N° 1774 - 24 al 30 de Julio de 2014
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa buena sociedad es un escenario en el que todos los días y todas las noches se representa una sensacional comedia de enredos que algunos ingenuos insisten en llamar de amor, pero que en realidad es de ambición, es de vanidad, de vértigo y de esperanzas insolventes y supersticiosas. Así ve William Thackeray el mundo que le ha tocado en suerte y por eso no ahorra invectivas y sarcasmos, y despoja de todo lirismo y de cualquier rasgo de melancolía a un par de duelos sentimentales aparentemente hondos que tienen lugar en su obra maestra “La feria de las vanidades”.
Si un lector provisto de un lápiz de color se tomara el trabajo de subrayar la profusión de pausas digresivas que contiene este texto, es decir, de partes en las que el narrador aporta indicaciones metanarrativas, comprobaría para su azoro que buena parte de la posible acción de la novela es retaceada por los apuntes críticos acerca de costumbres, ideas y personajes. El efecto a priori parece increíble: un discurso ficcional que captura, que absorbe de modo absoluto la atención en cada una de sus escenas se diría que está concentrado de manera excluyente en la evolución de la historia que narra y no tanto en su comprensión, en su formulación conceptual. Pero el arte de este artista permite ese juego del doble registro sin que haya ninguna afectación de la eficacia dramática, antes bien, como ocurre con el coro de la antigua tragedia ática, las intervenciones conceptuales, la búsqueda de la conciencia del lector contribuyen a establecer una mayor cercanía con los episodios que se narran.
Por ejemplo, tenemos el tratamiento de la deprimente situación de una familia (los Sedley), que al principio de la novela era deslumbrante y despertaba no pocas envidias en una de las heroínas; luego de casi 300 páginas esta gente conoce una serie de reveses económicos y sociales que la ponen en los márgenes de la decencia pública y del respeto, es decir, fuera de la codicia y estima de los que viven en la superficie contable de la realidad. El narrador sacude al lector con un llamado de atención; le recuerda que en la infinita trama de las causas y de los efectos no hay nada que se pueda proyectar con seguridad, que la vida es un hecho abierto a los humores misteriosos del destino. Lo que ocurre a los pobres Sedley, rutilantes un par de años antes, es lo que se agazapa secretamente en las posibilidades de cada mortal en este mundo. Y así lo dice: “¡Lector querido! No te mueva a risa la situación del señor Sedley: muévete más bien a lástima, porque muy bien puede ser un día la tuya. Nadie tiene vinculada la suerte a su persona; todos corremos peligro de ver arrebatado nuestro puesto en el tablero del mundo por personas que nos venzan en cualidades o en suerte, y si descendemos, si perdemos nuestra posición, nuestros amigos cruzarán la calle para evitarnos, o bien, cuando nos tropiecen, nos alargarán dos dedos de su diestra con aire protector, lo que es todavía peor, porque esos amigos luego que hayas pasado por su lado, dirán: ‘¡Pobre diablo! ¡Qué de imprudencias ha cometido! ¡Qué de excelentes ocasiones ha desperdiciado!’. Mas pasear en lujoso carruaje y tener una renta de tres mil libras esterlinas anuales no lo es todo, y puesto que los charlatanes prosperan con tanta frecuencia como fracasan, y los truhanes y bandidos quedan también sujetos a los caprichos del azar, en la misma forma y medida que las personas decentes, no parece prudente que se dé demasiada importancia a los bienes y goces terrenales, y puede ocurrir que... Pero volvamos a nuestra historia, de la que nos estamos alejando”.
Bajo tales auspicios las criaturas de Thackeray se entregan insensatamente a la espiral de acontecimientos que turbarán sus vidas sin que comprendan mucho en qué, por qué y, lo más inquietante, para qué. Todos tienen como centro radical y único de su existencia el crecimiento social, el matrimonio como vehículo perfecto para alcanzarlo sin que se note demasiado, la necesidad de complacer e imitar el gusto y los buenos y malos hábitos de los que tienen más poder; esto último es más difícil que todo lo anterior, porque en una sociedad dinámica donde triunfan los negocios, el dinero termina haciendo justicia con muchos aventureros que las antiguas familias de menguadas y antiguas fortunas deben aceptar sin hacer demasiado visibles las muchas úlceras que esto les provoca.
Ninguna novela consiguió mostrar tan cercanamente el arrebato y la furia de esa tensión dialéctica entre la estática y la dinámica social de la que hablaba Comte como esta grata y muy mordaz historia de amores ridículamente aplazados, cuya lectura urgente encarezco.