Nº 2095 - 29 de Octubre al 4 de Noviembre de 2020
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáYa lo sé, es una generalización indebida sin sustento razonable, pero los taxistas son los primeros conspiracionistas de la vida pública. Para probarlo hay que tomarse uno al mediodía, cuando en la radio se oyen los noticieros. Ante la incautación de la droga, el taxista dirá que la policía está metida en el negocio; ante las elecciones en Estados Unidos, dirá que ganará el que quieran los millonarios; ante la próxima fecha del uruguayo, dirá que Nacional y Peñarol ya arreglaron para jugar cinco finales y que gane Tenfield. Ni les digo lo que creen sobre la pandemia, toda digitada desde los laboratorios del Norte o los chinos, en ese detalle las aguas pueden estar divididas.
Siempre hay algo de caricatura cuando se describe la actitud de los conspiracionistas y por eso muchas veces se salta rápidamente al humor. A veces hacen reír estas teorías, pero esa hilaridad no puede hacernos olvidar lo instaladas que están en la vida política. Es más: un desafío de la nueva generación de políticos de todos los partidos es eliminar esa actitud heredada de las viejas generaciones. Aunque se confunda con la risa, la conspiración como actitud es venenosa.
Todas las personas de más de 55 años crecieron en un mundo dominado por espías, locales y globales. Servicios secretos, informantes, infiltrados. Algunos lo vivieron en carne propia durante la dictadura, otros lo leyeron o experimentaron a un lado u otro de la cortina de hierro. El aspecto común a estas prácticas es la desconfianza radical de lo que se informa y lo que se declara. Nada es lo que parece. Esta matriz es el sustrato de la mirada conspirativa y ha calado hondo.
El pasado 19 de octubre el exministro José Bayardi declaró en el programa Todas las voces de Canal 4 respecto a las auditorías anunciadas por la ministra Azucena Arbeleche. La declaración dura dos minutos. Hasta la 01.08 h Bayardi hace una afirmación política: denuncia que las auditorías son “humo”, un acto para dañar al gobierno anterior, sacándose cartel con una práctica que está instalada en el sistema y no es una novedad de esta administración. No importa si uno está de acuerdo o no, la declaración aporta a la discusión general. Hace a la tensión democrática.
Pero a partir de la 1.09 h Bayardi dice que lo de las auditorías es parte de una estrategia general que no es nueva y sucede en otras partes de América Latina. Es más, declara que es un plan delineado por el expresidente Luis Lacalle Herrera en el Hotel Marriot de Atlanta, EE.UU., durante el año 2012. Allí en un encuentro de la Fundación Paz Global, el expresidente habría declarado: “Dado que a estos comunistas no podemos ganarles por los votos, tenemos que servirnos de medios de comunicación y operadores judiciales que operen para llevar adelante la deslegitimación de liderazgos y de partidos”. Al revés de lo que sucede con el primer minuto de la alocución de Bayardi, aquí no hay política, hay conspiración, no hay aporte a la discusión pública.
Otro ejemplo reciente es el de Cabildo Abierto, una fuerza política que tenía todo para introducir novedades, pero que en poco tiempo se acopló al peor ingrediente de las viejas maneras: la actitud conspiradora. Desde el sorismo de izquierda que nos manipula para que estemos a favor del matrimonio igualitario hasta la desconfianza del sistema judicial, pasando por la prensa que investiga desde intereses corporativos ocultos, el partido que lidera Guido Manini Ríos lee demasiadas cosas en clave de conspiración. Es una manera que vicia el mecanismo político.
Último ejemplo: el tuit del pasado 21 de octubre de la senadora oficialista Graciela Bianchi, en clave intrigante respecto al accionar del director del Instituto Pasteur, Carlos Batthyany. Sostiene que “hace declaraciones graves con respecto a la situación sanitaria del país” y se pregunta “qué objetivo tiene”. Un poco de ironía y un poco de matriz conspiradora, la línea que los separa es muy delgada.
Podría seguir con ejemplos porque los hay: personas que interpretan la realidad en clave conspiradora. No nos damos cuenta lo que socava la democracia esta actitud. Lo que siembra, entre teoría y teoría intrigante, el odio y la desconfianza.
Para entender cómo la idea conspirativa dinamita la vida pública, es necesario advertir dos peligros. El primero es la confusión entre conspiración y sospecha. La primera es destructiva, mientras que la segunda es constructiva. La sospecha es un motor para el periodismo libre, la división de poderes, la salud del sistema, el crecimiento personal. Es una actitud que se abre al saber y lo desconocido.
Si sospecho que hay algo raro en la declaración de un jerarca, investigo, pido acceso, voy al archivo, hago llamadas, descubro una olla podrida de tal o cual. Viva la democracia. Nada de eso es posible en la conspiración: ahí ya todo está consumado, el conspirador ya cree saber toda la trama. Lo que estudia le sirve para validar la posición que ya tiene antes de empezar a leer (ojo, los buenos conspiradores son personas informadas, recolectan mucha información, el tema es que ya tienen el puzle armado antes de empezar).
El segundo peligro es escapar a la idea de que, al desacreditar el conspiracionismo, uno se vuelve ingenuo, desconoce que el mundo es una jungla llena de artimañas. Falso: entre ser conspiracionista y ser iluso hay un trecho que tiene que ver con estar atento y alerta. No creerse todo, pero tampoco desconfiar de todo. Ese equilibrio es todo el arte del aprendizaje, la reflexión, la vida política y el periodismo. Saber confiar, saber dudar. Saber preguntar, saber escuchar respuestas. Eso es discusión pública.
Una vez sorteados los peligros y abandonada la conspiración que envenena la política, se harán diáfanas dos cuestiones entrelazadas: los gestos y lo imprevisto de las acciones. Los primeros son esos detalles que hacen al quehacer político: el gesto es el combustible principal de la vida política. La llamada entre los adversarios, la palmada en el hombro, el papel sorpresivo sobre el escritorio antes del discurso..., combinar retirarse el mismo día del Senado de la República. El gesto de Argimón, Mujica y Sanguinetti: detalles imposibles de ser protocolizados, legalizados, ordenados. Gestos, minucias, pormenores, guiños que parecen invisibles, pero que a la larga sostienen el sistema. El conspiracionista está imposibilitado de ver esta dimensión: necesita grandes tramas maestras y ocultas y perversas. No cree en gestos, no ve esas pequeñeces.
De la mano del gesto aparecerá también lo imprevisible, aquello que no se ajusta a ningún patrón, que nadie lo vio venir, lo misterioso e inasible que tienen los seres humanos. Esta condición humana es la base de la novedad, de que cada generación reciba el legado de la tradición y lo prepare para la siguiente. En esa línea, vuelvo al desafío generacional: erradicar esa mirada conspiradora que infiere perversidades y engaños que explican lo mal que está el mundo. Abonar la confianza en las capacidades compartidas y espontáneas que tenemos para transformarlo. Es un cambio de paradigma. Un nuevo viaje que puede empezar. Hay que llamarlo y viene. Tres minutos, cero fichas.