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    El nuevo fanatismo

    Sr. Director:

    Nazismo y apaciguamiento. El 1º de setiembre de 1939, con la invasión de la Alemania nazi a Polonia, se iniciaba lo que seguramente fue la conflagración más terrible en la historia de la humanidad.

    Comenzaba la Segunda Guerra Mundial.

    Decenas y decenas de millones de muertos. El Holocausto del pueblo judío. Genocidios de otras minorías como ser los gitanos. Bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasaki. Europa desangrada. Buena parte de Asia también. Sin olvidar el norte de África. Destrucción y muerte.

    La Segunda Guerra Mundial duró seis años. Los nazis, sus aliados y cómplices fueron finalmente derrotados. Sin embargo el nazismo no fue totalmente vencido.

    Cuando uno repasa los acontecimientos que condujeron a la Segunda Guerra Mundial —partiendo del Tratado de Versalles de 1919— llega a la conclusión de que, a pesar de Hitler, el nazismo y un montón de circunstancias en cadena que se fueron dando, la guerra podría haberse evitado en la medida en que los otros países, particularmente las democracias occidentales, hubiesen actuado con convicción y firmeza cuando aún lo podían hacer, es decir, antes de 1939.

    Lo que ocurrió fue totalmente lo contrario.

    Amparado en la bien intencionada pero cada vez más débil democracia de Weimar, el veneno nazi se fue expandiendo, primero por Alemania —crisis sociales y económicas mediante, más la ceguera y desunión absoluta entre los partidos políticos opositores— pero la responsabilidad principal la tuvieron posteriormente las democracias occidentales europeas (en especial el primer ministro inglés de aquellos tiempos, Neville Chamberlain), las cuales, en lugar de actuar con energía ante la Alemania nazi, practicaron una tan ingenua como nefasta política de “apaciguamiento”, la que llegó a su punto culminante en la Conferencia de Munich, setiembre de 1938, cuando Checoslovaquia fue “vendida” para evitar una guerra que de todos modos no se evitó. La evaluación política de dichas democracias fue de lo más errónea, considerando las mismas a Hitler como un mal menor respecto a, por ejemplo, Stalin. Si Francia, Inglaterra y Stalin se hubiesen unido contra el nazismo antes de 1939... pero no fue así, como sabemos.

    Por si todo esto fuese poco, el pacto germano-soviético de agosto de 1939 —responsabilidad compartida entre Stalin y las mencionadas débiles democracias en las cuales el dictador soviético no confiaba y en parte con razón— fue finalmente la gota que desbordó el vaso.

    La lección es clara: la respuesta frente al nazismo y otros totalitarismos, extremismos y fanatismos debe ser firme, enérgica, uniéndose todos aquellos que puedan hacerlo ante el enemigo común.

    No funciona, no puede funcionar en esos casos ni la moderación ni el ingenuo apaciguamiento.

    Y si la democracia no es capaz de enfrentar “democráticamente” —valga la redundancia— a esas hordas de asesinos, pues entonces hay que enfrentarlos de la única forma que ellos entienden. Comenzando por situarlos al margen de la ley.

    La democracia no debe nunca permitir en su seno a grupos, movimientos o partidos que pongan en peligro... la democracia. La sagrada libertad de expresión y otras sagradas libertades no pueden ser utilizadas ni para difamar, ni para discriminar, ni para agredir.

    Cuando a estos grupos se los deja crecer y no se los detiene a tiempo las consecuencias, tarde o temprano, están a la vista.

    Por cierto no solamente hay que combatirlos —reitero, en primera instancia por la vía legal, constitucional— sino hay que, obviamente, combatir las causas de fondo que son las que hacen posible el surgimiento y consolidación de estos grupos extremistas, irracionales y fanáticos.

    Y seguramente, antes que todo esto, está la educación, la que debería ser la principal y más eficaz herramienta contra los movimientos nazifascistas y racistas del tipo que fueren.

    Cuando escribo “educación” me refiero a instituciones educativas formales, planes de estudio a aplicar desde la más tierna edad. Pero por sobre todo a la educación en el hogar, la cual ninguna escuela reemplaza.

    Tampoco en nuestro querido Uruguay estamos ajenos al flagelo. También aquí debemos de hacer todo lo posible para prevenir antes que tener que curar, por más que, comparativamente con otras latitudes, estamos relativamente mejor en cuanto al tema que nos ocupa.

    Hoy día, el “ismo” que está sembrando el caos en el mundo es el terror-ismo, bajo la forma de fundamental-ismo islámico (no esta demás aclarar que el Islam es otra cosa muy distinta).

    Contemplamos con horror lo que ocurre en Siria, Irak, Nigeria —para citar solo algunos ejemplos— con bandas terroristas como Al Qaeda, Boko Haram u otros grupos que también se “mueven” —es decir, asesinan— en la región y más allá y por si todo esto fuera poco, hace su aparición el Estado Islámico.

    En su momento, el nazismo sembró el caos en el mundo: racismo, destrucción, muerte.

    Más allá de las diferencias, las actuales hordas terroristas-fundamentalistas mencionadas también están sembrando el caos en el mundo. Ahora es Medio Oriente. ¿Y luego?

    ¿Hemos aprendido una de las lecciones de la Segunda Guerra Mundial?

    Al nazismo se lo dejó venir y ya sabemos cuáles fueron las consecuencias.

    ¿Se habrá de practicar la misma nefasta política de apaciguamiento con los terroristas-fundamentalistas de hoy?

    Lic. Rafael Winter