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    El holandés Errante

    Columnista de Búsqueda

    N° 2066 - 02 al 08 de Abril de 2020

    Cuando salieron de sus casas el mundo era distinto.

    Es gente que un día se fue de viaje, antes de la explosión de la epidemia, y quedó atrapada en cruceros enormes, en lujosos hoteles flotantes que hoy surcan los océanos en busca de un puerto que los acepte.

    Son turistas presos en barcos que surcan el limbo, porque el Paraíso también puede ser una cárcel.

    Dice una leyenda que el Holandés Errante, un buque de varios mástiles y amplio velamen, navegaba por el Cabo de la Buena Esperanza cuando fue sorprendido por una tremenda tormenta. El capitán, en vez de buscar refugio en el puerto más cercano, maldijo a Dios, gritó que no le temía y siguió adelante. Entonces Dios, que suele tener pocas pulgas con los soberbios y los rebeldes, lo condenó a recorrer los océanos por la eternidad con una tripulación fantasma.

    No se sabe si esta vez hubo ofensa ni dioses vengativos, apenas que el periplo de estos barcos, que navegan por los mares del mundo tratando de desembarcar a sus pasajeros, encierra una realidad tan angustiante como inédita. Muchos destinos les han cerrado sus puertas y el recorte generalizado de vuelos internacionales los ha dejado en una situación nunca vista anteriormente, en una verdadera pesadilla que cada vez se parece más a la leyenda del barco fantasma.

    En febrero se descubrió que el crucero Diamond Princess había sido el primer foco de contagio de coronavirus fuera de China. A partir de ese momento la embarcación entró en cuarentena y sus pasajeros debieron quedarse varias semanas a bordo. El brote en el crucero causó 712 contagios y 10 muertes, entre las aproximadamente 3.700 personas que viajaban. El miércoles 25 de marzo, después de 50 días, el Diamond Princess abandonó el puerto de Yokohama donde estuvo atracado en cuarentena (1).

    A raíz de esa catastrófica experiencia los controles sobre los barcos alrededor del mundo se intensificaron, y las medidas de seguridad llevaron a muchos a vagar sin rumbo.

    El Costa Pacífica (3.780 huéspedes, 50 uruguayos) había partido el 3 de marzo de Buenos Aires, tenía previsto atracar en Santa Cruz de Tenerife, Málaga y Barcelona, y no pudo hacerlo debido a las restricciones del gobierno español. El sábado 21 de marzo llegaron a Génova, donde desembarcaron 1.454 personas de diferentes nacionalidades, de un total de 2.359. El lunes siguiente lo hicieron los pasajeros que quedaban, que descendieron en el puerto de Civitavecchia, también en Italia. El barco no presentó ningún caso de coronavirus.

    A Cartagena, Colombia, llegó el MS Braemar, de la compañía Fred Olson; a bordo iba una estadounidense que fue la primera diagnosticada en esa ciudad. Hoy, con al menos cinco casos confirmados, busca dónde desembarcar después de que se le negó acceso a varios puertos en el Caribe. Está anclado en aguas cubanas a la espera de un permiso para entrar en el puerto de Mariel.

    Los nombres se multiplican: el Celebrity Eclipse, que pasó por Punta del Este y Montevideo, el Costa Luminosa, con enfermos y sin comida, el Monach, sin virus ni puerto que le permita desembarcar, el MS Westerdam, rechazado por Filipinas y Japón, el Silver Shadow, en cuarentena frente a Recife.

    Quizá una decena de naves estén en el mar y sin destino, todavía, y algunas enfrentan problemas médicos tan serios que la situación amenaza convertirse en un infierno. Porque tras cartón, los turistas de los cruceros son, en un alto porcentaje, población de riesgo por su edad.

    Una de las situaciones más críticas es la del crucero Zaandam, de Holland America, que quedó varado en aguas chilenas frente al puerto de Punta Arenas con más de 1.800 personas a bordo. Rechazado por Chile y Perú, se dirigió a Panamá con al menos 70 personas con síntomas. Cuatro personas fallecieron a bordo el viernes y el buque fue impedido de cruzar el canal de Panamá por autoridades sanitarias del país. Al escribir esto el destino del navío, sus pasajeros y tripulantes era incierto.

    Para el negocio de los cruceros, que mueve más de US$ 45.000 millones al año, esta realidad es la peor pesadilla que pudieron imaginar. Las compañías deberán remontar la dudosa publicidad de los videos y fotos de sus barcos navegando a la deriva, como versiones modernas de la leyenda del Holandés Errante. Y si el hundimiento del Costa Concordia frente a Italia en 2012 había sido un escándalo, el Covid-19 amenaza ser el mayor problema que haya enfrentado este sector de la industria del turismo.

    Una luz de esperanza se había encendido con las declaraciones de Donald Trump sobre el rescate de la industria de los cruceros, pero finalmente el dinero anunciado no llegará a destino. ¿La razón? La mayoría de las empresas está registrada en países como Panamá o Liberia para evadir los impuestos y las leyes laborales de Estados Unidos, y por lo tanto no podrán acceder a la ayuda destinada a compañías estadounidenses.

    Como alternativa de salvación Carnival Corporation ha ofrecido sus cruceros a países afectados por el coronavirus para ser utilizados como “hospitales temporales”. El objetivo sería acoger a los enfermos que no padecen Covid-19, y así aliviar la presión sobre los hospitales en tierra y liberar capacidad para atender casos de infectados.

    La comparación con el Holandés Errante no es arbitraria, y si hoy la pesadilla de miles de pasajeros continúa, la de las empresas navieras apenas está comenzando.

    Un crucero es un hotel flotante de lujo en el que se provee de comida y bebida ad libitum, de fiestas animadas, de paisajes idílicos, un espacio suntuoso y un programa previsible pensado para el confort y la diversión de un sector acomodado de la población. Entonces, si alguien compraba un pasaje para pasar unas vacaciones a bordo, ¿qué podía salir mal?

    Cuando ellos salieron de casa el mundo era distinto: nadie podía imaginar que, al descender del barco, habría más de 700.000 infectados y 30.000 muertos (2).

    (1) Como dato interesante: 17 días más tarde aún quedaban restos de ARN (ácido ribonucleico o material genético) del virus en los camarotes.

    (2) Cifras al 30 de marzo

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