N° 2072 - 21 al 27 de Mayo de 2020
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáA mediados de la década de 1720 Alexander Pope, que provenía de una familia acomodada pero perseguida por su pertenencia a la religión de Roma, vio titubear su estabilidad económica y se decidió a ganar dinero con la literatura, algo que era impensable entonces y en general es difícil en todas las épocas.
Sus amigos del Scriblerus Club, que incluía a John Gay, Jonathan Swift, John Arbuthnot y Thomas Parnell, penaron noche y día tratando de vislumbrar algún camino que salvara al gran poeta en apuros. Será a Swift, con quien Pope tenía una relación de viva amistad y también de fuerte competencia, a quien se le ocurriría proponerle que realizara una nueva traducción de la Ilíada. Pope, que era de las figuras que mejor dominaba la lengua de Homero, se sintió más que retado por la propuesta y asumió la empresa con su famoso juvenil entusiasmo.
En pocos meses la obra estuvo terminada y se convirtió en un gran negocio para el traductor y el editor. El libro se vendió mediante suscripción previa y en pocas semanas agotó su primera edición; Pope no solamente pudo hacer frente a sus deudas sino que también se aseguró un solaz prácticamente de por vida gracias al mérito único de su brillante adaptación. Y tanto le fue bien que enseguida emprendió la aventura de la Odisea con el mismo resultado; conclusión: en poco menos de dos años el poeta se convirtió en el intelectual más pudiente de su generación. No conforme con todo ello afrontó la riesgosa y feliz tarea de traer a Shakespeare a su tiempo bajo la forma de ordenación y análisis de su obra, siendo uno de los responsables de evitar que ese nombre sagrado se perdiera para siempre de la ingrata memoria de los hombres.
Tanto suceso le mereció justificadas envidias, amargos recelos, no pocas intrigas y unos cuantos apóstrofes de los mediocres, sector considerable de la opinión pública y en parte del poder en toda época y lugar. Algunos comentarios sobre su trabajo relativo a Shakespeare, alguna apostilla resentida sobre ciertas líneas de un par de poemas podrían haberlo matado de indignación si no fuera que en el fondo Pope tenía además de su formidable inteligencia una saludable dosis de malicia como para devolver con creces el menoscabo que se le pretendió infligir. Ahí está de pie su colección de sátiras que prodigaron mortificación a los más atrevidos de los inferiores con los que tuvo que lidiar su magnífico ingenio. El gran Swift, que por entonces ostentaba con legítimo título el carácter de maestro de la sátira, se inclinó con sincera admiración y con alegría ante los filosos juegos del poeta y no tuvo más salida que concederle muchos de los laureles que ceñían su afiebrada frente.
Las obras satíricas de Pope tienen un tono ligero, en comparación con las de Swift; su estilo es alegre y parece despreocupado, adormeciendo al lector con una falsa sensación de complacencia respecto del tema que está ridiculizando. Swift, en cambio, es más agudo y audaz; mientras que a Pope se lo podría considerar gentilmente burlón y en especial burlón subversivo, a Swift hay que ubicarlo sin hesitar en el campo de lo abiertamente escandaloso e impactante, de aquello que además de denunciar, perturba. Así es fama que lo vio la última de los Estuardo, la reina Anna, para quien Swift era una continua bofetada, según dijo a uno de su séquito, en tanto que Pope sentía que le cantaba suavemente aunque la hiciera sonreír.
Lo fascinante de Pope, creo, tiene que ver con su inclinación por el misterio. No en vano es poeta y no tanto polemista o siquiera filósofo. Como a toda persona de corazón profundo, le gusta frecuentar lo que está detrás del velo. Me conmueven algunas de sus observaciones sobre esos límites; comparto uno testimoniado en su Primera Epístola: “El cielo oculta a todas las criaturas el libro del destino, excepto la página que les hace falta, y es la de su actual estado; como oculta a los brutos lo que conoce el hombre, y a los hombres lo que saben los espíritus: ¿quién podría de otra manera soportar en la tierra su existencia? Tu deleite condena hoy a muerte al corderino; si tuviera él tu razón, ¿saltaría y retozaría? Contento hasta el postrer momento pace en el prado la florida yerba, y lame la mano que va ya a alzarse para derramar su sangre. ¡O ignorancia de lo futuro! que nos has sido piadosamente dada, para que podamos todos concluir el círculo trazado por el Ser supremo”.
Esa suerte de fatalismo, que en otros es una restricción, en Pope fue toda una apertura.