Nº 2186 - 11 al 17 de Agosto de 2022
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acá“Dime con quién andas y te diré quién eres”. Este refrán tiene (en parte) razón. El ser humano es un ser gregario y tendemos a relacionarnos con “gente como uno”, pero no siempre elegimos “buenas compañías”. Un reciente estudio de la Universidad de Harvard (publicado en la revista Nature1) concluye que “crecer en una comunidad conectada entre clases (ricos y pobres) mejora el resultado de los niños (en el correr de sus vidas) y les da una mejor oportunidad de salir de la pobreza”.
El New York Times2 escribe sobre esta invetigación diciendo que “el estudio trata de cuantificar el efecto de varias maneras. Creo que uno de los más nítidos compara a dos niños similares que provienen de hogares de bajos ingresos: uno que crece en una comunidad donde los contactos sociales provienen principalmente de la mitad inferior de la distribución socioeconómica, y otro que crece en una comunidad donde los contactos sociales provienen principalmente de la mitad superior. La diferencia promedio entre los dos, en términos de los resultados esperados en adultos, es significativa entre un niño que crece en una familia que gana $ 27.000 al año y uno que crece en una familia que gana $ 47.000”.
El estudio procura sumar elementos para definir mejores políticas de movilidad ascendente, y si bien la educación es un factor clave para lograrlo, lo cierto es que si los jóvenes, aun cuando recibieran la mejor educación posible, lo hacen dentro de su grupo socioeconómico y cultural, los avances no son tan buenos como si el grupo estuviera integrado por miembros de diferentes clases sociales.
Es que no se trata solo de dinero. Los pobres suelen ser pobres porque piensan en términos de escasez, en cambio, los ricos suelen ser ricos porque piensan en términos de abundancia. El Robin Hood index lo muestra claramente: si se repartiera toda la riqueza en partes iguales, en pocos años el 80% de los ricos volverían a ser ricos y el 80% de los pobres volverían a ser pobres.
Además, las expectativas sobre el futuro y el abanico de opciones que surcan la mente de ambos segmentos son bien diferentes. Si en tu entorno conformado por familiares, vecinos, amigos y conocidos, la mayoría de ellos tienen empleos básicos, viven en viviendas pequeñas y ni siquiera se animan a pensar en proyectos más ambiciosos, eso sin duda influye en el joven, que de alguna manera se autocensura a pensar en grande.
En cambio, cuando ese joven se ve capaz, inteligente, decente, generoso y dispuesto a esforzarse para salir adelante en la vida (sea laboralmente, en el deporte, socialmente o para conformar una familia) y se da cuenta de que tiene las mismas o más cualidades que su compañero “rico”, eso le da la confianza para lanzarse a nuevas aventuras.
Además, esa red de contactos que se crea en el liceo y la universidad facilita que las personas mejor ubicadas en la escala social estén dispuestas a abrirle las puertas y oportunidades a ese compañero que —si bien su familia no supo o no pudo hacer dinero— es una persona inteligente y confiable. Entonces, ¿por qué no tenderle una mano?
Según Raj Chetty, economista de Harvard y uno de los cuatro autores principales del estudio, “parece haber tres mecanismos principales mediante los cuales las amistades entre clases pueden aumentar las posibilidades de una persona de escapar de la pobreza. El primero es la ambición aumentada: la familiaridad social puede dar a las personas un sentido más claro de lo que es posible. La segunda es información básica, por ejemplo, cómo solicitar ingreso a la universidad y ayuda financiera. El tercero es la creación de redes, cómo obtener una recomendación para una pasantía”.
Al igual que Facebook, el mal sistema educativo público ha hecho que las personas con un poco más de poder adquisitivo traten de enviar a sus hijos a colegios privados, y lo más paradójico es que ni siquiera lo hacen para que aprendan más (cosa que lamentablemente no sucede), sino para asegurarse de que tengan clases todos los días y se relacionen mejor socialmente. Esto genera sesgos y brechas difíciles de cerrar.
Como yo fui a la escuela pública en la década del 60, sé de las ventajas de esa integración social que se daba naturalmente en el aula y en los recreos. Por eso creo que hay que implementar urgentemente el sistema de “vouchers” escolares, para que cada joven reciba una suerte de cheque que pueda usar para pagar su educación, sea en una institución pública o privada. Algunos colegios tomarán ese cheque a cambio del curso completo y otros cobrarán un plus, pero eso permitirá que los jóvenes reciban mejor educación (por la propia competencia entre colegios públicos entre sí y entre colegios privados) y, además, se integren socialmente y eso sirva de ascensor social.
La prueba del nueve a esta iniciativa es muy sencilla: pregúnteles a los padres a qué colegio quiere enviar a sus hijos si no tuvieran una restricción económica y estoy seguro de que escogerán mejores opciones que las que reciben hasta ahora. Que se haga. Por el bien de los jóvenes y por el bien de toda la sociedad.