Nº 2081 - 23 al 29 de Julio de 2020
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáGalileo hizo un experimento que en su momento causó asombro: dijo que si se arrojaban dos pelotas de distinta masa desde el más alto de los balcones de la torre de Pisa se podía determinar de una vez por todas si el tiempo que tardaban en llegar al suelo era independiente de su masa; dijo, al parecer, que ambos cuerpos tocarían el piso en el mismo instante. Hobbes aplicará el mismo principio de Galileo a las desventuradas relaciones de los hombres; dirá que todos los hombres, como todos los cuerpos que caen, sustancialmente son iguales: “El más débil siempre tiene la fuerza suficiente para matar al más fuerte”. En otras palabras: el más fuerte nunca es lo suficientemente fuerte como para seguir siendo el amo.
Afirmaba Hobbes que el hombre en el estado de naturaleza es un individuo celoso de su distinción. La rivalidad, la desconfianza y el orgullo, que manifiestan una preocupación extrema por el beneficio personal, la seguridad y la reputación, son las pasiones necesarias de todos. El comportamiento del hombre resulta de un juego de fuerzas mecánicas y sumisión a las pasiones, que tira de él hasta el punto de que el hombre se convierte en fuente y objeto de violencia. Busca hacerse dueño de los demás, conquistarlo con violencia o astucia. Este estado de naturaleza sin derechos reina en coexistencia con el deseo permanente del hombre de tener una cierta seguridad y la necesidad de escapar de la muerte.
En la páginas de su libro Leviatán —obra que debería enseñarse en las escuelas normales, en las escuelas de leyes, en las escuelas de administración, en las academias de baile, en los training groups de las empresas, en los centros de instrucción militar, en los vestuarios de cualquier equipo de cualquier deporte, en la plaza pública y en los bares, casinos y cabarets— Hobbes se priva de toda concesión sentimental: “En primer lugar, puse una inclinación general de toda la humanidad a un deseo perpetuo e inquieto de poder tras poder, que solo cesa en la muerte. Y la causa de esto no siempre es que un hombre espere un deleite más intenso de lo que ya ha alcanzado, o que no pueda contentarse con un poder moderado, sino porque no puede asegurar el poder y los medios para vivir bien, lo cual tiene presente, sin la adquisición de más poder. La competencia de riquezas, honor, comando u otro poder se inclina a la contención, a la enemistad y a la guerra, porque el camino de un competidor para lograr su deseo es matar, someter, suplantar o repeler al otro.”
El estado de la naturaleza es sin ley, sin juez y sin policía; tal es su desoladora lógica. Toda victoria de uno sobre otro es momentánea; la deslealtad y los resentimientos no permiten una hora de sueño. A los que pensarían que esta antropología es pesimista, Hobbes les responde en pleno rostro que incluso en el estado social, donde existen leyes, policías y jueces, cerramos nuestros cofres y nuestras casas por miedo a ser robados, por miedo a ser asesinados.
Una humanidad así, librada a sí misma y sin orden social, habría terminado por sucumbir en poco rato, en el tiempo que tarda la flecha en alcanzar su blanco. Lo único que salva al hombre es su miedo a morir y su instinto de autoconservación; Hobbes dijo que su querida madre dio a luz dos inseparables gemelos: “Yo y el miedo”. El hombre entiende que para sobrevivir no hay otra solución que abandonar el cruel estado de naturaleza; en este punto entra triunfalmente en escena la teoría del contrato: lo que hará posible pasar de la naturaleza a la sociedad, de la guerra a la paz es un contrato celebrado entre los sujetos y un soberano.
El concepto de contrato no pertenece exactamente al campo político. Es, en sus orígenes y funcionalidad, un concepto económico y legal; su aparición eficaz, su pertinencia, está claramente ligada al surgimiento de una burguesía mercantil que exige libertad de comercio. El contrato presupone socios libres —es decir, poseer bienes y disponer de ellos libremente— que se comprometen en su propio nombre, uno a suministrar los bienes, el otro a pagar el precio. Este acuerdo produce beneficio mutuo. Llevar este principio a lo político implica para los desterrados hijos de Eva un salto tan importante como haber inventado la rueda, el apfelstrudel o la inesperada línea melódica del Libestod de Isolda.
La libertad en términos políticos empieza cuando llegan las obligaciones para restringirla.