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    El futuro de la soja: cosecha récord en EE. UU. y señales contrapuestas

    N° 1931 - 17 al 23 de Agosto de 2017

    Según el Departamento de Agricultura de los Estados Unidos (EE. UU.), en el mundo se producen unas 347,36 millones de toneladas de soja, de las cuales EE. UU. representa 119,2 millones, Brasil 107 millones y Argentina 57 millones (en estos dos últimos casos se trata de proyecciones de producción, porque se cosecharán recién en el 2018). Si sumamos Paraguay con 10 millones y Uruguay con tres millones, llegamos casi a 300 millones de toneladas. De esas 347 millones de toneladas se exportan unas 147 millones, de las cuales 97 millones van a parar a China. Por lo tanto, en soja la suerte del precio del producto se puede resumir en unas pocas variables: lo que pasa con la demanda en China y lo que pasa con la producción en EE. UU. y el Mercosur. Con eso usted tiene una idea clara de lo que ocurrirá con el grano estrella de la agricultura uruguaya.

    Empecemos por las buenas noticias. El crecimiento de China hace que la demanda de soja crezca, digamos, a 5% o 6% anual. Eso son entre cinco y siete millones de toneladas todos los años (dos veces la producción de Uruguay por año). Sabedores de que no es bueno ser tan grande en un mercado chico, los chinos abordan el problema de dos formas: una es mediante la inversión en zonas donde la tierra es barata y no hay barreras a la entrada para producir ellos mismos. La otra es más sutil y va por participar en el selecto club de las empresas transnacionales dedicadas al comercio de alimentos (llamados los ABCD por ADM, Bunge, Cargill y LDC). Ahora se suma Cofco (China), que luego de comprar Nidera y Noble empieza a consolidar sus operaciones para jugar en la cancha grande de los alimentos. En soja el problema no es la demanda sino los shocks de la oferta que derrumban los precios.

    Cuando miramos la oferta, el partido se complica un poco más. EE.UU. es por lejos el más productivo y el que tiene mayor potencial de expandir su producción. Eso, sumado a una logística de excelencia, lo pone en primer lugar para competir. En nuestra comarca Brasil tiene dónde crecer, pero su producción está lejos de los puertos y la logística complica bastante. En Argentina por las asimetrías fiscales es mejor negocio hacer maíz y no soja en verano, por lo que el potencial de aumentar el área es relativamente menor. Paraguay tiene cómo crecer, pero a costo de afectar sus recursos naturales y nosotros finalmente podemos aumentar el área pero precisamos una mano de los precios, porque a estos niveles somos caros y poco productivos.

    Lo que explica la baja de los precios de la soja es el tamaño de la oferta y no la demanda. Si bien sabíamos que EE. UU. iba camino a una producción récord, todos teníamos la esperanza de que el clima les fuera adverso. Y el problema es que aún sin serlo, logran rindes esperados que son muy buenos y eso nos complica porque nos baja la expectativa de una suba de precios. Aún falta tiempo para la cosecha de EE.UU. pero las chances de que el cultivo fracase a niveles que permitan una corrección alcista son cada vez más remotas. Y luego nos queda Brasil y lo que ocurra con su siembra de soja.

    En Uruguay estamos jugados (una vez más) a que la soja tape todos los huecos que deja un país caro para producir y con un clima marginal. Los cultivos de invierno no necesariamente pueden considerarse una ayuda sino más bien un foco de preocupación. Aparte de la cebada que logró buenos precios por un período de tiempo, el resto de las alternativas (colza en todas sus formas) compran una dinámica de precios de soja, lo cual hace el asunto doblemente peligroso. Con un sector agrícola cada vez más complicado con el pago de sus cuentas y el acceso cada vez más restringido al crédito tengo la sensación de que se lo arrincona más al agricultor a producir y vender no siempre en las mejores condiciones posibles. Y esa cuenta se termina pagando con gente saliendo del sector, más empresas que cierran y más pobreza para el campo.

    Si el clima lo permite, Uruguay volverá a sembrar en torno al millón de hectáreas de soja. Mirando muy bien los números y rezando por que llueva cuando debe, podemos timonear el verano y seguir dando la lucha. Con un poco de ingenio podríamos ayudar al sector. Empezando por políticas públicas que no tranquen sino que permitan un desarrollo más armónico y rápido de la producción, ayudar a bajar los costos y mejorar el financiamiento de largo plazo. Somos soja dependientes y en el fondo, para que los precios suban, una vez más necesitamos una desgracia ajena y buena suerte con el clima.