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    El futuro de Israel

    Por Lector

    Sr. Director:

    Soy de la generación que creció con el Estado de Israel y su consolidación como Estado-nación. Eran tiempos de Golda Meir, de exportar naranjas plantadas en el desierto,  de cobijar inmigrantes de todas las latitudes,  de los kibbutz, de la eficiencia del ejército en la Guerra de los Seis Días. Como corolario de la consolidación de dicho Estado como una democracia liberal y republicana,  abierta al mundo, creo que nada más ilustrativo que el Acuerdo de Paz de Camp David en 1977 entre el primer ministro israelí Menachem Beguin y el presidente egipcio Anwar Al-Sadat. Ambos recibieron en 1979 el premio Nobel de la Paz.

    Por otro lado, la relación del Uruguay con Israel desde sus orígenes ha sido muy cercana. Recordemos que bajo la presidencia de don Luis Batlle Berres se funda el Estado de Israel. Con el voto decisivo del destacado intelectual don Enrique Rodríguez Fabregat,  como embajador ante la ONU y en representación del gobierno del Uruguay, la Asamblea General aprobó la resolución 181. Esta resolución decidió la partición de Palestina del mandato británico, antesala de la declaración de independencia de Israel.

    En lo personal, esta visión de respeto y cierta admiración por el pueblo israelí se inicia con mis padres, quienes tuvieron el privilegio de ser invitados oficiales del alcalde de Jerusalén Teddy Kollek en 1967 (ocupó dicho cargo entre 1965-1993). Fue un honor para ellos conocer a Ben Gurion en sus últimos días. Recuerdo la narración de mi madre (de profunda fe católica) cuando estuvo en el Muro de los Lamentos.

    Este aprecio se consolidó muchos años después, cuando viviendo en San Francisco me hice amigo de un uruguayo judío que se había ido a estudiar a Israel, al cerrar la Universidad de la República a  fines de los 60. Por su intermedio conocí a varios uruguayos judíos que se fueron en la misma época. Todos ellos ingenieros, recibidos en universidades israelíes. Todos ellos eran “capos” en empresas de tecnología en el albor de Silicon Valley.

    Israel ha mantenido desde sus inicios una fecunda relación con EE.UU., ya sea por el lobby americano-judío (el más importante luego del NRA —el lobby de las armas) o por la ayuda monetaria de los EE.UU. (la mayor a nivel mundial, junto con Egipto). Curiosamente, los judíos norteamericanos han tendido a ser demócratas y liberales. Todo lo mencionado anteriormente ocurrió  hasta fines de los 80 y principios de los 90.

    En 1996 es electo primer ministro Benjamin Netanyahu. En un comienzo, sus gobiernos incluyeron ministros del centro e incluso socialistas. Como todo gobierno israelí, debido a la formación de su sistema político, debió realizar coaliciones.

    El Likud, partido al cual Netanyahu pertenece y del cual es su presidente, comenzó como un partido secular, de derecha, con un fuerte sentimiento republicano hacia la independencia del Poder Judicial.

    ¿Qué pasó desde entonces hasta estos días? Actualmente, Israel está viviendo las demostraciones más virulentas desde su formación, con participación de todos los sectores de la población (empresarios, reservistas del ejército, sindicatos, grupos LBGT, toda la oposición e incluso ministros del actual gobierno), debido a las reformas que Netanyahu pretende implementar y que  debilitaría dramáticamente al Poder Judicial.

    En mi opinión, hay dos problemas graves que ocasionan este atropello autocrático que Netanyahu propone:

    1) Israel no tiene una Constitución formal.

    2) El Knesset (Parlamento) es unicameral.

    Desde su formación, Israel ha ido postergando la adopción de una Constitución formal y se ha regido por leyes básicas, bajo el principio de la soberanía parlamentaria. Esto se debió a que las fuerzas religiosas no podían aceptar que la ley no fuera otra que la que estaba escrita en el Torah. Y con el tiempo se fue dilatando la “Constitución”. Por su parte, tradicionalmente, la Suprema Corte ha protegido valores liberales.

    El Knesset, al ser unicameral, permite que una simple mayoría (más de 1) en un ámbito de 120 legisladores, pueda cambiar la Constitución. En la actualidad, el Likud tiene 32 asientos y con sus aliados parlamentarios llega a 64, (4 de sus aliados parlamentarios que ocupan 28 plazas pertenecen a partidos de extrema derecha y que a la vez son ultraortodoxos religiosos —Shas, Sionistas Religiosos, Partido Sionista Religioso, Yahadut HaTorah).

    Es importante destacar que el 20% de los aproximados 9 millones de ciudadanos israelíes son árabes y se calcula que unos 3 millones de palestinos viven en la parte occidental y solo un 10% de la población judía se considera ultraortodoxa. Por ende, la Corte ocupa un papel primordial en este complejo entorno democrático.

    Dicho sea de paso, qué suerte que tenemos en Uruguay de que el Parlamento sea bicameral e incluso para muchos temas se requiere mayorías especiales. Imaginémonos o mejor no, los horrores que se hubiesen aprobado como leyes si los tres gobiernos del FA hubiesen ejercido su poder ejecutivo con una sola cámara y si todas las decisiones, aun las más relevantes, fueran aprobadas por simple mayoría.

    Netanyahu, con su intento de reformas al PJ rompería el balance existente entre la Corte y el Knesset. Estas reformas permitirían al Parlamento nombrar jueces. Hoy estos nombramientos son hechos por un comité de ministros, parlamentarios, abogados y miembros de la Suprema Corte. Y  con una simple mayoría, el Parlamento  podría anular o ignorar una decisión de la Corte. Esto daría al Poder Ejecutivo control absoluto sobre el Poder Judicial y  destruiría, por lo tanto, la separación de poderes que toda democracia debe tener y procurar. También, debilitaría la transparencia, acto indispensable para que toda democracia que se precie de sí misma funcione.

    La pregunta a hacerse es: ¿cuál es el leit motiv de este avasallamiento de Netanyahu?

    Hay dos puntos salientes a mi entender que confluyen para llegar a este avasallamiento:

    1) La base electoral del Likud se fue corriendo a la extrema derecha,  básicamente con aquellos colonos (grupos religiosos ortodoxos)  que fueron asentándose en Gaza y su Franja y a cuyo respecto Netanyahu se ha preocupado más en sus últimos dos mandatos de cortejarlos y cumplir con sus demandas políticas extremas que en mantener el equilibrio político que ha existido hasta ahora.

    Con este periodo actual, Netanyahu cumple seis mandatos como primer ministro. Es la persona que más ha estado en este cargo desde la fundación del Estado israelí.

    2) En 2019 Netanyahu fue procesado por corrupción, fraude e incumplimiento de la confianza pública. Luego de este procesamiento, debió firmar un acuerdo de conflicto de intereses que le impide iniciar cambios al sistema legal o de interferir en dicho sistema  (lo contrario de lo que está intentando hacer).

    ¿Tendrá suerte Netanyahu y podrá convertir lo que ha sido hasta ahora una democracia liberal, tolerante, que ha balanceado el extremismo religioso por un lado y el mundo secular por el otro, o convertirá a Israel en un Estado autoritario, populista a lo Kirchner?

    ¿Está dispuesto Netanyahu a arriesgar el quiebre con todo el espectro político salvo los  fanáticos religiosos? Varias encuestas indican que la gran mayoría de la población rechaza los cambios propuestos, amén de todos los exjefes de las Fuerzas Armadas, el Mossad y todos los grupos sociales mencionados  al comienzo, que comprenden todo el espectro político y social. Está además, el daño a las relaciones con EE.UU. (Biden ha recibido quejas formales respecto de esta pretendida reforma de parte de más de 90 congresistas).

    Debido a la presión que el pueblo en su conjunto está intensificando, tal como se observa en las demostraciones multitudinarias que están sucediendo desde hace meses, es que Netanyahu ha pospuesto hasta el 30 de abril (cuando comienza la sesión de verano del Knesset) la presentación  de la reforma judicial.

    ¿Netanyahu marcará un antes y un después para la democracia israelí?

    ¿Podrán los israelíes resolver las tensiones internas? (mundo religioso vis a vis mundo secular/integración de la SCJ de manera más heterogénea/designación de jueces,  entre otros temas). ¿Podrá el pueblo israelí presionar a su clase política para que actúe con grandeza y que este proceso sea efectivo y  sincero, de modo que culmine con un fortalecimiento de la democracia y no en daño hacia la misma?

    El tiempo lo dirá.

    ¡Bonne chance!

    Gustavo Segovia

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