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    El diablo y Francisco

    Nº 2214 - 23 de Febrero al 1 de Marzo de 2023

    Hace varios años durante una catequesis colectiva que presencié, el papa Francisco se explayó sobre el sacramento del bautismo. Me llamó la atención el especial énfasis que puso en la necesidad de una “decisión sólida” de los católicos de renunciar a Satanás. Y razonó: “Hay algunos que no se sabe bien con quién están y siempre consiguen salir airosos sin ser claros. De ellos decimos: ‘Están bien con Dios y con el diablo’. ¡No puede ser! O estás de acuerdo con Dios o estás de acuerdo con el diablo”.

    Conozco muy poco sobre cuestiones religiosas, pero me alcanza el sentido común para deducir que los católicos deben despreciar lo perverso y dañino representado en la figura del diablo. El desprecio debe ser más firme y explícito si desafía las creencias de quien desde el Palacio Apostólico de la Ciudad del Vaticano conduce a los creyentes católicos del mundo. Tiene la obligación de darles un ejemplo enérgico y firme de rechazar al demonio devastador y totalitario, como es el caso notorio y reciente del presidente-dictador de Nicaragua, Daniel Ortega.

    Lo han hecho otros como, por ejemplo, surge de un detallado análisis sobre el régimen nicaragüense de Edmundo Jarquín (ed. Pavsa, 2016). El autor nicaragüense razona que Ortega “ha consolidado un poder personal y familiar, como nadie antes en la historia moderna de Nicaragua, incluido los Somoza”, la familia totalitaria que condujo ese país entre 1973 y 1979. Ortega, dice Jarquín, “ha constituido un régimen sultanístico, en el que la voluntad e intereses del sultán se confunden con los del Estado”.

    El autor desvirtúa la narrativa oficial de Ortega, de su esposa y vicepresidenta, Rosario Murillo, y de su partido, el Frente Sandinista de Liberación Nacional.

    Ellos sostienen que son la continuidad de la Revolución Popular Sandinista (1979) con la legitimidad democrática del apoyo electoral mayoritario. Pero luego de una nueva victoria de Ortega en las elecciones del 7 de noviembre 2021, los 27 países de la Unión Europea denunciaron la falta de garantías democráticas en esas elecciones y la ilegitimidad del resultado. Por eso le exigen a Ortega que “devuelva la soberanía” al pueblo de Nicaragua con la advertencia de adoptar nuevas y amplias sanciones que vayan más allá de las restricciones individuales. Una mera ilusión.

    El 9 de febrero Ortega deportó a Estados Unidos a 222 presos políticos, algunos de los cuales estaban en prisión desde 2018. Otros permanecen en las cárceles, como el obispo de Matagalpa, Rolando Álvarez, porque por haberse negado a ser desterrado un juez lo condenó a 26 años de prisión. Conducido hasta la escalerilla del avión se resistió a subir para hacer evidente su rechazo y fue declarado traidor a la patria. Como al resto, le quitaron su nacionalidad y destruyeron los documentos oficiales de su nacimiento. La sentencia fue dictada por la jueza Nidia Camila Tardencilla con el aval de Octavio Rothschuh, presidente de un Tribunal de Apelaciones de Managua. Fue inhabilitado de forma perpetua para ejercer la función pública en nombre o al servicio del Estado de Nicaragua y para ejercer cargos a través de elecciones populares.

    El miércoles 15 Ortega repitió su pedido a la Justicia. Despojó de su nacionalidad a Sergio Ramírez (multipremiado escritor y vicepresidente durante el primer gobierno sandinista), a su colega Gioconda Belli y a Luis Carrió, excomandante de la revolución contra Somoza. El mismo castigo le aplicó a la defensora de los derechos humanos Vilma Núñez, al excanciller Norman Caldera, al exmagistrado sandinista Rafael Solís, al exembajador ante la OEA Arturo McFields, al periodista Carlos Fernando Chamorro y a otros 85 ciudadanos también acusados de “traición a la patria”, según la sentencia del corrupto tribunal judicial de apelaciones de Managua. Nicaragua tiene hoy más de 140.000 exiliados.

    Andrew Chesnut, especialista sobre temas de América Latina y profesor de Estudios Religiosos en la Universidad de California, destacó que ese gobierno y en especial los fallos judiciales forman parte de la represión “más severa contra la Iglesia católica en América Latina desde el asesinato en 1998 del obispo guatemalteco Juan José Gerardi”, firme defensor de los derechos humanos que fue asesinado por las Fuerzas Armadas. En Nicaragua la ofensiva contra la Iglesia católica se desarrolló progresivamente desde que en 1979  el sandinismo se convirtió en partido gobernante, porque progresivamente diversas organizaciones católicas iban desnudando los abusos variados, como represión a la prensa, encarcelamiento de opositores y asesinatos.

    Lo ocurrido es terrible y desconcierta y atemoriza que el Papa haya decidido tenderle una mano al diablo al evitar cuestionar con firmeza lo ocurrido. ¿Cómo puede dejar de lado las bases del cristianismo, sus persecuciones históricas y las violaciones a los derechos humanos? Con su habitual tono lloriqueante al terminar el Ángelus en la plaza de San Pedro dijo que las noticias sobre Nicaragua “me han entristecido mucho”. Señaló “preocupación” por lo ocurrido con la prisión del obispo Álvarez, “a quien quiero tanto”. Cobarde. El papa busca evitar conflictos políticos con Cuba, Bolivia, Venezuela, Rusia, Turquía, Irán y otros que respaldan a Ortega y al mismo tiempo enfrentarse a millones de católicos. En Argentina, su país, Francisco es hincha del club de fútbol San Lorenzo. Pero ha olvidado un notorio grito de batalla de su hinchada cada vez que el club es derrotado: ¡Meta huevos! En Managua los mercaderes continúan dentro del templo.

    Diferentes han sido los cuestionamientos de las Naciones Unidas, de la Unión Europea y de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.  En cambio, Francisco considera suficiente “pedirle a la Virgen que abra el corazón de los responsables políticos y de todos los ciudadanos a la sincera búsqueda de la paz”. ¡Una burla!

    El tono izquierdista del papado de Francisco fue reseñado en los últimos días con el ejemplo de tres hechos reales: en 2015 aceptó que el presidente boliviano Evo Morales le regalara una imagen de un cristo tallado en madera crucificado sobre una hoz y un martillo. Pudo negarse, pero aceptó. Ese mismo año visitó en su domicilio al expresidente cubano Fidel Castro luego de haber rechazado reunirse con disidentes de su dictadura. En 2018 recibió en el Vaticano al presidente venezolano Nicolás Maduro luego de haberles dado la espalda a disidentes venezolanos exiliados en Europa que le habían solicitado ayuda.

    Lo peor con los peores.

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