N° 1973 - 14 al 20 de Junio de 2018
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáAsí como a otros les fascinan las mañanas claras y los atardeceres infinitos, a mí me gusta el siglo XVII con todas sus apostillas y declives; con esas dilatadas sombras invernales, con sus trajes oscuros y los enormes cuellos blancos, con aquel naciente amor a la razón y a las razones del corazón. Aprecio por encima de otros a los gobernantes de ese período; a Enrique, el primero de los borbones de Francia; a Gustavo Adolfo de Suecia, y su notable hija Cristina; a Richelieu, constructor del Estado francés; a Mazzarino, su discípulo; a Felipe IV de España con sus 46 hijos (la mayoría mal habidos); al sensato e implacable Colbert, para quien la disciplina lo era todo en los dominios de la administración pública; al papa Rospigliosi, dramaturgo, libretista de óperas, protector de Bernini, pacificador del clero de Francia.
Fue el siglo de Port-Royal y del barroco; especialmente del barroco. La nota diferencial, lamentablemente irrepetible de esta apertura, se funda en la idea de que el hombre habita y se debate en dos universos opuestos, en la res extensa y en la res cogitans, en “esa cosa que piensa”, de la que habla Descartes y en el cuerpo que demanda, atormenta y engaña, y que se expresará magistralmente en las descripciones tan vívidas de la tensión entre las certezas de la fe y las tribulaciones del cuerpo corruptible, entre la confianza infinita en la bondad de Dios y la angustia de la carne que nos tienta con sus frescos racimos. El abismo que divide al hombre en sus dos naturalezas está en los concerti grossi de Corelli, con sus varios pares de franjas sonoras hablando y respondiéndose incesantemente, en los contrapuntos y el arte de la fuga de Bach, en los pasionales combates de violines y violas de Vivaldi, en el intimismo metafísico y nocturnal con el que habló la viola de Monsieur de Sainte-Colombe, en las tragedias sin solución de Corneille y aun en las tragedias menos borrascosas de Racine, en la teoría de las dos miserias de Pascal y en la infinita retórica de los binarios en Lope de Vega, en Góngora, en Quevedo, en Calderón, en el claroscuro de Rembrandt, en el pietismo sereno de Philippe de Champaigne, en los abismos de Caravaggio, y, de modo excelente, en el intenso juego de intenso placer e intenso dolor, de luces y de sombras de aquella Santa Teresa en éxtasis que nos ofrendó Bernini.
Hay una página memorable de Hegel en su opúsculo la Introducción a la Estética, que lo dice todo al respecto; que habla precisamente de la existencia enfrentada, dividida entre fuerzas que la reclaman para su uso antojadizo y que puede ilustrar el valor de esta concepción sin mencionar directamente pero aludiendo por todos los costados al tributo del barroco. Hegel describe el drama del hombre imaginado por ese período: “Únicamente en el hombre y en el espíritu humano esta oposición adopta la forma de un mundo desdoblado, de dos mundos separados: por un lado, el mundo verdadero y eterno de las determinaciones autónomas; por el otro, la naturaleza, las inclinaciones naturales, el mundo de los sentimientos, de los instintos, de los intereses subjetivos, personales. Vemos, por una parte, al hombre prisionero de la vulgar realidad y la temporalidad terrestre, abrumado por las obligaciones y las tristes necesidades de la vida, encadenado a la materia, persiguiendo metas y goces sensibles, dominado y arrastrado por las inclinaciones naturales y por las pasiones; por otra, lo vemos elevarse hasta las ideas eternas, hacia el reino del pensamiento y la libertad, le vemos plegar su voluntad a las leyes y determinaciones generales, despojar al mundo de su realidad viva y floreciente para convertirlo en abstracción, pues el espíritu solo afirma su derecho y su libertad cuando trata sin piedad a la naturaleza, como si quisiera vengarse de las miserias y violencias que le ha hecho padecer. Cuando esta oposición adquiere un carácter suficientemente acusado, el espíritu oscila entre estos dos términos, va sin parar de uno a otro: del deber al sentimiento, de la libertad a la necesidad. La libertad, mientras que el hombre actúa según su propia voluntad, persigue la realización de sus propias metas; la necesidad, cuando se deja determinar por las necesidades naturales, por las de las circunstancias, de su corazón y sentimiento.” (Hegel, GWF, Introducción a la Estética, Ediciones Península, Barcelona, 1973, pág. 57)
Los primeros fríos invitan a visitar la cultura del siglo XVII; proponen ese repliegue al interior profundo.