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    El módulo 8, un lugar con una cama cada dos presos, donde las condiciones están en la teoría y desaparecen en la práctica

    Decenas de reclusos duermen en el suelo, reciben artículos de limpieza solo si las visitas los llevan, menos de la cuarta parte realiza tareas laborales y educativas y conviven con ratas y cucarachas

    Cada una de las 120 celdas del módulo 8 del Comcar tiene unos 12 metros cuadrados. En promedio, las habitan cuatro reclusos, tres metros cuadrados por persona. Menos de la mitad tienen una cama para dormir. Y hasta hay unas decenas que no cuentan ni siquiera con una colchoneta. Hay quienes conviven con goteras. Las duchas no funcionan y contar con elementos básicos de higiene depende de que las visitas los lleven. Abandonar la celda está reservado para momentos excepcionales. Las salidas al patio no superan los 90 minutos por semana y las actividades educativas y laborales son para menos de la cuarta parte de los presos.

    El diagnóstico es penoso y no sorprende, ya que en los informes de los años 2016 y 2017, elaborados por el comisionado parlamentario para el sistema de cárceles, Juan Miguel Petit, ese lugar fue categorizado como de “trato cruel, inhumano y degradante”. En el marco de una investigación, la Justicia le pidió a Petit que le diera detalles de lo que allí ocurría y aprovechó para realizar entre el 10 y 12 de octubre un censo en las celdas. De allí surge un informe, que también fue entregado el miércoles 14 al Parlamento, y al que accedió Búsqueda.

    En el módulo 8 conviven 502 de los cerca de 3.200 presos recluidos en la Unidad Nº 4 Santiago Vázquez (Comcar). El lugar, según cifras del Ministerio del Interior, es para 310 reclusos, cerca de 200 menos de los que cumplen sentencia allí. Sin embargo, en el informe, Petit dice que su relevamiento mostró que la situación es aún peor. La cantidad de camas que su equipo constató fueron 215, lo que muestra que la población supera el doble.

    En el módulo 8 conviven 502 de los cerca de 3.200 presos recluidos en la Unidad Nº 4 Santiago Vázquez (Comcar). El lugar, según cifras del Ministerio del Interior, es para 310 reclusos, cerca de 200 menos de los que cumplen sentencia allí.

    En algunos casos, como los sectores B2, C1 y C2, el escenario es aún más complicado y la población ronda el triple de la cantidad de camas. Y por ejemplo, en la planta alta del sector C2 hay una sola cama en todo el pabellón, donde están presas 30 personas. El paliativo es que tengan colchones. Pero de acuerdo con el relevamiento, hay 448 y varios en realidad son pedazos de colchonetas muy rotas. Esto significa que a la falta de camas se suma que para 57 presos no hay ni una colchoneta donde dormir.

    Petit indica en el informe que “en todos los sectores hay un hacinamiento muy crítico” debido a la cantidad de plazas y el espacio en el que habitan los presos, pero además por “el régimen de encierro permanente en celda que predomina en el módulo”.

    De hecho, uno de los funcionarios le dijo que “la capacidad operacional del lugar está colapsada”, y que “sencillamente, no puede funcionar con ningún fin”. Y esto no solo afecta a la hora del descanso sino que las consecuencias están en cada dinámica diaria. En la teoría, todos los días, según se relata en el informe, se abren las puertas para retirar la basura. Pero en la práctica no ocurre. Y los presos la tiran por una especie de ventana que tienen al fondo de las celdas, sobre lo que originalmente era una ducha. Los desechos caen en corredores que separan las hileras de celdas y una cuadrilla de cinco presos tiene que limpiarlos a diario por la enorme cantidad de basura que se produce, pero no alcanza. El resultado: aparecen las ratas y las cucarachas.

    La comida se entrega a través de un pasaplatos del cual los presos se sirven en sus tuppers, lo que hace que en muchos casos las celdas se abran solamente para los días de visita. Y para ilustrarlo, Petit relata que durante el recorrido vio cómo un recluso le decía a otro que dormía en un colchón: “Despertate, despertate. Mirá que hoy abrieron la puerta”.

    El comisionado constató que en varias de las celdas hay goteras. No hay ducha en casi ninguna y los reclusos se bañan con tachos caseros de agua. Jabón, pasta de dientes, papel higiénico y otros artículos de limpieza básicos llegan si los llevan las visitas, únicamente. Y el agua caliente es una excepción para aquellos que tienen la “motito”, que consiste en un calentador artesanal que crean ellos mismos.

    Para lograr una rehabilitación, las actividades educativas y laborales son fundamentales. Esos son momentos en que los presos pueden salir de sus celdas así como cuando tienen un tiempo para estar en el patio o cuando reciben visitas. En el módulo 8 son excepcionales.

    La teoría marca que una vez por semana los reclusos salen al patio. En la realidad, el régimen es variado entre sectores y celdas. El tiempo también depende del funcionario. En algunos casos puede llegar hasta 90 minutos semanales y en otros, apenas 15. Y en algunos sectores se constató que hace varios meses que los presos no van al patio.

    Para lograr una rehabilitación, las actividades educativas y laborales son fundamentales. Esos son momentos en que los presos pueden salir de sus celdas así como cuando tienen un tiempo para estar en el patio o cuando reciben visitas. En el módulo 8 son excepcionales.

    La visita tampoco es garantía de abandonar la celda al menos por un rato. Varios reclusos han roto los vínculos con sus familiares. Para quienes sí mantienen las relaciones hay otro problema y son las condiciones del lugar destinado a la visita. Los baños no tienen agua. Los salones no tienen luz ni electricidad. Las salas para visitas conyugales no se usan, por lo que se realizan en otro lugar. Las sillas y mesas son de cemento y en el patio deben sentarse en el suelo. “El estado general de las salas y el patio es muy malo. Hay mala iluminación, mala limpieza. En particular, es totalmente inapropiado para la presencia de menores porque “el clima es triste y tenso, seguramente traumático para los niños”, dice Petit en el documento.

    El acceso al trabajo está reservado para unos pocos, menos del 10%. De los 502 presos que viven allí, 41 están registrados en las planillas de trabajo. Solo tres de ellos realizan tareas fuera del módulo. Algo similar ocurre con las actividades socioeducativas. En el registro de personas que han recibido alguna actividad figuran 67 reclusos, de los cuales 51 acceden a la educación formal –22 en Primaria y 29 en Secundaria– y de los restantes 16 hay 13 que asisten a talleres que brinda una ONG.

    Solo una persona trabaja y estudia a la vez, lo que significa que entre ambos tipos de actividades hay involucrados 107 reclusos —21,3% del total—. Para Petit, “la falta de perspectivas reales de que aumenten la dotación de programas” genera “un clima de depresión y falta de horizontes”.

    Todo esto lleva a Petit a concluir que en el módulo 8 se “violentan masivamente” las Reglas Mandela, término con que se denomina a las normas mínimas para el tratamiento de los presos establecidas por Naciones Unidas. En todas las áreas “se observan enormes carencias que comprometen de manera extrema una inserción no violenta o conflictiva de los privados de libertad en la sociedad abierta”.

    Y por ello pide que se dé una intervención del Ministerio del Interior articulada con organismos de la salud, de la educación y el trabajo, para “promover el derecho a la vida” de los presos y de con quienes “se relacionarán en un futuro muy cercano, es decir, la sociedad toda”.

    Información Nacional
    2018-11-15T00:00:00

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