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    El otro yo de la Dra. Mota

    N° 1658 - 19 al 25 de Abril de 2012

    Los bocones meten la pata. Sabiamente lo advierte el refranero: “en boca cerrada no entran moscas”; “el pez por la boca muere”; “quien mucho habla, mucho se equivoca”. La patética imagen se agrava cuando, luego de una postura desafiante, se intenta sacar la pata del lazo y en cambio, se la vuelve a meter.

    Pero el “boconismo” tiene ventajas: nos permite observar una realidad que permanecería oculta, como sucedía en “El otro yo del Dr. Merengue”, una historieta de la revista “Rico Tipo” (1944-1972). Merengue era un abogado arrogante y con un discurso falso. Su autor, el dibujante “Divito”, dejaba al descubierto su pensamiento real con dos “globitos” en uno de los cuales develaba la verdadera opinión.

    La jueza penal Mariana Mota no necesita que nadie le dibuje dos globitos porque ella se encarga de desnudar su otro yo, en las antípodas de lo que debe ser un juez: proteger los intereses de todos, no intervenir en política, ser paciente y desapasionada. Actúa con una ignorancia contumaz del numeral noveno de los “Mandamientos del abogado” de Eduardo J. Couture: “La abogacía es una lucha de pasiones. Si en cada batalla fueras cargando tu alma de rencor, llegará un día en que la vida será imposible para ti. Concluido el combate, olvida tan pronto su victoria como tu derrota”.

    Si vale para un abogado que ejerce la profesión liberal, más aún para un juez, aunque algunos colegas la manden a la guerra.

    Los desbordes de Mota y su visión apocalíptica comenzaron cuando se despachó contra el principio de inocencia en un caso sobre violaciones a los derechos humanos durante la dictadura. La cuestionó el Colegio de Abogados. Luego, el 20 de mayo de 2011, dio un paso más al participar en la llamada “Marcha del silencio”. La Suprema Corte de Justicia le advirtió sobre ética.

    Como eso fue livianito, se envalentonó y avanzó. En declaraciones al diario argentino “Página 12” cuestionó la política de derechos humanos del Poder Ejecutivo uruguayo y la comparó con la del gobierno argentino, a su juicio más eficiente, y violó el artículo 77 de la Constitución, algo que en circunstancias normales la haría susceptible de destitución.

    Sostuvo que el presidente José Mujica y el ministro de Defensa, Eleuterio Fernández Huidobro, fueron “rehenes” de la dictadura, circunstancia que, a su juicio, les impide tener “objetividad”. Además, voluntaria o inconscientemente, contrastó en esa área al gobierno de Mujica con el del ex presidente Tabaré Vázquez, un socialista como varios muy cercanos a la jueza.

    Hace un año, el director de Derechos Humanos del Ministerio de Educación y Cultura, el abogado Javier Miranda, “descubrió” en una noticia de Búsqueda sobre su participación en la marcha, la intención de “generar un hecho político” para atacarla y “vulnerar al Poder Judicial”. Más “boconismo” (Búsqueda, Nº 1.613).

    Ahora, Miranda hizo mutis. Nada dijo sobre el ataque al presidente y a un ministro de la administración que él integra con un cargo de confianza política con relación directa con las declaraciones. Quizá asumió que Mota no necesita que la prensa le genere hechos políticos. De eso se encarga ella.

    Hace unos días escuché al profesor emérito de Derecho Administrativo, el español Alejandro Nieto. Con la experiencia de sus 81 años, formuló asertos universales: “Cuando los jueces se ponen la toga tienen que dejar la ideología y sus opiniones personales colgadas en la puerta”. Y agregó: “no siempre sucede”.

    Al volcar sus experiencias, atemoriza: “La justicia es desigual, hasta el punto de que el secreto de un buen pleito es encontrar el juez adecuado. (…) La justicia es ciega, pero sin balanza y con un puñado de cupones de lotería para repartir”. En Uruguay algunos compran cupones, otros los reparten y a veces sacan premios.

    Cuando Mota se enteró del malestar de Mujica se dio cuenta de que se había ido de boca y estaba en marcha una nueva investigación de la Corte. Cambió de carril y buscó una solución política: le pidió al presidente una entrevista que este concedió. ¿Cómo lo explicará ante la Corte?

    Los magistrados sostienen con razón que cada juez es el Poder Judicial, pero como bien sostenía Montesquieu: “Los jueces son simplemente la boca que pronuncia las palabras de la ley”. Nada más.

    Si los jueces son el Poder Judicial, ¿fue este el que solicitó la reunión con Mujica? ¿Es razonable que Mota se reúna “clandestinamente” con el presidente de la República sin conocimiento de la Corte por un asunto relacionado con su trabajo? No gestionó la entrevista por cuestiones privadas o íntimas. Fue por la política de derechos humanos del gobierno vinculada a su función, a la cual cuestionó.

    Poco importa la sanción de la Corte. Mota no está en condiciones de administrar justicia en ninguna materia porque no ofrece garantías. Algunos militantes de izquierda —entre ellos el también ex “rehén” tupamaro Mauricio Rosencof— y gente seria vinculada a organismos de promoción de los derechos humanos creen que no tiene equilibrio. Y un juez sin equilibro es como un trapecista manco.

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