N° 2057 - 30 de Enero al 05 de Febrero de 2020
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáMientras en Uruguay las mayores preocupaciones parecen estar centradas en la definición de las candidaturas para la Intendencia de Montevideo, tanto en el Frente Amplio como especialmente en la “coalición multicolor” el mundo continúa andando y provocando impactos de distinto tipo —positivos y negativos— que condicionarán el inicio del nuevo gobierno a partir del 1º de marzo.
Comenzando por las noticias positivas, es cada vez más claro que el panorama en materia de tasas de interés y liquidez internacional seguirá siendo extraordinariamente benigno durante 2020 por lo menos. Esta semana, la tasa de interés a 10 años en Estados Unidos (EE.UU.) llegó a tocar un mínimo de 1,57%, como consecuencia directa del temor causado en los mercados internacionales por las potenciales consecuencias del coronavirus, que comenzó en China y se ha extendido a diversos países. Por otra parte, ayer miércoles 29, la Reserva Federal estadounidense confirmó que efectivamente se encuentra “on hold” este año en materia de tasas de interés, que seguirá inyectando liquidez al menos hasta el segundo trimestre para mantener la calma de los mercados monetarios, y que solo un cambio significativo en el escenario previsto llevaría a cambios en la actual estrategia.
Otro impacto positivo para Uruguay producto del miedo por el coronavirus fue la caída que tuvo el precio del petróleo; el crudo Brent, que había llegado a orillar los US$ 67 por barril a inicios de enero en medio del aumento de las tensiones entre EE.UU. e Irán, ahora se ubica en el eje de los US$ 60 (lo que, según se informó, fue bien aprovechado por Ancap para contratar un seguro de precio por unos dos millones de barriles). Si esta situación se mantiene, sería bueno revisar la aparente decisión de aumentar las tarifas de los combustibles no bien asuma el nuevo gobierno.
Pasando ahora a los efectos no tan favorables o directamente negativos, es claro que el impacto del coronavirus —particularmente si el miedo al contagio se extiende durante mucho tiempo— va a tener un efecto “ralentizador” del crecimiento de la economía mundial, que ya de por sí no apuntaba a ser demasiado dinámico y fue revisado a la baja por el Fondo Monetario Internacional. Junto a la tendencia del dólar a apreciarse en los mercados cambiarios internacionales en contextos de “risk off” (debido al rol de refugio que sigue teniendo el billete verde en momentos de alta incertidumbre global), el menor crecimiento global debería tener un efecto negativo sobre los precios de las materias primas, como se ha visto con claridad esta semana tanto en el complejo energético como en los minerales básicos y en los productos agrícolas. De hecho, en lo que va de enero, por ejemplo, la soja bajó más de 5%, se ubicó en el eje de los US$ 328 la tonelada, frente a US$ 347 de cierre del año pasado. Es una mala noticia, no solo para los agricultores uruguayos sino de toda la región —y ni que hablar para el gobierno argentino, tan dependiente del “yuyito” tanto para conseguir los dólares necesarios para pagar la deuda como para obtener ingresos fiscales vía detracciones.
En definitiva, una prolongación más o menos extendida del actual contexto de miedo originado por el coronavirus intensificará las presiones deflacionarias globales para toda la región, tanto por la caída de los precios de las materias primas como por el potencial mantenimiento de un alto valor relativo del dólar en los mercados cambiarios internacionales. Para un país como Uruguay, que es una “isla muy cara” en dólares, ello potencialmente presenta problemas muy significativos.
Otro factor más cercano que vuelve a complicar la coyuntura, más allá de que era previsible, es el nuevo deterioro en el contexto argentino, en medio del comienzo de la negociación con los acreedores para la reestructuración de la deuda. Luego del –en alguna forma– ingenuo optimismo que se había desatado en los inversores tras las primeras medidas adoptadas por el gobierno de Alberto Fernández, en los últimos días los precios de los bonos en dólares volvieron a mostrar caídas significativas y el riesgo país trepó por arriba de los 2.000 puntos; las brechas cambiarias se ampliaron a niveles récord y el banco central debió otra vez vender dólares (cuando venía comprando, “cepo” mediante, prácticamente todos los días hasta hace unas semanas). La caída estacional de la demanda de dinero que se da en febrero y la creciente desconfianza a medida que avanza la “mano de póker” entre el gobierno y los acreedores, augura mucho mayor volatilidad cambiaria y nuevas ampliaciones de las brechas en las próximas semanas. Esto traería mayores dificultades a nuestra competitividad bilateral, lo que ya se ha sentido notoriamente en la actual temporada turística.
Todo este panorama externo y regional agrega más complejidades en materia económica al arranque del nuevo gobierno, que ya de por sí era bastante complicado dado el alto déficit fiscal, la caída del empleo, el estancamiento económico y el altísimo nivel de “costo país”.