Nº 2134 - 5 al 11 de Agosto de 2021
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLas sociedades modernas se han organizado conforme a dos posibles órdenes: uno, al decir de Cicerón, es el del consensus juris, el imperio de la ley que define a las repúblicas y reinos que han caracterizado a Occidente desde siempre. El otro orden es el de las leyes cósmicas; ese ámbito donde la ley se pretende que sea la ley suprema de la naturaleza que establece la preeminencia de la raza aria frente al resto de la humanidad o la ley de la historia que habilita a que una clase social cumpla con el llamado místico de sojuzgar primero y aniquilar después a todas las otras clases sociales.
Hannah Arendt analiza este problema en el capítulo décimo tercero de su obra Los orígenes del totalitarismo, donde nos explica que este tipo de regímenes se construyen, es cierto, sobre las firmes premisas de esas supuestas leyes del mundo, pero una vez que consiguen asentarse en el poder, cuando están en pleno ejercicio del mando, no necesitan remitirse a esa sustantiva norma, sino que adquieren vida propia, como si la violencia de imponerse todo el tiempo fuera el único fin que persiguen, a despecho del bien de la humanidad o de la justicia universal. Lo que dice esta autora es que los totalitarismos, lejos de buscar demostrar una verdad, simplemente se mueven haciendo lo único que quieren y saben hacer, que es violentar, amedrentar a los súbditos; “obedecen la ley del movimiento”. El desplazamiento es claro: los totalitarismos derivan su sentido de las leyes cósmicas, pero a poco de andar no esperan a que las leyes se cumplan, y de hecho ya no les importa; la ideología les permite disimular o consolarse por las fallas de las profecías o las frustraciones que suscitan los malos resultados. Lo que realmente interesa es que el movimiento no cese, que cada día, cada instante, la lógica de la opresión y del modelaje de la consciencia opere sin límites y con todo el empeño de lo que es capaz el aparato. Lo que de modo pionero muestra Hannah Arendt es el carácter insaciable que es propio del totalitarismo, que nunca tiene suficiente, que nunca está del todo seguro de haber alineado a sus víctimas.
Por eso no tiene ninguna relevancia el sistema legal; las normas, que son numerosas, resultan innecesarias, ya que por encima de ellas, y en su base, está en una capa inmediata la ley universal sea de tipo biologista o histórica y más abajo, hundiendo su raíz en lo más profundo de su razón de ser, está la gran ley del movimiento. Esta es una de las razones por las que nunca se le gana un juicio a un sistema totalitario; nunca se le puede demostrar que su acusación es injusta o falsa o desmedida; todos los tribunales dictaminan siempre a favor del régimen porque el régimen como fin en sí mismo es la fuente desde la que se vierte toda la razón y toda la legitimidad de las acciones correctivas o punitivas del Estado.
Las políticas totalitarias que procedieron a seguir las recetas de las ideologías —dice Arendt— han desenmascarado la verdadera naturaleza de estos movimientos en cuanto han mostrado claramente que no podía existir final para este proceso. Si la ley de la naturaleza consiste en eliminar a todo lo que resulta perjudicial y es incapaz de vivir (vale el ejemplo de la teoría racista), sería el mismo final de la naturaleza el hecho de que no pudieran hallarse nuevas categorías de elementos perjudiciales e incapaces de vivir. Si es ley de la historia el que en la lucha de clases desaparezcan ciertas clases, significaría el final de la historia humana el hecho de que no se formaran nuevas clases rudimentarias que a su vez pudieran desaparecer a manos de los dominadores totalitarios. En otras palabras: la ley de matar por la que los movimientos totalitarios se apoderan y ejercen el poder seguiría siendo la ley del movimiento, aunque lograran someter a su dominación a toda la humanidad. Hannah Arendt deja claro que quienes tienen las armas jamás las van a deponer, no hay una llegada al paraíso final donde toda violencia cesa y la humanidad se da un gran abrazo y se consagra la felicidad del mundo; el totalitarismo es un poder permanente, un estado de guerra continuo donde el enemigo es y debe seguir siendo del mismo bando.
Lo lógica del totalitarismo está en otro plano. Es desatinado, es irresponsable pretender que pueda convivir sin revistar como amenaza con el Estado de derecho.