N° 1687 - 08 al 14 de Noviembre de 2012
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa discusión que se plantea en el despacho del director de la Biblioteca Nacional en aquel noveno capítulo del “Ulises” que sirve de comprensión de la situación dramática de la novela (y las ideas que sobre el arte tiene Dedalus, álter ego del autor), empieza, como lo señalé hace dos semanas, con una grata referencia a las opiniones de Wilhelm Meister sobre Shakespeare: “El bibliotecario cuáquero ronroneó: —Y tenemos, no es así, esas páginas inapreciables del Wilhelm Meister. Un gran poeta sobre un gran poeta hermano. Un alma vacilante alzándose en armas contra un mar de obstáculos, desgarrada por dudas discrepantes, como se ve en la vida misma”. Más adelante, el mismo personaje, con afán de estimular la discusión, de avivar diferencias, de incitar a que el tema de Hamlet salga a la luz, dice casi en el abuso de la provocativa complacencia: “Uno siempre sabe que los juicios de Goethe son tan verdaderos”. Con esas palabras puede decirse que se inició la ceremonia de tratar a Shakespeare, y en particular de entender qué es Hamlet, cuál es su finalidad, qué relación hay entre la criatura y el creador, cuáles son las circunstancias históricas y emocionales que explican la conducta y el perfil de un personaje tan arraigadamente profundo y contradictorio.
En la ocasión, Stephen Dedalus tratará de ir contra las corrientes aceptadas; buscará demostrar que nunca existió un arquetipo platónico de Hamlet, que es ridículo pensar en Shakespeare como un ingeniero que ejecuta un plan dictado por la inspiración, y que también está fuera de programa eso de reducir la creación tan compleja del personaje y de su impresionante pathos a un simple enlace de agonías que tientan el efecto de la conmoción en un público ávido de sangre, de venganzas, de odios sin resolución. Para Stephen, Hamlet es muy otra cosa; tiene que ver con la existencia inmediata de Shakespeare, con las urgencias y mortificaciones que lo acompañaron mientras se distraía del mundo ventilándolo en desconcertantes metáforas que todos los públicos terminaron por misteriosamente comprender sin poder expresarlo con exactitud. Cree Stephen, en efecto, que Shakespeare habló como sombra, como muerto implacable que debe revelar la verdad y no como joven perplejo que se debate entre la obediencia y la indignación mal administrada. Su enigma, su famoso enigma, nos viene a enseñar Joyce, reside en no saber cómo llegar a ser en un encuadre más amplio que el de los reducidos límites de la mortal existencia, cómo ser en trato con lo trascendente y sin embargo seguir aquí.
Si leemos con atención el decimoquinto capítulo de la aludida novela de Goethe, veremos que Joyce no eludió esa fuente; veremos que el personaje Meister, con ese entusiasmo propio de los vencedores de una batalla, de los colonos triunfantes de tierras nuevas, de los recién llegados al paraíso, también supo sortear las tentaciones. La cita que sigue, que está en la parte central del capítulo, y que es la base sobre la que Goethe vertebra su admiración y sus inteligentes preguntas, demuestra precisamente el punto que se vincula con la tesis de Joyce; sugiere una interpretación de Hamlet no en la linealidad de su acto, sino en la diversidad problemática del universo de conjeturas que lo atosiga. “—¡Nos agrada tanto, nos sentimos tan lisonjeados cuando vernos a un héroe que actúa por sí mismo; que ama y odia cuando su corazón se lo ordena; que acomete y ejecuta toda clase de acciones; que remueve todos los obstáculos y realiza un gran fin! Los historiadores y poetas querrían convencernos de que tan glorioso destino puede ser el del hombre. Pero aquí somos adoctrinados de otro modo: el héroe no tiene plan, pero la obra está muy ajustada a él. Aquí no es castigado un malvado a consecuencia de una idea de venganza, rígida y obstinadamente conducida; no, aquí ocurre un hecho monstruoso, se desarrolla hasta sus últimas consecuencias, arrastra consigo a los inocentes; el criminal parece evitar el abismo que le está destinado y se precipita en él justamente en el momento en que piensa proseguir dichosamente su camino. Pues es propio de las acciones espantosas esparcir el mal sobre los inocentes, lo mismo que las buenas obras derraman también muchas ventajas sobre los que no las merecen, sin que el autor de unas y otras sea con frecuencia castigado ni recompensado. Aquí, en nuestra obra, ¡qué maravilloso espectáculo! El Purgatorio envía un espectro que solicita venganza, pero es en vano. Todas las circunstancias concurren a ello e impulsan la venganza, pero es en vano. Ni lo terreno ni lo subterráneo pueden realizar lo que está reservado al solo destino. Llega la hora del juicio. El malo cae con el bueno. Una estirpe es aniquilada y en su lugar surge otra”.
Recomiendo la lectura devocional de las obras de Goethe.