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    El dilema de la mano de obra rural

    Nº 2170 - 21 al 27 de Abril de 2022

    En un país con un desempleo estructural alto como es Uruguay, siempre se habla de la necesidad de mejorar la educación en general como condición de acceso a mejores trabajos. La teoría dice que cuanto más capacitado sea el ciudadano mayores capacidades tendrá y, por ende, logrará mejores empleos.

    Una mirada al problema del desempleo en el medio rural mostrará un panorama levemente diferente. En el campo no trabaja quien no quiere. Hay funciones que van perdiendo a la gente con capacidad de hacerlo o se transforman en un activo muy valioso. Por ejemplo, buscar una persona que sepa alambrar (que es una inversión que tiene una vida útil de 20 años al menos) es todo un desafío. Incluso, conseguir gente que sepa manejar el ganado (cuándo rotarlo de potrero, vacunar, castrar y marcar) tampoco es tarea sencilla.

    Hay dos problemas: uno es que no existen muchos ámbitos de formación y mejora de esas capacidades y el otro es la difícil certificación de esos trabajos para seguir mejorando en la escala laboral. Es cada día más complicado hacerse con gente que tenga el gusto por el trabajo rural. Y en otros rubros también es difícil conseguir trabajadores. Hoy una cosechadora que tiene un valor millonario muchas veces es operada por una persona que apenas tiene secundaria completa.

    Si Uruguay quiere crecer en su producción agropecuaria, tiene que resolver esos problemas: uno es ser más creativo en la forma en la que se capacita a la gente (incluso pensando en las nuevas tecnologías) y el otro es poner énfasis en destacar las bondades de la vida en el campo. No les voy a mentir y decirles que siempre el trabajo a la intemperie es lo mejor de mundo, pero tiene sus facetas positivas. Por mi experiencia, la gente que vive en el interior logra una mejor calidad de vida, en especial aquellos que tienen sueldos relativamente bajos en comparación con los que viven en las grandes ciudades. Cualquiera en el campo se las arregla para criar sus propios animales y hasta puede hacer su propia quinta para complementar la alimentación de la familia.

    Cuando en la crisis de los años 2000 en Uruguay se dieron cuenta que la tierra da alimentos en las ciudades hubo un cierto furor de las huertas comunitarias. Nada muy distinto de lo que nuestros ancestros italianos y españoles tenían en sus casas, copia de lo que pasaba en su tierra natal. No innovamos en nada, le cambiamos el nombre a algo más moderno (huerta comunitaria es igual a la quinta del abuelo en el fondo de la casa).

    La vida en el medio rural ha tenido mala prensa. Pero ese es un libreto del pasado. Hoy en día pasa menos calor en verano y menos frío en invierno un operario en una cosechadora que un repartidor en la capital. Somos un país al que le cuesta mucho romper esos estereotipos. Nos implantaron el chip de que trabajar afuera es duro, pesado y mal pago. Si el lector se diera una vuelta por Francia, por ejemplo, se va a dar cuenta de que los franceses dedican mucho tiempo a fomentar la vida en el campo. Para ellos no se puede separar de su identidad nacional lo que ocurre en el campo francés. No solo lo cuidan como un valor cultural, sino que sostienen esa tradición de cómo hacer las cosas porque es clave para la identidad nacional mantener esos valores. Enfrentan los mismos problemas que nosotros, la gente busca la comodidad aparente de las ciudades y se quiere ir, pero con los estímulos correctos se puede dar vuelta la marea.

    Además, al deterioro cultural en el que vive Uruguay, con una pérdida importante de los valores más elementales como el cumplir con los horarios, comprometerse a algo y hacer el mejor esfuerzo por el trabajo que uno entrega, se le suma el del sistema educativo, que sigue pensándose principalmente para la gente en la cuidad y con un foco en un modelo que no da los resultados previstos.

    Para una familia rural, la educación primaria está bien resulta, pero el salto a secundaria implica o bien el desarraigo a una cuidad donde los menores puedan estudiar o simplemente salir del circuito educativo porque no hay ofertas disponibles. Es la peor forma de marginación de oportunidades. Ahí es cuando nos damos cuenta de por qué son tan importantes las comunicaciones en este país, porque dan oportunidades a los que están lejos. Y tan importante como el acceso es la oferta educativa (en calidad y cantidad suficiente) para los tiempos que corren. Si no arreglamos estas cosas básicas, va a ser difícil que seamos exitosos en nuestro esfuerzo por mejorar la educación y las oportunidades laborales de los que viven fuera de las ciudades.

    (*) Ingeniero agrónomo (PhD) y asesor privado

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