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    El episodio de la estancia Flor de Ceibo

    Sr. Director:

    Leo con regularidad La Diaria, a veces le he enviado colaboraciones, a veces se han publicado. Constato que La Diaria, al igual que casi toda la prensa escrita, ha dedicado mucho espacio a un episodio acontecido en la estancia Flor de Ceibo en el paraje Itapebí de Salto, que dio como resultado un peón lastimado por un capataz a raíz de una disputa.

    Ese episodio generó vehementes y muy adjetivados comentarios de parte del Ministerio de Trabajo, la secretaría de Derechos Humanos de la Presidencia, legisladores del Frente Amplio, jerarcas del PIT-CNT y operadores de ONG. Todos ubicaban el suceso en un sórdido marco de despotismo rural, de explotación sin escrúpulo y de relaciones de trabajo serviles en un Uruguay pintado con los trazos más oscuros de atraso feudal, situación que ellos conocen al dedillo desde sus escritorios de Montevideo.

    En este país cada uno describe el Uruguay que se inventó. Eso es así para que esa “realidad” sea la prueba de la ideología o de la posición política que se sustenta. Pero la cosa cambia si hay una exigencia hacia una reflexión más responsable que introduzca un mínimo de pudor respecto a la utilización política de las pequeñas o grandes tragedias de la vida diaria.

    Pasado un tiempo del suceso, la semana pasada hubo pronunciamiento en los estrados judiciales adonde el asunto había sido derivado por el peón rural estimulado por aquellos indignados. Retomo el asunto a partir de estos últimos hechos.

    Lo que salió de los estrados judiciales no dejó muy conformes a los portabanderas de la indignación contra capataz y patrón. Parece que no hubo una paliza, como se dijo, sino una pelea. El peón insultó al capataz (le dijo “cuzco”) y, según leo en La Diaria (3-11-17) “el comentario hiriente desató una reacción violenta en el capataz que comenzó a golpear con su rebenque al peón. Se produce entonces un enfrentamiento entre ambos, en forma notoriamente favorable a Rodríguez (el capataz). En efecto, Leites (el peón) solo consiguió aplicar tres lazazos” y al final terminó amagando sacar el cuchillo.

    El juez del caso, Wilson Bolsari, actuó y lo hizo como árbitro de box: le dio ganada la pelea al capataz por puntos (“enfrentamiento en forma notoriamente favorable a Rodríguez”) y lo procesó. En cambio, a Leites, como pegó menos, no lo condenó a nada: quizás consideró que había recibido suficiente castigo con los rebencazos. Esto, que parece salido de las Partes de don Menchaca, es lo que se desprende de la lectura de lo actuado. No menos asombroso es lo que refiere a la participación del director de Trabajo.

    La Diaria informa (6-12-17) que la Fiscalía incorporó un dictamen de la Dirección Nacional de Trabajo. Dicho dictamen nada tiene que ver con la disputa, pero sirve a los propósitos de reafirmar la imagen de opresión y abuso patronal que los moralistas voluntarios (PIT-CNT, ministro de Trabajo, encargado de Derechos Humanos de Presidencia, diputada Mutti y toda la comandita) necesitan para propalar lo que llaman “el Uruguay profundo”. Lo que incorporó el dictamen fiscal del informe de la Dirección de Trabajo es que “los dormitorios de los peones no cuentan con malla contra insectos en las aberturas” (Usted, lector, ¿tiene mosquitero en todas las ventanas?) y que “el cerramiento de la puerta no es completo, presentando una rendija a nivel del piso” (¿en su casa, lector, no hay ninguna rendija?) y, además, “que en la estancia se toma agua de pozo semisurgente” (es decir, hay un molino, como en todas las estancias de esa región bárbara donde no llega la OSE).

    Toda esta gente que ha intervenido en este episodio de la estancia Flor de Ceibo, dándole a su discurso la carga emotiva que se le dio, es gente que se siente personalmente portadora de una misión, responsables de juzgar a aquella sociedad uruguaya primitiva e injusta, tan alejada de Montevideo que bien se puede llamar prefrentista. Se han salteado el paso previo de entenderla o, simplemente, conocerla. Su ignorancia se agiganta cuanto más comprometidos y compenetrados se sienten con esa misión.

    El Uruguay está viviendo una época de caricatura, un universo de representación, donde el Frente Amplio en el gobierno ha adjudicado a diestra y siniestra los papeles de buenos y malos; ha logrado imponer su relato hegemónico (en la enseñanza, en la cultura, en los sindicatos, la prensa, etc.). La realidad, la realidad real con sus ganadores y perdedores reales, sus dominadores y dominados reales, no cuenta, porque en ella, en la realidad, los actores no llevan las máscaras oficiales legitimadas en el reparto para el tinglando del imaginario colectivo canónico de la izquierda.

    Nuestro país vive envuelto en una competencia de indignación farisaica. Es una especie de remate a ver quién da más, quién se muestra más indignado, quién pide las penas más severas, apostando cada uno a ser considerado el más moral, el más justiciero, el más frenteamplista. Leo en La Diaria que el diputado comunista Núñez publicó en Twitter: “Rebencazos y fisura de costilla no es grave para la Justicia”. Y la inefable y jacarandosa diputada Mutti: “El mensaje es claro: pegue patrón que no pasa nada” (involucrando, por su cuenta y para mayor mérito, al patrón que no le pegó a nadie). Para anotarse en la competencia al premio de más sensible y más moral de todos no hace falta objetividad ni veracidad: lo importante es competir, dirán. Hay mucha gente —y gente importante y con cargos— intoxicada de corrección política, (con la salvedad de que lo políticamente correcto es lo frentísticamente correcto).

    Juan Martín Posadas