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—“Muchachos” —dijo la profesora de Historia de tercer año Teresita Telacán Toclaro a sus alumnos “pongan la fecha de hoy en el cuaderno que ya empiezo a dar la clase, así toman apuntes. Hoy es 7 de enero de 2516” —les recordó. “En este mismo territorio existía hace cinco siglos un país que se había llamado Uruguay, y el cual, después de una serie de desgraciados acontecimientos que transformaron dramáticamente su realidad, fue rebautizado ´Burruguay´ por sus mismos conciudadanos. El proceso comenzó mucho antes, pero como en el caso de la rana viva metida en una cacerola con agua tibia, a la que se le va subiendo la temperatura y termina hervida en agua caliente, de la misma manera se fueron dando, en aquella pequeña república otrora pacífica y feliz, una sumatoria de fenómenos difíciles de creer con la perspectiva de la historia. Todo coincidió con la llegada al poder, primero municipal en la capital, y luego en lo nacional, de un conjunto de ciudadanos agrupados en lo que ellos llamaban ´fuerza política´, y que era una coalición de varias tendencias de la izquierda. Desde las tribunas ellos expresaban tener brillantes ideas, se calificaban a sí mismos como muy inteligentes, y dispuestos a aplicar sus lúcidas iniciativas para reformar las estructuras del país, y salvarlo de las trágicas políticas neoliberales aplicadas hasta entonces por los partidos fundacionales que se habían alternado en el poder. La población les creyó, los votaron, y ganaron las elecciones una y otra vez, ante la casi inexistente oposición, que, salvo alguna honrosa excepción que ya les contaré, dormitaban inexplicablemente, mientras a los gobiernos de la fuerza política no les salía nada, pero insistían en que ellos todo lo sabían, y lo iban a arreglar todo. La clase de 45 minutos no da para historiar en detalle todos los desaguisados que estos ciudadanos cometieron ante la pasividad de una ciudadanía que parecía anestesiada, y los seguía votando, pero les daré algunos ejemplos muy evidentes. Uno de los primeros síntomas, que pareció pasar desapercibido, fue cuando los casinos municipales, que manejaban los juegos de azar en monopolio, empezaron a dar grandes pérdidas” —dijo la profesora, ante el asombro de sus alumnos.
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—“Pero así fue” —insistió la profesora, dando algunos detalles increíbles de aquel episodio —“pero esto no es sino un detalle. También fundieron una empresa aeronáutica, asociándose con los que incluso algunos de ellos llamaron ´unos fantasmas´ que desvalijaron a la aerolínea nacional, dejando un agujero negro de más de trescientos millones de dólares. Y también inventaron una empresa regasificadora, asociándose con empresas privadas, con empleados con sueldos de ópera, y todo se perdió y no se pudo llevar adelante, otra vez perdiendo millones de dólares, y les dieron tanto poder a los sindicatos que estos se burlaban de las autoridades nacionales, haciendo huelgas que hicieron perder el año a miles de alumnos, que repetían y repetían sin aprender, ¿saben cuál llegó a ser el porcentaje de repetición en estos mismos años que ustedes están cursando ahora?, a ver, arriesguen un porcentaje” —los desafió.
Un muchacho de la segunda fila levantó la mano y dijo “cinco por ciento”, otro lo siguió y dijo “no, tal vez el siete por ciento”.
—“No arriesguen más, se van a seguir equivocando” —dijo la docente —“fue el cincuenta y dos por ciento” —ante lo cual se escucharon en la clase varios “ooohh” y “aaahh” fruto de la incredulidad. “Mientras esto ocurría” —prosiguió— “había otros fenómenos coincidentes que desconcertaban a todos. La inseguridad era terrible, aumentaban los robos, las rapiñas y los homicidios, y la basura se acumulaba en las calles de la capital, porque el sindicato municipal quería que les aumentaran los sueldos a cifras impagables, y las ratas se adueñaban de los repletos contenedores en los que la población tiraba, adentro y afuera, toneladas de desperdicios. A esto agréguenle que los primeros mandatarios de esta fuerza política no contribuían en nada a que las cosas se arreglaran. Uno de ellos era un médico muy prestigioso, más amante de la pesca embarcado que de la ejecutividad presidencial, al que los sindicatos desafiaban, al punto, les diré, que una vez decretó en plena huelga la esencialidad de los servicios educativos, y las huelgas siguieron, y él tuvo que derogar un decreto que nunca se aplicó”.
—“Yo sé que usted no exagera, profesora” —dijo una joven alumna —“la esencialidad se decreta y se cumple, podrían haberlo hecho también con los servicios de recolección de residuos, pero resulta difícil de creer, se ve que se trataba de una sociedad en descomposición” —agregó, con un dejo de tristeza, ya que estaban hablando de sus lejanos antepasados.
—“Así es, no exagero” —prosiguió la profesora” —“y no se imaginan lo que fue la presidencia de otro personaje, un anarquista ex guerrillero, que no tenía ni idea de lo que era gobernar el país, y que se dedicó, durante su mandato y su ulterior calidad de senador, a criticar a tirios y troyanos, dentro y fuera de su partido, con expresiones soeces y carentes de sensatez y de lógica. Vendió una imagen de austeridad y promovió iniciativas alocadas, como la legalización de la marihuana, que hubo que derogar años más tarde, cuando la tasa de adicción y el aumento de casos de cáncer ligados con el consumo de cannabis llegaron a niveles dramáticos. Y, les dije que iba a relatarles un caso en el que la oposición había ayudado a ver más clara aquella catástrofe, hubo un caso patético, tal vez el más grave, que se descubrió gracias a una comisión investigadora impulsada por los partidos opositores, gracias a la cual salió a luz la increíble quiebra de la empresa estatal más grande del país, el monopolio de la refinación de petróleo, que además de producir y vender la gasolina más cara del mundo, producía ron, whisky, grappa, perfumes femeninos, cemento, repelente de mosquitos, invertía sin ton ni son en proyectos inviables, y todo bajo la dirección de quien después fue premiado con la vicepresidencia del país”.
—“Esa sí que no se la llevo, profe” —dijo un jovencito al fondo del salón —“¡es demasiado escandaloso!”.
Pero tuvo que creerlo. La profesora les explicó que fue entonces que la gente le cambió el nombre al país, lo llamó “Burruguay”, y eso provocó la disolución institucional del país, que fue intervenido por las Naciones Unidas, le nombraron una gerencia que asumió el mando durante cien años con sucesivos administradores, y llamó a elecciones hace tres siglos, reordenando el país.
Es que lleva apenas unos años destruir un país, y siglos reconstruirlo.