Nº 2119 - 22 al 28 de Abril de 2021
Nº 2119 - 22 al 28 de Abril de 2021
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa estética del ducado de oro veneciano es todo un emblema de su naturaleza y peso en la historia de la prosperidad de la Serenísima República durante el siglo XV: en una de sus caras aparece la imagen de Cristo bendiciendo dentro de una elipse de cuentas; en el reverso se ve al dux arrodillado ante el evangelista Marcos, santo patrón de la República, que le entrega un estandarte coronado con una cruz. Esto quería significar claramente el carácter de misión y a la vez de frontera e identidad de una sociedad que supo ser la avanzada y el extremo de Occidente en los mares y confines del mundo conocido.
El ducado fue, por excelencia, la moneda del comercio a gran escala, divisa de los pagos remotos y privilegiados, y también, imparcialmente, del atesoramiento sensato y de la acumulación avariciosa del Renacimiento. A fuerza de crecimiento e influencia desplazó de su reinado universal al florín de la poderosa Florencia, que en el siglo anterior había sido la acuñación de oro imitada en casi todas partes, especialmente en el mundo occidental, donde circulaban muchas monedas de oro con este nombre. Ambos metales convivieron en una inteligente división del trabajo: el ducado dominaba indiscutiblemente en el Mediterráneo oriental, mientras que el florín tenía mayores preferencias en el poniente. De a poco, sin embargo, Florencia fue cediendo espacio al formidable impulso del comercio veneciano —que fue diverso, agresivo y muy eficaz— y con ello se puso detrás de su moneda.
Una generación más tarde que el florín, que apareció a la esperanzada luz del mundo en el año 1250, el ducado emergió sobre el modelo de Florencia: era una moneda —leemos en la resolución de 30 de octubre de 1284 que la instituyó— “tam bona et fina per aurum, vel melior ut est florenus” con sus irrefutables 3,559 gramos de oro. Venecia por ese entonces era el eje de un dinámico sistema de intercambios, con flujos de dinero y bienes en diversas direcciones, y ejercía un dominio a gran escala que prácticamente controlaba la mayor parte del gran mercado de oro y plata requerido por el portentoso tráfico de especias, telas, manufacturas diversas y otros bienes valiosos.
Una de las preguntas más provocativas de la historia del período consiste en determinar qué ocurrió para que Venecia llegara a ocupar ese lugar. Y si bien he encontrado varias respuestas (Venice, Fernand Braudel, Editions Arthaud, 1999; La République du Lion, Alvise Zorzi, editorial Perrin, 2004; Historia de Venecia, de John Julius Norwich, Ático de los Libros, 2018), creo que una de las razones debe ser encontrada en la fatalidad de la pandemia. El momento en que se produjo la gran peste negra, en efecto, hizo casi inevitable etiquetarla como un hito en la historia económica europea. Llegó cerca del final de una exuberante Edad Media (c. 1000 a c. 1300) en la que resurgió la vida urbana, el comercio de larga distancia revivió, los negocios y la manufactura innovaron, la agricultura señorial maduró y la población aumentó, duplicándose o triplicándose. La peste negra presagiaba simultáneamente una baja Edad Media deprimida y económicamente estancada. Sin embargo, incluso si se acepta este retrato simplista y algo engañoso de la economía medieval, aislar el impacto económico de la peste negra de los múltiples factores en juego es un desafío abrumador. Los estudiosos de la economía medieval han ofrecido explicaciones distintas, algunas mutuamente excluyentes, otras no; algunas favoreciendo el factor menos dramático, menos visible, pero inexorable como un agente de cambio demográfico y de renovación social y por lo tanto, visto en perspectiva, nada catastrófico.
El aumento de la productividad bruta en el plazo inmediato y la reducción de los rendimientos de cereales a largo plazo exacerbaron el desequilibrio entre la población y el suministro de alimentos; corregir el desequilibrio se hizo inevitable. Y así fue como el comercio ultramarino entró en escena; los espacios abiertos por las Cruzadas y las diversas rutas que los venecianos aseguraron en un proceso de inteligente tercerización, el movimiento de artesanos que huyeron de realidades más precarias en el norte y la ampliación de los gremios llevó a Venecia a encontrar una oportunidad en la crisis. Se diría que el ducado se creó como un anticipo de esta tragedia que sería providencial, beneficiosa para una nación cuyo destino manifiesto siempre estuvo bien lejos de sus rumorosos canales.