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    El infierno son los otros

    Sr. Director:

    Soy uno de los hijos de los individuos acusados de retribuir a personas menores de edad para que ejecuten actos sexuales o eróticos. Me enteré de esta noticia a través de una llamada telefónica que mi padre me hizo luego de salir del juzgado. Me comunicó su verdad, la cual está lejos de ser la verdad difundida por gran parte de los medios de comunicación nacionales, así como en las redes sociales. En ese momento, los nombres de los acusados no se habían filtrado aún y estaba estipulado que el proceso sería reservado para evitar que la información se divulgue públicamente para no afectar la investigación. De todas formas, mi padre me lo advirtió: esto iba a salir, de alguna manera u otra los nombres serían escrachados públicamente ante la atenta mirada de los otros.

    No puedo hablar en nombre de todos los imputados, pero sí en nombre de mi padre. Quien realmente lo conozca entendería que de ninguna manera podría formar parte de una red de trata sexual (por suerte la fiscal salió a desmentir que se esté investigando tal situación). Asimismo, nunca tendría relaciones sexuales con menores de edad si fuera consciente de la edad real de la mujer, y mucho menos tendría la necesidad de ofrecer algo a cambio, eso atenta contra su propio mantra.

    Dos días después de enterarme, la información se divulgó. Me llegaron mensajes de amigos, familiares, conocidos. Todos querían saber. Cuando vi que un familiar había compartido una de las tantas fotos que se pueden ver en las redes con los nombres de los acusados de ser “machos”, decidí escribir algo al respecto. Siempre aplaudí el éxito feminista y soy crítico de la masculinidad hegemónica. Rápidamente me di cuenta de que esto se convertiría en una guerra de relatos: la mujer sumisa y cautiva siendo depredada por el hombre poderoso y sádico. Este relato no es el caso, pero se hace eco y toma fuerza a partir los movimientos sociales actuales que luchan por los derechos de las mujeres, así como por el actual contexto político de nuestro país. Entendí que lo más difícil sería estar en el ojo de la tormenta mediática y social. Quizá la solución sería encerrarse en sí mismo, huyendo de la mirada del otro. Pero esto no nos salva: estamos condenados a escuchar los pensamientos del otro, que pronto se tornan insoportables.

    Ser juzgado por la mirada ajena de la sociedad no es nada nuevo de este siglo ni exclusivo de nuestra sociedad —“pueblo chico, infierno grande”—. Es el comportamiento natural del ser humano. Lo que sí es cierto que este comportamiento se ha acentuado gracias al desarrollo de las redes sociales y quizás también por la pandemia, el coronavirus, y la cuarentena, cuando nos sobra el tiempo para juzgar a los demás y todos nos hemos convertido en policías. En la obra de teatro A puerta de cerrada, de Sartre, la mirada del otro es el infierno. La mirada de los demás desnuda la presunta realidad, lo que ellos piensan se toma como la única fuente de verdad. Entonces, la mirada juzga y condena. En un infierno donde no se puede dormir, el ser es constantemente juzgado por la mirada de los otros. Es por esto que el infierno son los otros.

    Jacques Alexis Paullier de Montenegro