Nº 2156 - 6 al 12 de Enero de 2022
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLo económico engendra lo político. Un ejemplo incontestable lo tenemos en la antigua Grecia, donde las crisis periódicas y las consecuentes hambrunas pusieron las tierras en poder de cada vez menos gente. No había esperanza porque allí todavía no había llegado el conocimiento del manejo, porque faltaba aquella cultura de previsión de otros pueblos, como los cercanos persas de entonces y los egipcios de siempre. Los agricultores griegos carecían de un método eficaz para convertir el excedente de un buen año en capital que pudiera reinvertirse. Téngase presente, por fuera de cualquier idealización literaria, que recién en el siglo VII a.C conocerán en Grecia el dinero acuñado, que el atraso social y económico era real y que durante largos períodos los agricultores fracasados tuvieron que salir a pedir prestados alimentos y semillas para sobrevivir penosamente. En estas condiciones los agricultores que eran más eficaces o afortunados que otros, aquellos que tenían un sentido de cálculo más refinado, que supieron liberarse a tiempo de la mera conciencia de la manutención para ingresar en el campo del crecimiento —que es el del lucro, el de la ambición legítima de mayor riqueza y seguridad— se fueron quedando casi mecánicamente con el uso o incluso con la propiedad de la tierra de los agricultores fallidos.
Semejante disparidad agudizándose de año en año ambientó los auspicios perfectos para prometer una guerra civil, un desencuentro violento capaz de restituir por la legalidad de las armas lo que la legalidad de la economía había separado de sus antiguos propietarios. Es en ese contexto que la política, como gran mediadora, ingresa a escena en el 594 a. C. Lo hace bajo una batería de reformas que llevan la firma de Solón, que había sido nombrado por aquella larvaria democracia con poderes especiales con el objeto de redactar e imponer un corpus legal de base que tuviera elementos genéricos, pero aplicables en todo caso y circunstancia, y a la vez una serie de disposiciones específicas, muy puntuales para dar respuesta inmediata a la violenta reacción que se temía.
Solón escribió una suerte de biografía (recogida en parte por Plutarco) en la que deja testimonio de su intención de tomar con prudencia un camino intermedio entre las demandas de los más que buscaban preservar sus trabajadas ganancias y la demanda fortísima, dolorosa y también airada de una vasta legión de pobres que pretendían una redistribución de la tierra y ponerle mano a las propiedades de los grandes terratenientes. La solución que vino de la política —como siempre ocurre con los gobiernos populistas, demagógicos— consistió en cambiar algunas reglas de juego, pero a diferencia de los casos modernos de estas formulaciones, se manejó con decoro y trató de no aumentar las inquinas ya instaladas entre los distintos sectores sociales. En verdad lo que consagró Solón no fue otra cosa que el viejo expediente de la condonación, esto es, retroceder al momento del estallido de las crisis, al instante en el que se produjeron los préstamos; sus leyes desencadenaron de obligaciones a los campesinos desahuciados, liberando las granjas cuya propiedad se había gravado formalmente y se las aligeró de los embargos que recaían sobre ellas. Esto no significó redistribuir ninguna tierra, no afectó la propiedad ya consolidada, sino que se limitó a mejorar o directamente borrar las condiciones de deuda de aquellos cuyos recursos productivos habían sido embargados. Entre sus medidas más famosas está la prohibición de la venta de los atenienses como esclavos para saldar sus deudas, dictando la libertad de los ciudadanos que resultaron víctimas inmediatas de ese oprobio.
El estilo de Solón engendró escuela en Grecia y desde allí ha impartido cátedra al mundo de la política: el Estado se puede usar para sustituir el libre intercambio de los particulares con un afán que cumple dos finalidades principales, a saber: a) beneficiar a una sección de la sociedad —el más numeroso o el de mayor peso en ciertas instancias cívicas— en desmedro de otra; b) ubicar al político como dios terrenal con capacidad para torcer el curso de los acontecimientos naturales produciendo milagros con el dinero de los contribuyentes. Dicho de un modo menos estimulante y que con facilidad cualquiera puede entenderlo hoy: Solón inmortalizó la injerencia estatal en las relaciones comerciales, el principio del fin de cualquier relación sana y fecunda en el seno de las sociedades.