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    El eslabón débil

    Columnista de Búsqueda

    Nº 2198 - 3 al 9 de Noviembre de 2022

    El mundo seguirá viviendo como le plazca y, por lo que vemos, tiene gustos bastante torcidos al cabo de las últimas décadas. Pero los errores de estos políticos y de esta atonía mental y moral de los ciudadanos, esta indiferencia ante los avances directos o sinuosos del estatismo, este empuje empeñoso del socialismo en todos los órdenes, este afán disolvente de la tradición, de los valores de la libertad y de la búsqueda libre del conocimiento, este triunfo de la mediocridad por sobre la excelencia no es imputable a todos los intelectuales. Hubo advertencias y ejemplos espantosos que arreciaron para demostrar cuánta teoría solidaria podía ser reducida a su nada más absoluta. Las luces, aunque combatidas, nunca estuvieron del todo apagadas. Y hoy más que nunca necesitan ser puestas nuevamente en circulación.

    De ahí que conviene regresar a esa buena colección de lúcidas observaciones de La fatal arrogancia (1990), el último libro de Friedrich Hayek en el que enjuicia severamente aquello que denomina los errores del socialismo. En esa obra pule las teclas que definen el campo crítico de la libertad y sus amenazas. Así, por ejemplo, postula el reconocimiento del orden espontáneo que surge independientemente del plan de cualquiera que puede “superar con creces los planes desarrollados conscientemente por las personas”. Tal, en primer lugar, es lo que Hayek llama el “orden extendido de la cooperación humana”, o, más simplemente, el capitalismo. Un orden de mercado competitivo produce más conocimiento y riqueza de los que se pueden obtener y utilizar en una economía controlada centralmente. El conocimiento, según Hayek, está “esparcido” entre todas las personas y ningún “cerebro central” es capaz de recogerlo. Al mismo tiempo, explica, la interacción espontánea en el proceso de competencia a través del mecanismo de precios libres crea un sistema de información único y asegura la coordinación de las acciones de millones que no tienen la menor idea unos de otros. Además, la competencia es un “procedimiento de descubrimiento” que proporciona información sobre nuevas necesidades y nuevas formas de satisfacerlas. En otras palabras, genera nuevos conocimientos. La perversión del socialismo consiste en restringir o rechazar por completo la competencia, y por eso corta los canales de intercambio de información y reduce la cantidad de conocimiento disponible para la sociedad.

    Nos dice este pensador que las instituciones creadas como resultado de la acción humana espontánea tienden a ser superiores a las creadas como resultado del diseño humano. “La colaboración espontánea de hombres libres a menudo crea cosas más grandes de lo que sus mentes individuales pueden comprender por completo”. Las instituciones creadas espontáneamente incluyen, por ejemplo, el idioma, el dinero, el comercio. En este sentido, Hayek no aceptó en absoluto lo que llamó “racionalismo constructivista”, la teoría del “proyecto” de las instituciones sociales. Lo artificial, pensaba, no dialoga con la libertad.

    Uno de los puntos sobre el que más alerta refiere al uso de la palabra social (“estado de bienestar”, “socialdemocracia”, “seguro social”, etc.), especialmente en combinación con la palabra justicia. Según él, es una “lengua envenenada”; pura operación psicopolítica: “La definición de ‘social’ parece aplicarse a cualquier cosa que reduzca o elimine las diferencias de ingresos”. Este llamado a la “justicia distributiva” es incompatible con un orden de mercado competitivo. “La gente comenzó a llamar ‘social’ a lo que es el principal obstáculo para el mantenimiento mismo de la vida de la ‘sociedad’”. En esencia, concluye, “social” debería llamarse “antisocial”.

    Le preocupó a Hayek el deslizamiento e instalación de la democracia y su sacrosanto repertorio de símbolos sin más exigencia que el vacío formalismo. Según su concepción, no hay que confundir: democracia no siempre es sinónimo ni ambiente de libertad. “La democracia ilimitada —escribió— no es mejor que cualquier tiranía”. Como muchos liberales, Hayek vio la crisis de la democracia en el hecho de que los parlamentos “soberanos” pueden hacer cualquier cosa que los representantes de la mayoría encuentren útil para mantener el apoyo del electorado, por ejemplo, merodear sin reluctancia en los umbrales del socialismo, incluso propiciarlo si con eso consiguen un voto. Me permito añadir: los políticos son el eslabón débil del sistema, el peligro suelto y caro con el que debemos lidiar todos los días.

    Recomiendo este libro.

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