Nº 2186 - 11 al 17 de Agosto de 2022
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáVarias veces (demasiadas, quizás) nos hemos ocupado del tema sobre el que habrá de versar esta columna. Quizás nuestros consecuentes lectores recuerden algo que escribimos, allá por fines del mes de enero de año pasado, bajo un título llamativo: No solo dos calles montevideanas. Ellas eran Defensa y Justicia, dos vías de tránsito que corren paralelas en una zona populosa de Montevideo. Pero resulta ser que ese era también el nombre de un modesto equipo argentino, que lejos estaba del relumbrón y trayectoria de otros mucho más conocidos y populares (llámense Boca Jr., River Plate o Independiente), pero que venía de obtener legítimamente la Copa Sudamericana, la segunda en jerarquía de las competencias de clubes que organiza la Conmebol. Y si resaltábamos esa muy particular circunstancia, era para preguntarnos por qué razón ese logro de una institución casi ignota en el plano continental le ha sido invariablemente esquivo a los equipos uruguayos; muy en especial a nuestros equipos de mayor prestigio en el ámbito internacional. Adviértase que, en tanto, los argentinos ya tienen en su haber una decena de dicha copa y los brasileños la mitad, ni Peñarol ni Nacional han podido lograrlo a lo largo de la veintena de ediciones que se llevan jugadas, y, más aún, sin haber siquiera podido acceder a jugar una final.
Cabe recordar que, en el mes de junio pasado, Peñarol —que ya había quedado marginado de la Copa Libertadores— no pudo siquiera acceder al tercer lugar en su grupo, lo que le hubiera permitido enganchase a la Copa Sudamericana. Algo que, a su turno, sí pudo lograr agónicamente Nacional. Fue así que le tocó enfrentar —y dejar por el camino— a Unión de Santa Fe en octavos de final para luego dirimir fuerzas, en la instancia siguiente, ante un rival en apariencia accesible, como Atlético Goianiense. Quiso el destino que el primer choque, como local, ante este en apariencia modesto equipo brasileño (que hoy está en la zona de descenso del Brasileirão, el torneo más importante de su país) coincidiera con el ansiado debut de Luis Suárez, luego de su sorpresivo regreso al club en que se iniciara, tras varios años en el primer nivel del fútbol europeo. Cuando, en lo previo, se daba casi por descontada la victoria tricolor (incluso el técnico brasileño optó por reservar algunos futbolistas titulares, preservándolos para la competencia local) Nacional terminó perdiendo por mínima diferencia, en un partido en el que ejerció un claro dominio en el juego y creó incluso varias claras situaciones de gol, pero sin poder finalmente vulnerar el arco rival. Y al equipo visitante, que se había puesto en ventaja en su única llegada ante el arco tricolor (con un cabezazo esquinado de su goleador Luiz Fernando, solo y sin marca ante el desprotegido Rochet), le bastó con retrasar todas sus líneas abroquelándose en su propia área, cortar con infracciones los intentos del rival y hacer todo el tiempo posible para volverse a su país con una valiosa victoria, que seguramente no pensaban. En tanto, la muy esperada y esperanzada reaparición de Suárez —recién promediando el segundo tiempo— lo mostró falto de fútbol y sin gravitar en el trámite del partido del modo que la parcialidad tricolor aguardaba.
La revancha en Brasil estaba a la vuelta de la esquina y las esperanzas de un resultado favorable estaban latentes en los corazones de los hinchas tricolores. Aun sabiendo que para ello era indispensable marcar algún gol (para al menos forzar un desempate por alargue y penales) o, aún mejor, logar una diferencia mayor que ya implicaba el pasaje a la siguiente fase del torneo. Sin embargo, toda esa expectativa creada se desmoronó casi por completo apenas iniciado el partido.
Si la suerte de Nacional dependía de revertir cuanto antes un tanteador que le era desfavorable, supusimos que Suárez iba a ser incluido ya al comienzo del partido, aun a sabiendas de que, casi seguramente, no podría soportar todo su desarrollo. Sin embargo, el técnico Repetto optó por colocar en la cancha la formación habitual. Seguro que no debió haber entrado en sus cálculos que, en la primera ofensiva del local (apenas a los cuatro minutos de juego), tras un saque de banda no debidamente conjurado por la retaguardia tricolor, llegara el gol del Goianiense, que incrementaba la diferencia a descontar. Pensamos que la respuesta ante ese imprevisto iba a ser el inmediato ingreso de Luis, pero no fue así. Sin ideas, aunque con una mayor tenencia del balón, Nacional adelantó sus líneas, pero le costó armar alguna jugada de peligro (solo hubo una situación de gol, creada por Gigliotti, bien conjurada por el buen golero rival). Y sorpresivamente fue el local el que casi en el cierre de esa etapa, en un contragolpe aislado que tomó mal parada a toda la defensa tricolor, logró su segundo gol, ya con sabor a definitiva lápida para las pretensiones del equipo de Repetto. Claro que vinieron los cambios para el segundo tiempo: fueron tres, y entre ellos —claro está— el tardío ingreso de Suárez (pero curiosamente dejándolo sin la compañía de Gigliotti). Pero, antes incluso de que este pudiera entrar en contacto con el balón, el Goianiense armó otro prolijo contragolpe, con una pelota recuperada tras una salida fallida del fondo tricolor, y llegó el mazazo definitivo: un tercer gol que liquidó anticipadamente el partido. Iban apenas siete minutos, pero ya quedó claro que a lo único a lo que podía aspirar Nacional era a evitar una goleada aún mayor. Es que en ese sorpresivo y desolador marco ni el Suárez de su mejor época podía evitar que el equipo tricolor completara los minutos que restaban para el final de esa pesadilla, tocando la pelota de un lado al otro del terreno, pero sin inquietar en momento alguno la compacta defensa del dueño de casa.
Ese 4 a 0 global, tras los dos partidos, es la prueba irrefutable del rotundo fracaso tricolor en una instancia que, en principio, podía suponerse favorable. El rival no estaba entre los grandes del fútbol brasileño y —por si algo faltaba— el técnico enfocó esta instancia con una alineación alternativa, reservando algunos futbolistas para una competencia local que le preocupaba en mayor proporción. Y la esperanza de que la llegada de Suárez le diera al equipo tricolor el plus que necesitaba para superar esta fase del torneo, se disipó, porque es notorio que el fabuloso goleador celeste está hoy por hoy falto de fútbol y, como ya hemos dicho, en este concreto partido recién se apeló a su concurso cuando la chance tricolor ya estaba definitivamente comprometida. Y el Suárez de este momento no puede cambiar él solo la suerte de un partido. En suma, una frustración más en un torneo que sigue siendo esquivo a los equipos uruguayos.