenido en el simple campo de una crisis diplomática en la que los EE.UU. permanecerían en un limbo neutralista atento a los favores dados al Tío Sam por Buenos Aires en Centroamérica, sumado a los recurrentes slogans occidentalistas. Sobre este punto, absolutamente toda opinión se hace unánime; y al paso del tiempo y ya con precisas investigaciones muy documentadas es patente tal falso juicio que solo debe explicarse bajo el nivel de desesperación del régimen cívico-militar argentino en una hora donde solo quedaba el camino de su salida del poder. Lo cierto es que los EE.UU. del presidente Ronald Reagan respondieron plenamente al muy contemporáneo hilo conductor de su historia y así, ante la estupefacción de algunos, la doctrina Monroe y su sucedáneo TIAR fueron cajoneados y la Junta Militar se vio combatiendo contra la tercera potencia global apoyada desde la White House y por la misma OTAN. Y en los planos meramente bélicos se dio nota inmediata del desfasaje existente entre ambas fuerzas, por el inmenso peso de lo anterior, aunque al pasar raya al final del conflicto, también para sorpresa de muchos, surgieron evidencias muy concretas de que la cosa para la Task Force no fue tan gratuita; demasiados voceros británicos señalan este aspecto. Habrá que esperar por muchas décadas a la apertura de los archivos como para que la sociedad de la Rubia Albion se entere de algunas intimidades, como por ejemplo, sus reales bajas en el combate terrestre, las graves averías del portaviones Invencible o los planes del gabinete Thachter ante la contingencia de que si algo hubiera andado mal en su operación austral se obraría sin tapujos contra objetivos civiles y militares argentinos en el continente. Entrando en un sucinto desarrollo del conflicto, era claro en 1982 que la Royal Navy con sus 434.721 toneladas resultaba superior al total de la Armada Argentina, que contaba con unas 83.000; pero resultaba evidente el hecho de que en realidad la flota de intervención británica se hallaba capacitada para operar a tanta distancia de sus bases en aguas a más de 8.000 millas y sin apoyo de base terrestre cercana. Empero esto último, fue obviado con el usufructo de la base estadounidense en la isla de Ascencion a unos 6.000 km del teatro malvinense donde hicieron escala no solo la misma Task Force sino que allí aterrizaron los grandes aviones de transporte de la USAF atiborrados de material y bastimentos estratégicos para la fuerza británica que volaban desde la base Howard en el todavía Canal Zone (violando el reciente Tratado Torrijos-Carter de neutralidad panameña), conduciendo entre otros elementos de punta el misil aire-aire AIM-9L Sidewinter, que se hizo famoso al ser declarado como el arma virtual que puso en total desventaja a los medios aéreos argentinos. De este capítulo sobran documentos y publicaciones señalando el significativo apoyo que obtuvo la Task Force en esta escala y en la inmensa cantidad de suministros asignados por EE.UU. y la OTAN basados en elementos estratégicos y de inteligencia y con los sistemas satelitales globales puestos a plena disposición del gabinete de guerra sito en Londres. La misma isla de Ascension es uno de los centros contemporáneos de comunicaciones más importantes de la Alianza Atlántica. Con estos sucintos datos, las disimetrías existentes entre ambos bandos surgen pronto a luz asumiendo además la extrema inoperancia que se observó en el mando argentino, por ejemplo, a la hora del desembarco británico en San Carlos, pero que en realidad suponía formar parte del inmovilismo total de su estrategia que como se sabe respondía a lo ya señalado al principio: la no respuesta del Reino Unido. Cuesta aún entender quién o quiénes elucubraron esta idea. Empero hubo, sin embargo, combate, y bastante crudo, teniendo al frente, por ejemplo, el hundimiento del destructor HMS SHEFFIELD, pues tal hecho provocó estupor dentro de la cosmovisión primermundista de aquel momento histórico al observarse cómo una nación latinoamericana subdesarrollada era capaz de tamaño pecado. Y habría aún más, atento a todo el desarrollo visto en toda la campaña malvinense con el accionar de la Fuerza Aérea argentina, cosa que está a mano de cualquiera que se inscriba en el tema. A pocas semanas de la rendición de Puerto Argentino, la revista alemana Der Spiegel publicaba una larga serie de artículos donde desnudaba en parte cómo la operación británica estuvo en un tris de arribar al fracaso por situaciones dadas por la geografía del teatro austral a pocos días de la entrada del “general invierno” en la liza. Y pasando los tiempos, al irse publicando infinidad de ensayos y biografías, se ha ido paulatinamente abriendo la bien denominada “niebla de la guerra”. Quizás el general Jeremy Moore sea quien deje una apreciación más correcta sobre lo anterior, al detallar que cuando se produce la capitulación de su colega Menéndez el ejército británico estaba sobre el exacto límite de su esfuerzo, pero justamente fue sobre la noche del 13 al 14 de junio donde ya la resistencia del último perímetro argentino imprevistamente cesaba el fuego. Sin duda las figuras de Menéndez y Moore suponen cierta curiosidad, ya que sus únicas experiencias anteriores en combate eran básicamente antiinsurreccionales, pues el británico había participado en las campañas de Malasia, Brunei, Chipre y Ulster y Menéndez en Tucumán. En esencia, en los comienzos del conflicto diversas fuentes, entre ellas el propio Instituto de Estudios Estratégicos de Londres, habían sido muy cautas sobre las posibilidades de las fuerzas británicas de enfrentar una operación de tal envergadura por mucho lapso de tiempo vital y bajo condiciones invernales extremas, pero como luego se fue estableciendo en el día a día, todas aquellas crudas dificultades logísticas presentadas a sus mandos durante la batalla, por ejemplo, con la pérdida de elementos helitransportados tras el hundimiento del Atlantic Conveyor, fueron solucionadas con la audacia típica en el hombre de guerra anglosajón. En relación con la posición del adversario, se denota que por encima de todo planea una alta decisión política que se basaba primero en la sugestiva y a todas luces inestable idea de la no decisión británica de atacar e invadir el archipiélago y, segundo, justamente en la posterior incertidumbre de cómo enfrentar dicha instancia con las fuerzas disponibles en el teatro y con las limitaciones subsecuentes. Estos conceptos pueden reforzarse, pues la masa de la guarnición Malvinas la componían elementos conscriptos sumados a la falta de una conducción más cercana a la batalla, una decisión fuertemente criticada que posee explicaciones y derivaciones hacia situaciones internas. En ese caso se realizó una estrategia del tipo que el famoso general francés Gamelin hubiera entablado en las mismas circunstancias, o sea aferrado en forma pasiva en una reducida defensa estática o, en definitiva, a otros muy importantes ítems que se hallan a mano de cualquier interesado analista de aquellas horas. Del conflicto Malvinas pueden derivarse infinitas conclusiones como las prioritariamente señaladas al inicio, donde se podría afirmar que cualquier guerra responde a elementos políticos, pero en el puntual caso argentino no hay duda de que ese sentimiento se puede transmitir a la batalla dada la equívoca estrategia de la Junta Militar, que no concentró jamás sus mejores recursos hacia la victoria, despreciando las ventajas de la geografía. “Las intenciones políticas se miden en el comportamiento estratégico” (Clawsewitz). Este axioma tan tradicional en el mundo de los conflictos armados, se hizo realidad en junio de 1982 merced a la mala interpretación que los altos mandos argentinos hicieron de su adversario. Empero algo quedó claro, pues por sobre todo y recurriendo a la mayoría de los autores británicos se observa el respeto y admiración que se ganaron las fuerzas argentinas empeñadas en una lucha que en su desarrollo ya venía con un destino marcado. Su aviación, cuasi inmolada en aquella “avenida de las bombas” del estrecho de San Carlos, como la bautizaron los británicos, inscribió una página de gloria a la cual deberíamos recurrir los que moramos en este continente por su emotiva significación moral.

    Alejandro Nelson Bertocchi Moran

    CI 1.213.521-1