Nº 2128 - 24 al 30 de Junio de 2021
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEstoy persuadido de que el nombre de Max Glücksmann nada diga a las nuevas generaciones que gustan del tango. Y entre muchos de los más añosos e informados, en cambio, puede que haya ocurrido uno de esos fenómenos que aquejan a la música popular ciudadana: el olvido.
Glücksmann fue un empresario austríaco nacido en 1875 en la entonces ciudad de Chernowist, hoy llamada Chernivsti, que emigró muy joven a Argentina, donde hizo fortuna.
En Buenos Aires se convirtió en el pionero del cine nacional creando el primer sitio de exhibición en 1896 —Cine Teatro Grand Splendid— y poniendo en pantalla el también iniciático noticiero, con imágenes sin sonido, Actualidades, para enseguida lanzarse a la instalación de un centenar de otras salas en su país adoptivo y en Uruguay, Chile y Paraguay; creó una compañía de edición de discos, Nacional Glücksmann, cuyo nombre cambió años después a Disco Nacional Odeón; promovió espectáculos teatrales y musicales y se vinculó a los grandes artistas del tango de esos años, como Carlos Gardel, con quien firmó un contrato de grabaciones, que el Mago violó al realizar placas en Estados Unidos para el sello RCA, entredicho superado amigablemente aunque recorrió la vía judicial.
La Guardia Vieja del tango clásico debe mucho a Glücksmann, además, por el impulso que recibió del empresario a través de los concursos de nuevos temas que organizó y financió: en total fueron nueve, siete en Buenos Aires y dos en Montevideo, entre 1924 y 1930. Cada uno contó con una orquesta y un cantor diferentes para interpretar las obras presentadas.
Estas actividades dieron lugar durante años a una polémica entre historiadores, con mayoría de opiniones negativas —incluyendo las de Francisco García Jiménez, Luis Adolfo Sierra y el uruguayo Horacio Ferrer— muy sólidas. El investigador Héctor Ernié, en 1972, descalificó esas críticas, aduciendo que difundieron inexactitudes fuera del contexto histórico, sin el sustento de un estudio responsable y décadas después de realizados los concursos.
Mi conjetura es simple: aquellos autores que ganaban siempre se manifestaban a favor; quienes quedaban relegados, a veces pese a sus justificadas expectativas, lanzaban toda clase de acusaciones contra el pobre Glücksmann y hasta contra los colegas victoriosos.
Solo a título de ejemplos: en el concurso que abrió la serie ganó Sentimiento gaucho, de Juan Caruso y Francisco y Rafael Canaro, dejando atrás a Organito de la tarde, primera música compuesta por Cátulo Castillo con 17 años, junto con su padre, José González Castillo; en el tercero fue premiado Páginas de amor, de Ricciardi y González Castillo, por encima de Bajo Belgrano, de Aieta y García Jiménez; y en el segundo en Montevideo, simultáneo al quinto en Buenos Aires, obtuvo el sitio de privilegio Mientras llora el tango, de Raúl Courau y Esteban Barabino, postergando a Zaraza, de Benjamín Tagle Lara.
Como ha dicho Ernié:
—Los juicios siempre son subjetivos y responden a los gustos de la época en que se expresan.
En otras palabras, hoy las valoraciones podrían ser distintas.
Sobre todo esto hay una anécdota imperdible.
En el concurso inicial de 1924, pocos creían que, tan joven, Cátulo Castillo pudiese haber escrito la música de Organito de la tarde, que todos, aun entre bambalinas, sin expresarlo públicamente, consideraban de “alta calidad”. Juan de Dios Filiberto, enojado porque el tango que presentó quedó por detrás, en un oscuro quinto lugar, encaró al padre, José González Castillo, haciendo gala de su conocido mal carácter:
—Usted está echando a perder al mocoso ese, por entrar a competir conmigo. Sepa, señor, que yo me he criado matando vigilantes.
Pero el increpado no se amedrentó y su respuesta fue firme:
—Y usted sepa que yo me crie matando sargentos. Les daba dos puñaladas de ventaja y los cagaba a patadas.
Y algo más. Max Glücksmann no fue el pionero de los concursos.
Ya en 1908 el diario porteño Última hora había organizado uno, en el que el ya famoso Arturo de Bassi compitió con La catrera. No alcanzó ningún premio pese a medirse con otros temas supuestamente menores y, aunque el tiempo le dio la razón, el enojo hizo que, al lanzar la primera edición de su composición, incluyera en la carátula de la partitura la siguiente expresión, que se comenta sola:
—Tango no premiado en el concurso de Última hora.