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    El perro que humilló a Scotland Yard

    Columnista de Búsqueda

    Nº 2203 - 8 al 14 de Diciembre de 2022

    Como hacía cada mañana, David Corbett salió a pasear por el barrio londinense de South Norwood con su perro, Pickles, un border collie blanco y negro. El animal se acercó a un árbol, presumimos que a hacer lo que hacen todos los perros al lado de un árbol, pero esta vez su dueño lo vio sacar algo que estaba semienterrado. Al acercarse se encontró con un objeto grande y envuelto en papel de diario. Lo abrió y quedó atónito: era la copa Jules Rimet.

    El trofeo, una escultura del artista francés Abel Laffleur que representaba a Niké, la diosa griega de la victoria, se entregaba a las selecciones ganadoras de los mundiales de fútbol desde el año 1930. Medía unos 30 centímetros de altura, pesaba 3,800 kilos, y algunos dicen que era de oro, aunque lo más probable es que fuera de plata enchapada o de alguna aleación.

    Fue bautizada con el nombre del presidente de la FIFA, que en 1928 organizó el primer Mundial, el cual, como sabemos de memoria todos los que nacimos en el paisito, se iba a realizar en Uruguay dos años después. Se estableció que los equipos ganadores se la llevarían a su país y que la tendrían hasta tanto comenzara el siguiente torneo. Durante cuatro años, entonces, la copa quedaba en custodia del ganador y, poco antes del inicio del siguiente campeonato, viajaba al país organizador.

    Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial la tenía en su poder Italia, que había sido vencedera de las ediciones 1934 y 1938. Obedeciendo a quién sabe qué corazonada, Ottorino Barassi, vicepresidente de la Federación Italiana de Fútbol, la retiró de un cofre de seguridad en Roma y la escondió en una caja de zapatos, debajo de su cama. Y efectivamente, en 1941 los nazis golpearon la puerta de su casa con manifiestas aviesas intenciones (ya sabemos cómo les gustaban los símbolos a aquellos muchachos). La cuestión es que Barassi fue interrogado respecto al paradero de la Jules Rimet y debe haber sido convincente al afirmar su desconocimiento sobre el tema, porque salió del apriete sin mayores problemas. Después de eso el trofeo fue escondido en la casa de Aldo Cevenini, un exjugador del Inter, y terminada la guerra pasó a manos de la FIFA a la espera del Mundial de 1950 en Brasil. No les contaré quién se la llevó entonces, sé que conocen esa historia.

    Y pasó el tiempo.

    Era 1966 cuando la Jules Rimet llegó a Londres para el torneo que se iba a jugar en julio. Se exhibió en el Central Hall de Westminster y, al día siguiente de la inauguración de la muestra, el único guardia que la custodiaba salió a tomar un café. Cuando regresó la vitrina estaba vacía.

    El robo fue un escándalo. Se movilizaron la policía de Londres y la Scotland Yard, se organizaron equipos de detectives en una desesperada pesquisa para descubrir la identidad del ladrón y recuperar la copa antes de que empezara la competencia. Pero el tiempo pasaba y la copa parecía haberse evaporado. La prensa no hablaba de otra cosa, el hecho era tapa en todos los medios, nacionales e internacionales, y no había persona que no hubiera visto la foto y conociera el trofeo. Gran Bretaña no podía sufrir tamaña humillación.

    Fue el 27 de marzo cuando Corbett sacó a Pickles a dar su providencial vuelta matinal. El perro desenterró algo con sus dientes, el dueño se acercó a ver de qué se trataba, tomó el objeto y desenvolvió las capas de papel de diario. Se encontró con lo que todo el país buscaba. “Saqué los periódicos que lo envolvían y vi a una mujer sujetando un plato sobre su cabeza, y una placa con las palabras Alemania, Uruguay, Brasil”, contó después. En un solo acto Pickles había humillado a Scotland Yard y salvado el honor británico.

    “Agentes, creo que he encontrado la Copa del Mundo”, dijo David Corbett, que había corrido a la Policía a hacer la denuncia y a entregar el objeto. En un primer momento fue tratado como sospechoso del robo, pero rápidamente se descartó su participación. El final es de cuento de hadas: el dueño cobró una recompensa de 6.000 libras, bastante dinero en aquel entonces, Pickles recibió un año de comida gratis de una empresa de alimentos de perro y ambos, dueño y mascota, fueron invitados a la cena del plantel de fútbol con la reina Elizabeth II, después de que el país organizador obtuviera el título.

    “Esto en Brasil nunca hubiera pasado. Incluso los ladrones en nuestro país consideran la copa sagrada y robársela hubiera sido un sacrilegio”, criticó entonces Abrainn Tebel, un dirigente del fútbol brasileño. Pero 17 años después Tebel tuvo que tragarse sus propias palabras: el 19 de diciembre de 1983 la sagrada Jules Rimet fue robada nuevamente, esta vez de la Confederación Brasileña de Fútbol en Río de Janeiro, y después del sacrilegio perpetrado ya nunca volvería a aparecer. El karma, si es que existe, hizo muy bien su trabajo.

    Las versiones del paradero de la copa son contradictorias. Al principio los ladrones dijeron que había sido fundida y vendida como metal, algo difícil de creer por su enorme valor simbólico, muy superior al material. Más tarde uno de ellos confesó que el robo fue el encargo de un millonario italiano, y podemos suponer que entró en la rueda del tráfico ilegal de arte para nunca más salir. Lo único cierto es que después de la heroica recuperación de Pickles, la copa Jules Rimet, que Uruguay levantó en el 30 y en el 50, aquel Santo Grial que se salvó de los nazis y se recuperó de los ladrones británicos, terminó su ajetreada vida pública y se esfumó sin dejar rastros, esta vez para siempre.

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