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    El deber de ser

    Columnista de Búsqueda

    N° 1838 - 22 al 28 de Octubre de 2015

    En la primera Carta a Lucilio, personaje imaginado por Séneca, el filósofo reflexiona y aconseja acerca de la apertura y de la libertad, de la resignación y del sentido práctico para lidiar con lo que vulgarmente conocemos como la fatalidad. Dice así: “El tiempo nos es a veces arrebatado con violencia, otras usurpado, a veces simplemente se evanesce. Ignominiosa es sin embargo tal dilución cuando acontece por pura negligencia. Presta atención: gran parte de nuestra existencia transcurre o bien mediocremente vivida, o directamente no vivida, o de tal manera vivida que ni siquiera merece llamarse vida. ¿Quién puedes mencionar, capaz de poner un precio al tiempo, de evaluar el día, quién que comprenda que con cada día en parte muere? En esto justamente nos equivocamos burdamente: en la percepción de la muerte como un acontecimiento solo del futuro. Gran parte de ella se encuentra ya tras de nosotros: cualquiera de nuestras épocas pasadas, es la muerte quien ya las posee. Condúcete entonces, Lucilio, como me lo manifiestas en tus escritos: amalgámate con cada una de tus horas, depende menos del mañana para tomar en tus manos el presente. Mientras la diferimos, la vida pasa”.

    La idea del destino asociado a la fatalidad tiene larga data y varias autorías. No sé en qué campo exactamente comenzó la asignación de responsabilidades; hay quienes sostienen con buenos argumentos que fue la cosmología el punto de partida de la tesis; otros prefieren asignarle responsabilidad a la religión. En ambas hipótesis prevalece, es cierto, la sospecha o la certeza de fatalidad. Si creemos a Homero, la idea del destino se pierde en una antigüedad incierta y está vinculada, como reflexión fabulada, a uno de los relatos más famosos de la mitología arcaica. En efecto, la Ilíada nos habla en pasant del mito de Edipo; no lo describe, pero es mencionado como un relato bastante antiguo. La ilación de accidentes y oprobios del príncipe tebano es en todo punto el emblema más vívido que se ha conservado de la tesis fatalista: indica que los hados, esto es, la voluntad de los dioses, lo que escapa a la voluntad y conocimiento de los hombres, aquello que más tarde llamaríamos con la voz árabe azar, determina absolutamente la existencia. La tragedia de Edipo consiste en que cualquier decisión que tome no lo librará del horroroso destino que los dioses le han reservado al momento de nacer; todos los caminos que se le abren en la existencia y todos los pasos que da ante los retos que encuentra no hacen sino confirmar el fin establecido desde lo alto.

    Pero, he aquí lo interesante de la evolución del alma griega, a esta inexorabilidad del mandato divino, la cultura griega avanza hacia la versión que podríamos llamar liberal del destino. Al promediar el primer canto de la Odisea la diosa Palas Ateneas se apiada de la penuria del pobre Ulises que llevaba entonces siete años sin poder encontrar el rumbo a su casa, a su patria y a su familia, tras haber pasado diez años en el comando de la guerra contra Troya. La diosa le reprocha a su padre la suerte del buen guerrero que tanto supo siempre halagar a los dioses y admirar a los hombres, le dice que hay injusticia en el trato que los inmortales otorgan generalmente a los hombres, convirtiéndolos en juguetes de sus caprichos o pasiones. Airado, Zeus le responde: “¿Por qué nos culpan los mortales a nosotros los dioses?  ¿Por qué afirman que  sus males proceden de nosotros? Deberían darse cuenta de que es su estupidez la causa exclusiva de sus horrores. Así, por ejemplo, Egisto ha desposado —cosa que no le corresponde— a la esposa de Agamenón y ha matado a este al regresar; pese a nuestras advertencias. Le mandamos a Hermes para que se lo recordara, para explicarle que no debía pretender a esa mujer ni asesinar a su esposo, pues cuando Orestes crezca y sea un joven fuerte y sienta nostalgia de su tierra, se tomará venganza. Y ahora este imprudente de Egisto las ha pagado todas juntas” (Odisea, Canto 1).  Con esto le quiere transmitir una idea que trastornará el curso de la conformación  del concepto occidental del destino, a saber: el hombre es causa de sí, padre de sus dichas y de sus penas; la voluntad divina, el hado, tiene valor de reto y no de decreto, el hombre decide ante cada circunstancia qué hacer, cómo administrar eso que los dioses le envían, la novedad de cada jornada, las sorpresas buenas o malas de la existencia; esa  decisión y no la voluntad de los dioses es la que teje su destino. Algo de la responsabilidad cristiana en la visión de Santo Tomás se encierra en esta premisa.

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