N° 1842 - 19 al 25 de Noviembre de 2015
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl comunismo es intrínsecamente perverso; su raíz está en la expresa negación de la propiedad privada, de la familia, de los derechos individuales de la persona. Como en este olvidado andurrial del universo no se tiene presente esta naturaleza y existen sonámbulos que creen que la Unión Soviética ha sido una grata parcela del paraíso terrenal y Cuba es todavía hoy una suerte de Arcadia de la libertad y de la prosperidad, y Venezuela, lejos de ser un maloliente experimento de autoritarismo y corrupción, va camino a su definitiva salvación al entregarse sin pausas al inicuo proyecto marxista de colectivizarlo todo, me parece oportuno recomendar la lectura del excelente trabajo del historiador alemán Karl Schlöegel Terror y utopía, Moscú en 1937 (Acantilado, que distribuye Gussi). Lo hago sin mucha convicción; creo que los que han sido secuestrados por esta cruel ideología no pueden ni quieren ver, y al resto, como está demostrado, cada vez le duele menos lo que lastima, lo que verdaderamente debería doler.
Esta obra es triplemente interesante. Por un lado por su estructura, consistente en producir un corte transversal en la historia y exponer la totalidad de la realidad en un año considerado sintomático del oscuro período stalinista. La elección del año no es caprichosa, pues en lo interno representa el período de la segunda fase de la industrialización en gran escala, la consolidación monolítica del poder al haberse abatido dentro del territorio nacional todos los focos y restos de disidencia. En lo externo este año es el que marca el apogeo del experimento español por parte del comunismo, esto es, el ejercicio de la política exterior soviética a través del sistema de los partidos comunistas y la exportación de operadores militares y políticos en el escenario internacional. Otra de las razones que dan interés al proyecto es su variedad de fuentes, pues el historiador trabaja con los datos y testimonios de la agricultura, de la industria, de la urbanización, de los medios de transporte, de la grandes obras de infraestructura, de la literatura, del cine, del teatro, de la música, de las artes plásticas, de la vida doméstica, de los hábitos de diversión, del trabajo, del sistema educativo, de la propaganda, del sistema de justicia, del sistema de prisiones, de la vigilancia a la población. Finalmente digo que el libro es bueno porque esa diversidad es articulada en un discurso comprensivo, que sabe distinguir lo permanente de lo circunstancial y nos permite saber qué pasó en aquel país en aquel tiempo, qué es el comunismo y hasta qué punto su maldad se somatiza en una sociedad y llega a convertirse en la vida natural sin esperanza de millones de personas.
El encuadre de todo este material es feliz, si cabe el adjetivo para un libro que trata de las peores tragedias de la época moderna, de un sistema de crímenes que disputa al nazismo en abyección y volumen el primer lugar del odio. El autor, consciente de este peso, nos da la razón de su tan específica elección: “Moscú en 1937 es un “signo histórico” en el sentido que le daba Kant, el código cifrado de una de las mayores catástrofes históricas del siglo XX. En la conciencia de millones de ciudadanos soviéticos, el “año maldito de 1937” es sinónimo de innumerables tragedias humanas. Los años 1937 y 1938 son significativas fechas de muerte. Con el año 1937 acabaron también, de manera súbita, muchas vidas humanas. Ese año lanzó sobre el país entero una onda expansiva que pudo sentirse mucho más allá de sus fronteras. En el espacio de un año fueron arrestadas cerca de dos millones de personas, unas setecientas mil de las cuales fueron asesinadas, y casi 1,3 millones enviadas a campos de concentración y a colonias de trabajos forzados. Esto ocurría en un país que ya antes se había convertido en el escenario de enormes pérdidas humanas, de modo que supuso un sufrimiento añadido inconcebible hasta ese momento. En la Primera Guerra Mundial, así como en la guerra civil que sobrevino, Rusia había perdido unos quince millones de personas, y luego, con la hambruna que se produjo como resultado de la colectivización, perdió otros ocho millones. Pero la cifra de encarcelados, condenados y fusilados de los años 1937 y 1938 constituyó un salto cualitativo, un exceso dentro del exceso”.
Una obra que en medio de su amplia erudición es amena, es indignante, revela mucho detalle que hasta entonces había pasado inadvertido, pone en contexto las atrocidades y enmudece a los juglares que todavía insisten en cantarle alabanzas a una ideología que hizo de la abominación su política más constante. No se lee con serenidad: uno lo empieza hojeando quizá con cierta indolencia, pero a poco que los testimonios y los documentos van desfilando comienza a resquebrajarse toda compostura. Es como la película Noche y niebla de Resnais, pero relativo al sistema que felizmente desapareció de todo el mundo civilizado y solo existe en el resentimiento de algunos insípidos mediocres de los arrabales de América.