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    El dueño del oasis

    Columnista de Búsqueda

    Nº 2151 - 2 al 8 de Diciembre de 2021

    En su libro La constitución de la libertad (1960) dice Von Hayek que la libertad siempre se ve amenazada cuando el gobierno presume de utilizar la coerción, incluso cuando no se trata de la libertad individual, la propiedad privada y la lealtad contractual. Esta coacción amenaza sobre todo donde no existe una norma basada en leyes abstractas que se apliquen por igual a todos, pero donde el gobierno persigue metas que van más allá y deja margen a las autoridades para implementarlas.

    “Hablamos de coacción —explica— cuando las acciones de una persona están sujetas a la voluntad de otra, no para sus propios fines, sino para los fines del otro”. Pero matiza: “Siempre que los servicios de una persona en particular no sean cruciales para mi existencia o la preservación de lo que más valoro, las condiciones que él exige para prestar estos servicios no pueden llamarse apropiadamente ‘coerción’”. Es interesante la distinción que formula al respecto porque teme la confusión al utilizar un mismo término en funciones e interacciones diferentes. Hayek muestra dos modalidades de presión sobre la libertad y sobre las necesidades de una persona. Por un lado, nos propone que imaginemos la siguiente situación: tengo muchos deseos de asistir a una fiesta y me prometen que me invitarán siempre y cuando lleve un atuendo formal. ¿Podría decirse que mi anfitrión al exigir tal acción de mi parte está actuando coercitivamente hacia mí? Parecería, y así concluye Hayek, que la respuesta es claramente “no”. Porque si bien es cierto que mi entorno está siendo manipulado deliberadamente de tal manera que mi “elección menos dolorosa” es la que beneficia al manipulador, esta situación no satisface los términos de ninguna de las calificaciones anteriores: es decir, ni “ser crucial para mi existencia” ni “preservar lo que más valoro”. En cambio, tenemos otro caso en el que sí se verifica la opresión, la verdadera coacción: “Un monopolista podría ejercer una verdadera coerción si, por ejemplo, fuera el dueño de un manantial en un oasis en medio del desierto. Digamos que otras personas se establecieron allí con la presunción de que el agua siempre estaría disponible a un precio razonable y luego se encontrarían que no tenían más remedio que hacer lo que el dueño del manantial les exigiera si querían sobrevivir: aquí habría un caso claro de coacción”.

    Todo esto viene a cuento porque de lo que se trata es de entender la libertad en una sociedad en la que no solo aceptamos el Estado, sino que reclamamos su acción para proteger los derechos; queremos una justicia eficiente e imparcial y una gendarmería que haga observar escrupulosamente las normas que libremente nos hemos dado para preservar nuestros derechos personales. Nos muestra Hayek que la vida de cada persona está determinada naturalmente por muchos factores aleatorios. Todos nacimos en ciertas relaciones familiares, tenemos nuestros respectivos talentos y habilidades diferentes y, a menudo, se nos brindan diferentes oportunidades más o menos aleatorias para desarrollar y expresar nuestras habilidades. Si, por ejemplo, una autoridad presume juzgar qué recompensas merecemos en la vida, entonces esto abre la puerta a la arbitrariedad y a la esclavitud. “El concepto de libertad bajo la ley (…) se basa en la opinión de que al obedecer la ley estamos en el sentido de reglas abstractas generales que se establecen independientemente de su aplicación a nosotros, no nos sujetan a otro ni son sujeto de otro y, por lo tanto, son libres”.

    Estas reglas abstractas, cuando se aplican imparcialmente sin tener en cuenta a la persona, no son coercitivas, a pesar de cualquier calificación en cuanto a su contenido. Así lo explica Hayek: aunque “los impuestos y los diversos servicios obligatorios, especialmente el servicio militar obligatorio, no se supone que sean evitables, esto los priva en gran medida de la naturaleza maligna de la coacción”.

    No se debe confundir, entonces, liberalismo con ausencia de un mínimo orden capaz de poner a salvo los bienes de la libertad. La postulación de Hayek consiste en establecer que las instituciones y valores tradicionales deben ser respetados como resultado de procesos de autorganización que han ido evolucionando a lo largo del tiempo. Esto requiere una sociedad que se subordine a la ley

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