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    El efecto Lucifer

    Columnista de Búsqueda

    Nº 2130 - 7 al 13 de Julio de 2021

    El excomandante serbobosnio Ratko Mladlic, recordado como “el carnicero de Bosnia”, perdió su apelación ante un tribunal de la ONU que ratificó la condena a cadena perpetua impuesta por el genocidio de Srebrenica, en el que murieron unos 8.000 musulmanes, y otros crímenes de guerra y de lesa humanidad.

    En Benidorm, Alicante, se desarrolla el juicio por agresión sexual en grupo de cuatro hombres a una mujer, a la que dieron alcohol y drogaron hasta dejarla inconsciente, y luego violaron, uno a uno, mientras los demás grababan la agresión con sus teléfonos.

    El reciente descubrimiento de cientos de restos humanos en Kamloops, Brandon y Cowessess, Canadá, ha puesto de manifiesto la devastación y el suplicio infligido a los niños, las familias y las comunidades originarias a través del sistema de las llamadas Escuelas Residenciales Indígenas.

    La Justicia de Canelones formalizó a un hombre de 44 años por “la presunta comisión de reiterados delitos de abuso sexual especialmente agravado” a su hija de 10 años, según informa el parte policial.

    ¿Qué tienen en común estas noticias? Aunque parezca un catálogo de vilezas seleccionadas en la historia del mundo, resulta que no: son las que salieron en la prensa en los últimos días. No será necesario entonces que nos remontemos a Auschwitz, que recordemos a Pol Pot ni que citemos actos pasados para poner ejemplos de maldad.

    Pero ¿qué es la maldad? ¿Es una posibilidad o es una imperfección? ¿Es inherente al ser humano?

    Philip Zimbardo, un psicólogo social profesor de la Universidad de Stanford, autor de El efecto Lucifer. El porqué de la maldad, un texto basado en el famoso “Experimento de la prisión de Stanford”, bucea en la psicología del mal e intenta dar con las claves de las conductas que llevan a la violencia, la agresividad, el vandalismo, la tortura, el terrorismo. Para el autor, “la maldad consiste en obrar deliberadamente de una forma que dañe, maltrate, humille, deshumanice o destruya a personas inocentes, o en hacer uso de la propia autoridad y del poder sistémico para alentar o permitir que otros obren en nuestro nombre”.

    Apoyándose en ejemplos históricos y en sus propias investigaciones, analiza cómo las situaciones actúan de forma que hombres y mujeres, aparentemente normales, cometan actos malvados, se conviertan en verdaderos monstruos. La conversión de Lucifer, el ángel favorito de Dios, en un demonio.

    ¿Qué es lo que impulsa la conducta humana? ¿Factores externos, factores internos? ¿Puede cualquiera de nosotros convertirse en torturador sádico o en prisionero sumiso, en determinadas situaciones? Zimbardo pide al lector que conteste tres preguntas: ¿hasta qué punto te conoces bien a ti mismo y eres consciente de tus fortalezas y debilidades? ¿Procede este conocimiento de ti mismo, de haber examinado tu conducta en situaciones familiares, o en otras totalmente nuevas que han puesto a prueba tus hábitos? ¿Hasta qué punto conocemos a las personas a nuestro alrededor?

    El autor relata episodios en los que la maldad de algunos seres humanos se ensañó con inocentes, trata de entender cómo es posible que en un período corto de tiempo las personas se deshumanicen, se transformen hasta el punto de cometer actos inconcebibles, en una perspectiva heredera de la banalidad del mal de Hanna Arendt.

    Para realizar el experimento de la prisión de Stanford se decidió encerrar a 24 estudiantes que aceptaron participar, y que fueron evaluados previamente desde el punto de vista psicológico. Fueron divididos en grupos de guardias y reclusos, y la regla era que no tendrían contacto físico. Los prisioneros fueron arrestados de forma realista, y llevados a una prisión falsa en un sótano de la propia universidad. Se les obligó a llevar ropa de presidiario, esposas en tobillos y muñecas. Lo que debía durar 15 días tuvo que suspenderse al sexto, cuando un observador externo descubrió qué estaba sucediendo realmente. Los tranquilos estudiantes que hacían de guardias se habían convertido en seres brutales que no respetaban las reglas, atormentaban a los prisioneros con castigos físicos, les prohibían hacer uso del baño, les negaban la comida, los hacían dormir en el suelo de hormigón y a algunos de ellos se los despojó de la ropa por la fuerza. Muchos de los presos sufrieron una rápida degradación, y estaban quebrados emocionalmente cuando se suspendió el experimento.

    Para Zimbardo quedó demostrado que una “buena persona” puede actuar de forma inmoral según el entorno y las circunstancias, que los impulsos arcaicos siguen siendo muy fuertes en situaciones extraordinarias, como la guerra o un encarcelamiento prolongado. Sin embargo, cuesta tomar con seriedad un estudio de psicología social en el que los procedimientos impuestos no fueron respetados, quedaron fuera de la ética.

    Está claro que el ser humano puede cometer actos terribles si siente que tiene legitimación o apoyo institucional, que parte del mal del mundo es obra de gente normal que actúa en circunstancias que activan el lado oscuro de su naturaleza, pero no se puede desconocer el progreso de la humanidad sobre la barbarie. No, el progreso del bien no está asegurado: vivimos en la tensión que da la libertad de elegir nuestro comportamiento. Pero las ideas surgidas en la polis griega, el derecho romano, el pacto social, la escolástica, las revoluciones norteamericana, francesa y la proletaria, más allá de todos sus retrocesos, han determinado el avance de dos conceptos fundamentales: la igualdad de todos los hombres y el reconocimiento de su dignidad, derechos y libertades fundamentales.

    Seamos objetivos, si la frase de Rousseau “el hombre es bueno por naturaleza” es una tergiversación optimista de la historia, la de Hobbes, “el hombre es el lobo del hombre”, tampoco es completamente realista. En definitiva, ninguna de las dos ideas tiene en cuenta el esforzado camino individual y colectivo del bien, con sus luces y sus sombras, la dignidad y la ética con la que tantos científicos, políticos, obreros o simples hombres y mujeres empujan cada día hacia un mundo que aspiran sea mejor.

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