N° 1983 - 23 al 29 de Agosto de 2018
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáDos libros que felizmente llegaron a la plaza local nos invitan a recrear el poderío y los contrastes de Venecia durante los siglos en que la Serenísima República fue el imperio más poderoso de Europa. Uno de los títulos, Venecia. Ciudad de fortuna. Auge y caída del imperio naval veneciano (Atico de los Libros, que distribuye Océano), lleva la firma de Roger Crowley, historiador conocido por su versación en los grandes imperios marítimos; la otra pieza, Los primeros editores (Malpaso Editorial, que distribuye Océano), tiene como autor a Alessandro Marzo Magno, un periodista veneciano que dedicó su carrera a investigar acerca de algunos fenómenos sociales y culturales de la antigua República en sus horas de esplendor.
Me adelanto con un consejo para lectores tan ansiosos como yo: ambos libros se pueden leer de manera simultánea sin que se resienta la comprensión o el interés. Es más: recomiendo la confrontación paralela de los textos como modo de avanzar en el conocimiento de una realidad sociocultural y político-económica y militar que reclama necesariamente un abordaje amplio y a la vez con atención a ciertos detalles que por su peso de entonces resultan significativos del paisaje que se intenta recuperar.
Avanzar con el discurso de Crowley por la forja y desarrollo del extraordinario progreso veneciano es interesante. Aquel conjunto de islotes y pantanos, que solo sirvió para refugio indeseado y finalmente seguro de unos pobres marineros en tiempo de las grandes invasiones bárbaras, supo articular su estratégica posición geoeconómica para convertirse en un enclave decisivo del Imperio bizantino. Las fronteras confusas entre bárbaros y cristianos al principio y luego entre cristianos latinos y cristianos griegos, aun antes del cisma eclesiástico y político, confirió a Venecia un carácter fronterizo que supo explotar con habilidad. Añádase a esto lo que ocurría a sus espaldas: nada menos que la invasión musulmana a Europa occidental, la fatal caída del Mediterráneo en manos infieles y por tanto el cierre de las tradicionales rutas comerciales. Esa tragedia, que llevó a la ruralización forzosa de la vida europea, fue una suerte de bendición para la esquiva ciudad, que consiguió concentrar todo el comercio posible con sus navíos y con un repertorio de turbios acuerdos con bizantinos, árabes y reinos cristianos de manera indistinta. Lamento que Crowley no mencione como factor de estos dobleces afortunados el abyecto comercio de esclavas cristianas —jovencitas capturadas en Eslovenia, Croacia, Bosnia, incluso Hungría— para alimentar vilmente los harenes musulmanes de El Cairo, Damasco y Bagdad. Habla, sí, y con datos que se aprecian, sobre la ruta de las especias y sus distintas vicisitudes económicas y militares, habla sobre el desarrollo de los astilleros y de las modalidades comerciales y societarias que inventaron los venecianos, de la contabilidad y la fabricación e importación de armas.
El otro libro es menos polémico y menos político y por tanto se presta menos para los escamoteos. Trata del negocio de los libros, asunto que eternamente le tenemos que agradecer a Venecia por cuanto fue allí donde se dio el auge de las primeras imprentas de uso masivo y comercial, de las primeras ediciones y de las primeras librerías y vidrieras de librerías; durante más de un siglo Venecia fue la luminosa capital de la edición de libros. Me enteré de algo que no sabía y jamás había imaginado: los primeros libros se vendían sin tapa; envueltos en un papel azul, atado con una cinta y con un papel blanco a modo de etiqueta que informaba de su título y autor; si uno quería tapa, tenía que ir al taller del encuadernador. Había una calle, que todavía se puede recorrer, aunque hoy está poblada por tiendas de grandes marcas de ropa, la via Mercerie, que conecta el Rialto con San Marcos, donde abundaban las librerías, los carteles anunciando títulos y prometiendo novedades de nuevos libros. La obra nos cuenta de las ediciones del Corán y del Talmud, de la Divina Comedia, de las muchas obras de gastronomía, medicina y ciencias que se agolparon en los escaparates. La sola visión de ese espectáculo de hace quinientos años me emociona.
Recomiendo estos libros. Para completar el viaje sugiero la música de Andrea Gabrielli y en especial de su sobrino, Giovanni Gabrielli, maestros de San Marcos en esa misma época y padres de la escuela vocal, el policoralismo, que lleva ese nombre. Es como entablar conversación con los ángeles.