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    El otro virus: los guardianes de la moral

    Columnista de Búsqueda

    N° 2067 - 16 al 22 de Abril de 2020

    Expulsados de donde vivían porque no pagaban el alquiler, un adolescente con su madre y sus dos hermanos se fueron a vivir a una casa cuasi centenaria, en la que se caían pedazos de techo, cuando no esa arenisca típica que precede al derrumbe; cuando llovía no alcanzaban las ollas y recipientes para juntar el resultado de las goteras que caían, a veces a chorros; entonces se refugiaban todos arriba de la cama, como si fuera una balsa. El baño no tenía vidrio en la ventana y para lavarse con un jarrito en invierno, más que limpio había que ser esquimal. Para ese adolescente, la calle, la intemperie, era casi un refugio.

    Hoy, escapar de ese mundo de peligros interiores, lo hubiese convertido en un irresponsable, de esos que son abucheados desde las ventanas, enjuiciados de forma sumaria en redes y a través de medios donde se insta a la gente a hacerles frente a esos insolidarios.

    Personas a la que solo se les ha pedido responsabilidad, y no ser agentes del orden, se han arrogado el derecho de erigirse en censores de quienes andan por la calle, sin diferenciar si se trata de alguien que va rumbo al este con una tabla de surf en el techo del auto o si son un par de abuelos o unos niños en una plaza que están ahí por otros motivos.

    En general, esos caminantes en medio de la pandemia, son personas a las que nadie presta atención en tiempos de normalidad y que de golpe se les empieza a reclamar responsabilidad social.

    Pero, además, entre los vigilantes de la moral colectiva, ¿cuántos habrá tan libres de pecado como para lanzar el primer insulto?

    ¿Por qué aludo a esta falta de tolerancia con el semejante cuando soy firme partidario del “quedate en casa” y cuando, aparentemente, hay cosas más importantes para destacar del estado de emergencia?

    Porque una de las cosas que me preocupa, como también a algunos analistas internacionales, y los hechos parecen estarnos dando la razón, es cómo será la sociedad poscoronavirus en materia de libertades públicas, tolerancia, señales de autoritarismo.

    Mientras que por un lado estamos obligados a recortar voluntariamente nuestras libertades más esenciales, aparecen personas cuyo accionar emula a los comités barriales que el régimen cubano convirtió en un hato de buchones. Menos libertad aun.

    Y eso se da en un contexto en el que, menos mal, un “gobierno de derecha” tuvo el cuidado de no adoptar una cuarentena obligatoria no solo por cuestiones sanitarias, sino porque, como dijo el secretario de Presidencia, Álvaro Delgado, ello lo obligaba a ejercer, como pasa en Argentina, la tarea de “meter en cana” a gente común y corriente y a instaurar una sociedad más represiva y opresiva de lo que el propio virus ya reclama voluntariamente.

    Sin embargo, según una encuesta de Factum, un 62% quiere una cuarentena obligatoria, es decir, una sociedad más represiva.

    En tanto, en el mundo, sociedades que no destacan por la extensión de sus libertades públicas son las que están teniendo mejores resultados aparentemente en la lucha contra el virus.

    ¿Se justifica este temor a que el virus haga parir un mundo menos libre?

    El historiador Yuval Noah Harari escribió que la tecnología usada en Corea del Sur, Singapur y Taiwán para seguir la pista de los móviles, reconocimiento facial a través de cámaras y datos sobre temperatura corporal, podría servir para fines represivos en el futuro. “Enfrentamos —indicó— el dilema entre vigilancia totalitaria o el empoderamiento ciudadano. (…) Un aislamiento nacionalista o solidaridad global”.  

    El gobierno de Colombia hizo viajar un avión con una gigante bandera colombiana, porque los emocionantes ejemplos de solidaridad social alternan con los “viva la Patria”, que parecen estar más en sintonía con esos nacionalismos a los que alude Harari, una nacionalidad que per se, no nos va a sacar del atolladero.

    El Parlamento húngaro autorizó al primer ministro Viktor Orban a gobernar por decreto, sin control parlamentario y por tiempo indefinido.

    En Estados Unidos el Departamento de Justicia envió al Congreso un proyecto que limita el derecho de asilo y permite detener personas sin juicio por tiempo ilimitado, como ocurrió tras el 11 de setiembre de 2001.

    Frank Snowden, profesor emérito de Historia e Historia de la Medicina en la Universidad de Yale, dijo que “las epidemias han tenido un enorme impacto en todos los aspectos de la vida humana desde la peste negra. Por ejemplo, en la peste negra había programas antisemitas, oleadas de xenofobia. En muchas pandemias vemos la persecución de extranjeros acusados ??de la enfermedad”.

    “Con el coronavirus vimos que en Italia se buscó al paciente cero con la idea de culpar a alguien, que los barrios chinos se volvieron pueblos fantasmas en ciudades occidentales, una persona asiática fue atacada en un metro de Nueva York”, relató.

    De hecho, Donald Trump ha llamado al coronavirus “enfermedad china”, “virus Wuhan” o “virus extranjero”.

    “La libertad ha sido a menudo una de las víctimas (de las pandemias)”, dijo Snowden.

    En zonas donde la democracia no es precisamente un valor muy preciado, como América Central, el virus empeoró las cosas.

    En El Salvador, el presidente Nayib Bukele retacea información entre rumores de que a algunos sospechosos los tienen hacinados en habitaciones. El país se encuentra en Estado de excepción, se acumulan las denuncias de arbitrariedades por parte de la Policía y el Ejército, pero el gobierno dice que esto no es para ser discutido ahora que una pandemia amenaza a la gente.

    “He dado la instrucción al ministro de Defensa y al ministro de Seguridad de ser más duros con la gente en la calle, la gente que está violando la cuarentena. No me va a importar ver en las redes sociales: ‘Ay, me decomisaron el carro, ay, me doblaron la muñeca’”, dijo el mandatario.

    En Honduras las políticas sanitarias las lidera Juan Orlando Hernández, que en 2017 ganó vía fraude electoral y está acusado de narcotráfico en Nueva York; y en Nicaragua, Daniel Ortega gobierna la crisis desde el anonimato luego de haber convocado a una suicida marcha contra el coronavirus.

    En medio de este panorama global, lo que menos necesitamos es que los ciudadanos responsables vayan más allá de su responsabilidad y se pongan en guardianes del orden.

    Sin atender que los adultos pueden salir al menos a hacer mandados, pero los niños, con toda su energía en cuarentena, no. Hasta los perros tienen más libertad que ellos para salir, cuando hay casas donde hasta ocho pibes se hacinan en la mugre y el olor a mierda. Los pediatras advierten sobre los problemas de conducta y otros traumas con los que los niños emergerán de la crisis. Pero estos vigilantes les gritan desde sus ventanas.

    En vez de mirar qué hace el otro, preocupémonos por lo que hacemos nosotros ahora y en el futuro, preguntándonos cuántos derechos individuales estamos dispuestos a ceder en aras de conservar la salud y la vida de la población.

    Y compartir no solo alimentos, que también, sino tolerancia. Si ven a alguien en la calle, sean cautelosos con sus juicios. Atrevidamente se los pido yo, que en mi adolescencia, rodeado de goteras gigantes, de habitaciones heladas, en una casa que daba todo el tiempo señales de que se me caería encima, y a pesar de compartir la cama-balsa con mi madre y hermanos, descubrí que la intemperie puede ser el mejor, cuando no el único, refugio.

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